Marat/Sade, un musical bastante sádico

Marat/Sade, un musical bastante sádico

Convertido en espectáculo musical trufado de parrafones ininteligibles, este clásico del siglo XX se convierte en un trajín artificial que no consigue mitigar el tedio de su excesiva duración. Una reflexión periclitada en una adaptación ruidosa.

‘La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade’, -para entendernos ‘Marat/Sade’-, es una pieza del alemán Peter Weiss estrenada en 1964, retomada por Peter Brook con versión cinematográfica incluida en 1967, en la estela de Artaud y Bertolt Brecht y en presagio de las ansias rupturistas del 68: cómo hacer la revolución, ¿cambiando la sociedad o cambiándose a uno mismo?. Prochinos frente a hippies. Un dilema que la sociedad resolvió respondiendo: ni unos ni otros, poco a poco y con cuidado.

Explicaba la compañía Atalaya en 2016 cuando presentó su producción en el Grec de Barcelona (y así nos ahorramos divagaciones): Marat fue uno de los ideólogos de la revolución; coautor de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, en representación del ala izquierda. Por su parte, el Marqués de Sade, uno de los personajes más controvertidos de la historia contemporánea, daría origen a términos como “sadismo” o “sado”. La obra se inscribe en “teatro dentro del teatro” al ser interpretada, supuestamente, por internos del psiquiátrico donde Sade está recluido, con la excepción de quien encarna a la autoridad, el prefecto Coulmier, representante del orden establecido. A través de Marat, de su asesina –Carlota Corday-, de Sade, de Coulmier y del cura revolucionario libertario Jacques Roux, se presentan las diferentes posiciones ante la revolución, mientras el pueblo es encarnado por el coro de “locos” y por el grupo de cómicos cantores que, junto al presentador, confieren al montaje un estilo musical. El dilema de la obra gira en torno a la lucha dialéctica entre el individualismo y lo colectivo, entre la violencia y la sumisión, entre la honestidad y la corrupción. La veintena de tema interpretados en vivo confieren al montaje un aire de musical y sobresale en su estructura la propuesta de teatro dentro del teatro; el público se sienta ante actores coetáneos que encarnan a enfermos del manicomio de Charenton, que interpretan en 1808 a personajes de la Revolución Francesa.

Ni que decir tiene que ha sido muy representada en el último medio siglo y que es ya un clásico del teatro del siglo XX. Los aficionados veteranos no han olvidado la versión de Alfonso Sastre dirigida por de Adolfo Marsillach estrenada en octubre de 1968, con una reposición de Animalario en 2007. A las producciones existentes se suma ahora esta en la que el Teatro Español no ha regateado medios, encargando una nueva traducción a Miguel Sáenz -que parece haber salpimentado el texto de su propia cosecha- y el montaje a Luis Luque, que en 2017 dirigió discretamente en el Español ‘La cantante calva’ de Ionesco (ver nuestra reseña), y de forma notable en 2016 una adaptación de Pablo Villora de la novela ‘Insolación’ de Emilia Pardo Bazán en el María Guerrero (ver nuestra reseña) y en 2015 ‘El señor Ye ama los dragones’ de Paco Bezerra en estas mismas Naves (ver nuestra reseña).

El texto original se ha quedado tremendamente desfasado y los debates filosófico-existenciales que plantea son obsoletos. La minoría comprometida de la generación de entonces ha comprendido que la revolución personal y social es simplemente la humilde y sincera aportación que uno pueda hacer a mejorar un poquito las cosas en el terreno personal y colectivo. Y las minorías intelectualoides de la generación siguiente simplemente improvisan coartadas innecesarias y discursos caóticos para ir tirando en busca de más comodidades.

Intentar convencernos de la actualidad de la pieza aduciendo a que el mundo sigue siendo imperfecto y los humanos seguimos siendo deplorables, no tiene sentido. Luque ha escogido el camino facilón, esa demagogia populista tan a la moda, que ha convertido la palabra revolución -y todas las demás- en caricaturas grotescas. El espacio escénico es aceptable aunque el cajón que suple a la insustituible bañera sea deplorable y sus movimientos, ridículos. La banda sonora de esta pieza tan musical es lo peor de todo, un chunchún ruidoso y obsoleto que recuerda las giras veraniegas de Miguel Ríos en los años ochenta. Gran desilusión la de las coreografías de Sharon Fridman, que ha sucumbido a la horterez reinante. Qué decir de la vídeoescena proyectada aceleradamente en una columna luminosa de significado inabordable… O de un vestuario de fluctuantes capas historicistas.

Los defectos de la pieza original -plúmbea sucesión discursiva interrumpida por espasmos loquinarios colectivos- permanecen, y la propuesta bipolar se convierte en una maquinaria sádica para espectadores masoquistas. El reparto grita y enloquece como corresponde. El sonido de verbena rebosa decibelios. Todo es artificial y artificioso incluido el numeroso reparto, con los soliquios de Codina y Fresneda bien lejanos de cualquier apariencia de diálogo, y la Corday de Ana Rujas como hierática esfinge, por no hablar del histrionismo del presentador/pregonero, del exotismo hiperventilado de Emilio Buale y del tono desabrido general que la dirección actoral ha impreso en el elenco; quizás Itziar Castro como sirvienta de Marat es la más comedida y por tanto acertada, y junto a Francisco Boira como director del manicomio, escapan al generalizado despendole.

Al resonar de la palabra revolución y a las consignas de ¡fornicación, fornicación! el público del estreno respondió al unísono, tal cual el perrito de Pavlov. Fue al final un frenesí ovacional, una comunión enfervorizada y un espanto suplementario para los escasos disidentes. Pesada, a menudo inaudible por la mala calidad del sonido amplificado, caricaturesca, afrancesada hasta el bochorno, alucinación festivalera, esta adaptación del clásico Marat/Sade oculta con parafernalia artificial incapacidades intrínsecas para captar lo que de valor estético e intelectual pueda tener aún la pieza.

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Interés, 5
Dirección, 5
Interpretación, 6
Puesta en escena, 5
Música, 4
Coreografía, 4
Producción, 7

Naves del Español en Matadero / Sala Fernando Arrabal – Nave 11
Marat ~ Sade
de Peter Weiss
Teatro Musical
Del 19 Enero al 14 Febrero 2021

Ficha artística y técnica
Dirección: Luis Luque
Texto: Peter Weiss
Traducción: Miguel Sáenz

Reparto:
Francisco Boira como Abbé de Coulmier,
Emilio Buale como Jacques Roux,
Itziar Castro como Simonne Evrard,
Juan Codina como Jean Paul Marat,
Nacho Fresneda como Marqués de Sade,
María Lobillo como Kokol,
Juando Martínez como Paciente,
Eduardo Mayo como El Pregonero,
Adrián Navas como Cicirici,
Pepe Ocio como Duperret,
Andrés Picazo como Polpoj,
Julia Rubio como Rossignol
Ana Rujas como Charlotte Corday

Coreografía: Sharon Fridman
Diseño de espacio escénico: Monica Boromello
Composición música original: Luis Miguel Cobo
Diseño de iluminación: David Hortelano
Diseño de videoescena: Bruno Praena
Diseño de vestuario: Raúl Marina
Ayudante de dirección: Álvaro Lizarrondo

Una producción del Teatro Español
Duración 1 hora y 45 minutos
Martes a domingo / 19h
Precio 20€.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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