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El felino, que esta vez caza en solitario, elige cuidadosamente la presa.
Evita los grandes machos, capaces de hacerle frente, y opta por un mono joven e inexperto.
Los babuinos (Papio spp.), esos primates robustos y descarados que parecen sacados de una película de aventuras, no son simples monos gritones que roban comida en los campamentos turísticos. Son, probablemente, uno de los modelos sociales no humanos más sofisticados que se conocen en el reino animal.
Existen cinco especies principales —chacma, oliva, amarillo, de Guinea y hamadryas—, cada una adaptada a entornos que van desde las sabanas secas hasta las semidesérticas del Cuerno de África. Los machos de las especies más grandes, como el chacma, pueden superar los 30-40 kg y lucir unos colmillos impresionantes que usan tanto para defensa como para exhibiciones de estatus. Las hembras, más pequeñas, son el verdadero pilar estable de la tropa.
La vida en una tropa de babuinos de sabana (las más estudiadas) es un drama shakesperiano constante: jerarquías estrictas, alianzas que se rompen y reconstruyen, peleas por comida y apareamiento, y una red de amistades estratégicas que sorprenden incluso a los primatólogos más experimentados. Las hembras permanecen de por vida en el grupo natal formando matrilíneas sólidas, mientras que los machos adolescentes abandonan su tropa original para intentar escalar posiciones en otra.
Las hembras heredan el rango social de la madre y mantienen una jerarquía mucho más estable que la de los machos, que compiten ferozmente y cambian de posición con frecuencia. Sin embargo, los estudios más recientes muestran que el poder no lo es todo: los babuinos con más amigos y mejores conexiones sociales suelen tener mejor acceso a recursos y menor estrés crónico.
Un estudio publicado recientemente (febrero 2026) en Namibia reveló algo inesperado: los babuinos jóvenes exhiben comportamientos muy parecidos a los celos humanos. Cuando la madre acicala a un hermano, los otros crías interrumpen, hacen berrinches, se meten en medio o incluso usan engaños para recuperar la atención materna. Aunque estas tácticas rara vez funcionan a largo plazo, demuestran una inteligencia emocional y una capacidad de planificación social que antes se creía exclusiva de los grandes simios.
Otro hallazgo reciente (2025) mostró que las hembras que mantienen un vínculo estrecho con su padre durante la infancia viven hasta dos años más en promedio, probablemente gracias a la protección y el acceso privilegiado a recursos que ese lazo les proporciona.
Y no todo es estrategia fría: las tropas se mueven en formaciones ordenadas no tanto por miedo a los depredadores, sino porque los individuos prefieren caminar junto a sus amigos. Lo que parecía una marcha militar resulta ser, simplemente, un paseo en compañía de los de siempre.
A pesar de su fama de agresivos y ladrones de cultivos, los babuinos son animales profundamente sociales que negocian, colaboran y forman lazos duraderos. En palabras de la primatóloga Shirley Strum, tras décadas observándolos: «Son mucho más sofisticados de lo que cualquiera imagina… y les toma mucho tiempo entender a un animal inteligente que no habla».
En la sabana, mientras el sol cae y la tropa se acomoda en las ramas para dormir, los gruñidos, ladridos y besos de reconciliación recuerdan que, en el fondo, la política, los celos y la amistad no son exclusivos de nuestra especie. Solo que los babuinos lo hacen sin WhatsApp ni reuniones de Zoom.