Por José María Arévalo

(La monumental torre románica de la iglesia de Santa María de Tábara se alza como un faro medieval)
Como zamorano me ha encantado la noticia de que la primera pintora de España haya sido y haya trabajado en Tábara, un pueblo de Zamora, en la Edad Media, que daba hace unos días Viajes National Geographic España en un artículo de José Alejandro Adamuz que titulaba “El monasterio de la primera pintora de España”.
En él contaba: “Los dedos. Ahí está el detalle. La mujer inclina la cabeza sobre el pergamino. Tras semanas de trabajo, se notan sus yemas ligeramente azuladas. Es el tesoro con el que ilumina, el lapislázuli que viene de más allá del Mediterráneo y que ella usa con una finura que levanta tanta admiración como envidia en este scriptorium suspendido sobre el valle del Duero, en este monasterio que es lo más parecido a una universidad libre, en el centro del Reino de León. Seiscientas personas comparten una tarea editorial fascinante: copiar, iluminar, pensar y transmitir los Comentarios al Apocalipsis que escribiera un monje en Liébana en el siglo VIII.
LA PINTORA PERDIDA
Sobre su atril, el libro abierto en el que trabaja ahora, el Beato de Gerona. Aún le faltan algunas escenas, como la Anunciación, el Descenso a los Infiernos o la Crucifixión. La mujer trabaja en silencio junto a un monje que copia texto mientras ella crea las imágenes. Cuando termine, dejará escrito su nombre en el colofón del manuscrito. Por eso podemos hablar de ella ahora.
Sabemos que se llamaba Ende. O En y que era pintora y auxiliadora de Dios: En depintrix et Dei aiutrix. Y no cualquier pintora, sino la primera documentada de Europa occidental. Sin embargo, durante siglos su nombre estuvo enterrado bajo el peso de una historiografía que ignoraba el papel de las mujeres en el arte. Como Egeria y otras pioneras, de Ende no sabemos apenas nada. Ni cuándo nació ni cuándo murió ni dónde fue enterrada. Sólo sabemos —porque así lo dejó escrito— que en el año 975 terminó el Beato de Gerona, una de las cimas del arte medieval europeo.
UNA HABITACIÓN PROPIA VERSIÓN AÑO 975
¿Qué necesita una mujer para crear? Esa es la pregunta que respondió Virginia Woolf en una serie de conferencias que impartió en octubre de 1928 en el Newnham College y el Girton College. Luego se convirtió en libro. Su respuesta fue directa al problema: quinientas libras al año y una habitación con llave. Es decir, independencia económica y un espacio físico propio, lejos de la carga de tareas domésticas. Algo complicado en el siglo de la escritora. Imposible en el de Ende, a no ser que entrara a vivir en un monasterio. El monasterio medieval no era una institución de liberación femenina, pero sí funcionó para ciertas mujeres y circunstancias, como el espacio al que Woolf se refirió un milenio después.
La habitación propia de Ende estaba en Tábara. Un pueblo de unos 700 habitantes en la provincia de Zamora, con una plaza mayor, un palacio y la iglesia de Santa María, lo que queda del monasterio de Ende. Fundado a finales del siglo IX por San Froilán y San Atilano —futuros obispos de León y Zamora— bajo el impulso de Alfonso III el Magno, el cenobio se levantó sobre una loma junto a un arroyo, probablemente sobre los restos de una iglesia visigótica anterior. Era un monasterio mixto que sumó más de seiscientas personas y fue uno de los epicentros intelectuales más importantes en su tiempo. Hasta que lo destruyeron.
El año 988 Almanzor arrasó con todo el cenobio. Sobrevivieron los manuscritos iluminados, que ahora andan dispersos por todo el mundo: el Beato de Ende en Girona, el Morgan en Nueva York, el de Tábara en Madrid. Podemos hacernos una idea de como fue el scriptorium de Ende por una iluminación en el Beato de Tábara. En él, el monje Emeterio dibujó la torre alta y pétrea del monasterio con sus escribas e iluminadores trabajando en distintos pisos, los tinteros alineados, el pergamino extendido. Es la primera ilustración de un taller de manuscritos en la historia.
LA TORRE QUE MARCA EL TESORO
Cuando llegas a Tábara, la torre de Santa María domina el horizonte plano de la meseta. Es hito de lo que hay, a la vez que es testimonio de la destrucción que hubo, porque la torre no es la que vio y habitó Ende. Es cuadrada, construida en mampostería de granito y pizarra. El cuerpo inferior conserva el carácter mozárabe original, con un arco de herradura en la base como el cordón umbilical que conecta el edificio del siglo XII con la fábrica del siglo IX. Todo el resto de la torre es románico, con sus característicos ventanales de medio punto doblados. La sensación es la de una iglesia algo cabezona, en un espacio urbano extraño, como apartándose de ella el resto del pueblo para reverenciarla.
La iglesia consagrada en 1137 por el obispo Roberto de Astorga, tal como documenta la placa de consagración en la puerta meridional, fue remodelada en 1761 por el Marqués de Tábara, que transformó la cabecera y cubrió el crucero con una falsa cúpula de yeso. En definitiva, lo que vemos es un palimpsesto que va de la época visigoda al Barroco. Hoy, además, la iglesia de Santa María alberga el Centro de Interpretación de los Beatos, donde descansan los facsímiles de las diez obras más importantes producidas en el scriptorium. ¿La estrella? El Beato de Tábara, reconocido como parte del Patrimonio Documental de la Humanidad en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO. Los beatos junto a las cenizas de uno de sus estudiosos más ilustres, el insigne John Williams, fallecido en 2015, que dedicó su vida entera a descifrar estos códices iluminados.
El mundo de Ende es Memoria del Mundo. Y sin embargo, su biografía se ha perdido. Una paradoja del vacío histórico referido a las mujeres que, se sabe, fueron clave en el desarrollo cultural. En el monasterio de Dalheim, en Alemania, los arqueólogos hallaron lapislázuli incrustado en la dentadura de una religiosa del siglo X. La hipótesis más sólida es que la pigmentación llegó al esmalte dental por la misma razón por la que llegó a los dedos de Ende: porque las mujeres trabajaban con los pigmentos más caros de su tiempo, que no eran ayudantes ni copistas. Que eran artistas. En definitiva, viajar a Tábara es por ellas, para ponerlas en el lugar que les corresponde.