Izquierdas frente a derechas

Por José María Arévalo

(Zapatero, Montero y Sánchez vuelven a la ceja)

Me ha parecido muy bueno el análisis que hace unas semanas realizaba Jesús Banegas en Vozpópuli sobre los movimiento políticos llamados de Izquierdas Y derechas, por los que en nuestro país se llegó a hablar hace unos años de las dos Españas, que dieron lugar a la tan cruenta guerra civil. Se titulaba “Regreso al peor pasado”. Yo no sé si se trata de un regreso o es que nunca han dejado de existir, por mucho que no nos guste la división. Vamos a verlo.

Es bien sabido -comenzaba Banegas  su análisis- que la división política entre izquierdas y derechas proviene de los lugares que ocupaban los políticos en la asamblea posterior a la Revolución francesa: a la derecha de la presidencia se sentaban los monárquicos uiwesAconstitucionales y a su izquierda los jacobinos revolucionarios. También es bien conocido, que la verdadera revolución democrática de la historia se había producido años antes en Estados Unidos, sin necesidad de la violencia, las muertes y la dictadura de la francesa.

Más tarde comenzaron a desarrollarse en el continente europeo ideologías de izquierda como el socialismo, el anarquismo y el comunismo, frente al liberalismo más o menos conservador de las instituciones. Felizmente, casi desvanecidas las dos últimas, dejando tras sí los mayores desastres humanos y económicos de la historia, el socialismo disfrazado de socialdemocracia se desplegó con éxito en Europa y parcial e indirectamente en Estados Unidos. Tal despliegue estuvo asociado al crecimiento normativo y económico del Estado, y por tanto a costa de la libertad, hasta ahogar el dinamismo y la prosperidad de las naciones al ritmo de su implantación. El caso más paradigmático lo ha representado Suecia: tras un siglo de enorme prosperidad liberal (1870-1970), la socialdemocracia alcanzó el poder para el cabo de un cuarto de siglo arruinar su economía de la mano de un Estado omnipresente en su vida económica y social. Afortunadamente el orden liberal regresó a la política sueca hacia finales del siglo pasado y desde entonces todo ha venido a cambiar para bien de los suecos.

La Cuarta Revolución

Hace algo más de una década, el director –John Mickletwait– y el editor de management –Adrian Wooldridge– de la revista The Economist, publicaron un libro: La cuarta revolución. La carrera global para reinventar el Estado (2104), que encaraba la crisis del modelo occidental, como consecuencia de sus excesos socialdemócratas. Su reinvención del Estado, consistía en revivir el espíritu de un gobierno limitado, restaurar el sistema de controles y equilibrios, restar poder a los grupos de presión cuya expansión acompaña a la del Estado, rehuir el peligro de seguir haciendo promesas que no se pueden cumplir, introducción de cláusulas de extinción de las leyes al cabo de diez años, delegar cada vez más decisiones a comités de sabios de la sociedad civil, etc. En su epitafio, los autores señalaban que “sin reformas, el Estado de bienestar moderno se hundirá bajo su propio peso mientras las recompensas por llevar adelante la Cuarta Revolución serán extraordinarias; cualquier Estado que aproveche las fuerzas innovadoras más poderosas de la sociedad pasará por delante de los demás”.

La izquierda española, típicamente radical y por tanto ahistórica, con la feliz salvedad del mandato de Felipe González, liderada por Zapatero y ahora por Sánchez, en vez de entrar a considerar los anteriores argumentos, se ha vuelto a echar al monte del desacato al orden democrático liberal con las pésimas consecuencias –incluida la peor etapa de corrupción de nuestra historia– que saltan a la vista. La prosperidad económica de los españoles se ha venido abajo; desde 1850 a 2025, solo durante el periodo 1931-1939 –que tanto añora el actual socialismo– España se ha alejado más de la renta per cápita de Europa que con Zapatero & Sánchez. Todos los demás gobiernos, en mayor o menor grado, nos acercaron a nuestros vecinos más ricos. (Y se llaman a sí mismos: ¡progresistas!)

Pleitesía a China

Y para coronar internacionalmente sus desvaríos políticos, el PSOE, con su cumbre izquierdista de Barcelona, ha renunciado a su vocación civilizada europea, para aliarse con países alejados por completo de las mejores prácticas democráticas e institucionales. Tras décadas de ilusionada convergencia institucional con Europa, el actual socialismo ha cortado su histórico cordón umbilical con ella, mientras que el ministro Albares, declarado amigo de la dictadura venezolana, insulta a la muy valiente, digna y verdadera demócrata, María Corina Machado, y en consecuencia a su anfitrión en Madrid, Felipe González, tachándolos de “ultraderechistas”. Y como colofón, el presidente de Gobierno rinde pleitesía a China frente a EEUU, asumiendo que el lado correcto de la historia es oriental en vez de occidental, como habíamos creído has ahora.

¿Qué razones ideológicas anidan realmente tras los hechos descritos? Detrás de los desvaríos socialistas no se conocen razonamientos políticos mínimamente articulados ni serios, sino una evidente vuelta atrás de nuestros mejores logros, para regresar anacrónicamente a nuestro peor pasado. Ante la flagrante ausencia de justificaciones a su huida hacia no se sabe dónde, he aquí un breve listado de controversias ideológicas para poner las cosas en su sitio:

  • Mientras el liberalismo proclama una sociedad abierta, sometida al imperio de ley, en la que la libertad de cada uno está limitada por la de los demás; el socialismo trata de diseñar y organizar, mediante medidas coercitivas de ingeniería social, el mercado y la sociedad
  • La igualdad ante la ley y la libre apropiación de los resultados de la acción humana dentro de la misma, como proclama la doctrina liberal, tiene enfrente a un socialismo que defiende la igualdad de resultados con independencia de los esfuerzos y los méritos contraídos.
  • La separación de poderes, quintaesencia de la verdadera democracia, e inexcusable mandamiento liberal, es un mero estorbo –y como tal se elude– para el ejercicio arbitrario del poder político socialista.
  • Para los socialistas, la propiedad es cuestionable, la libertad de mercado debe limitarse y las promesas no obligan a nadie; un orden civilizado exige sin embargo, la estabilidad de la propiedad, los intercambios por consenso y el cumplimiento de las promesas.
  • La libertad no ha florecido nunca sin la existencia de hondas creencias morales, que son típicamente despreciadas por nuestros socialistas.
  • El socialismo se basa en premisas cuya falsedad es demostrable, mientras que las liberales tienen tras de sí siglos de convalidación de la suyas.
  • El liberalismo, basado en la libertad individual sometida a la ley, es respetuoso con las tradiciones y compatible con las creencias religiosas; mientras que el socialismo, otorga poderes ilimitados a la mayoría, y es contrario a las creencias religiosas y las tradiciones.
  • Un gobierno puede ser democrático y totalitario –como aquí y ahora–, algo incompatible con el liberalismo. Para el socialismo la democracia está por encima de la ley y la libertad; para el liberalismo, la libertad y la ley están por encima de la democracia.
  • La Revolución francesa –madre de los socialismos totalitarios– suprimió todas las formaciones y asociaciones sociales intermedias entre la familia y el Estado, es decir la sociedad civil; el liberalismo, por lo contrario, afirma el valor de la familia, las tradiciones y costumbres que se desarrollan en una sociedad libre.

Felizmente, como glosara brillantemente Alexis de Tocqueville en su Democracia en América (1835-1840), la verdadera democracia nunca fue la francesa, sino la norteamericana; justamente lo contario que reivindica tácitamente -sin que medie razonamiento alguno, solo mero ejercicio del poder– nuestra izquierda. Desde hace décadas el pensamiento político de izquierdas brilla por su ausencia, mientras que el previo ha envejecido por completo; de ahí que ahora solo se dediquen a ocupar el poder con artimañas asociadas a un sistema electoral legal pero democráticamente ilegítimo, para hacer lo que mejor saben: cuestionar y dar marcha atrás a nuestros mejores logros.

Un futuro prometedor

Las próximas elecciones marcarán, como sucedió con nuestra Transición, un antes y un después de nuestra historia. Si entonces los españoles apostamos por dar la espalda a un régimen político caduco, para afrontar un prometedor futuro brillantemente realizado, ahora votaremos por un regreso a nuestro peor pasado –“republicano”– que se está comenzando a fraguar con el actual gobierno, o seguir apostando –para lo que sobran argumentos– por la recuperación de la mejor España posible.

Cabe recordar al respecto a dos grandes sabios: Julián Marías y su libro –contemporáneo de nuestra Transición– acertadamente titulado España en nuestras manos; y Karl Popper, quien en sus últimos ensayos sostenía que “una democracia no puede funcionar mejor que la calidad cívica, crítica y moral de quienes la sostienen; sus ciudadanos”

 

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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