Pedro Ontoso, autor de 'Con la Biblia y la Parabellum'

Los pecados mortales de la Iglesia católica incluyen su apoyo a los terroristas de ETA

Los pecados mortales de la Iglesia católica incluyen su apoyo a los terroristas de ETA
Terroristas etarras, curas y obispos vascos. EP

Las víctimas del terrorismo hace muchos años que echan a la cara este nefando pecado mortal a curas y obispos (‘El Cascabel’ de Trece omite las miserables opiniones de Setién sobre ETA).

Jamás han podido digerir la vomitiva equidistancia de la Iglesia vasca entre víctimas y verdugos, su desprecio y la frialdad que jamás esperaban de quienes estaban llamados a salvar almas y consolar y que optaron por callar, mirar hacia otro lado, negar funerales e incluso colaborar con los asesinos (Alfonso Ussía incendia la COPE por el trato piadoso hacia el fallecido monseñor Setién, el amigo de los etarras).

Pedro Ontoso (Barakaldo, 1956) empezó a finales de los 70 un trabajo doctoral sobre la relación entre la Iglesia vasca y ETA que se ha transformado en un relato documentado y veraz (El obispo emérito de San Sebastián se olvida del miserable Setién: «La condena de la Iglesia a ETA fue excesivamente escueta» ).

Se titula ‘Con la Biblia y la Parabellum‘ (Ediciones Península) y es  un trabajo detallado sobre el papel jugado por la Iglesia en el nacimiento de ETA y en su actitud ante los crímenes de la banda terrorista (¿Sigue siendo España un país católico, a pesar del iniquo Setién, los obispos independentistas, el Papa y las encuestas del CIS? ).

Asegura Ontoso que no sólo su posición distante hacia las víctimas lastró la imagen de la institución, sino también su acento marcadamente nacionalista, que le llevó a defender la existencia de “un conflicto político” que requería “sentarse a hablar” o la defensa de los presos de la organización criminal concebidos como “presos políticos”.

En una larga entrevista con Josean Izarra de ‘El Mundo’, Ontoso niega que ETA naciera en un seminario, pero sí que contó con el calor, el cariño y la complicidad de “sotanas y hábitos”.

¿Respaldó la Iglesia vasca el nacimiento de ETA porque era crítica contra el franquismo?

No era un respaldo de la Iglesia vasca como tal porque la Iglesia vasca es muy compleja, muy variopinta. Son los obispos, el clero, los religiosos, los fieles. Pero en las condenas siempre se incluían matizaciones como «las otras violencias», «la violencia estructural» o «el derecho de autodeterminación» que diluían su efectividad. Había una parte también de la comunidad eclesiástica que veía a esa Iglesia muy escorada hacia el nacionalismo. Ese escoramiento hacia el nacionalismo impedía que la Iglesia tuviera mucho más coraje a la hora de enfrentarse al terrorismo de ETA.

¿La cúpula de la Iglesia vasca era nacionalista?

El clero vasco procedía de la derrota de la Guerra Civil y era muy nacionalista. Por eso se suceden los escritos a favor de los derechos humanos, pero también de los pueblos. Hubo una parte del clero vasco que aceptó las tesis de ETA cuando nació. Es una parte minoritaria pero importante, porque la Iglesia tenía una mucha ascendencia social. Si había gente de la Iglesia que se enrolaba en ese movimiento se diluían muchas responsabilidades. La Iglesia celebró funerales por Txabi Etxebarrieta [uno de los fundadores de ETA que acribilló a balazos al guardia José Pardines], con lo que se ensalzó la valentía de un joven altruista que da la vida por el pueblo vasco. Tres años después, cuando es asesinado el taxista Fermín Monasterio en Bilbao, los que auxilian al pistolero de ETA fueron sacerdotes que le curaron sus heridas y le ayudaron a pasar al otro lado [huir a Francia por la frontera].

Pero eso es tremendo, ¿nadie dentro de la Iglesia vasca alzó la voz?

Había voces críticas, pero eran minoritarias. En las condenas de ETA había una insistencia en condenar muchos matices derivados de la asunción de la teoría del conflicto, de la apuesta por el diálogo. Una pastoral se titulaba Erradicar la violencia debilitando sus causas y las causas eran que no se habían respetado las expectativas y los derechos políticos del pueblo vasco. Se trataba de poner una vela a Dios y otra al diablo y ahí jugó un papel muy importante Setién. Sus pronunciamientos han bendecido políticas con un sesgo nacionalista. Setién fue uno de los que primero certificó la muerte del Estatuto vasco en una conferencia en el Club Siglo XXI.

¿Es Setién quien mejor encarna el subtítulo de su libro de «poner una vela a Dios y otra al diablo»?

A Setién se le ha demonizado en exceso, sobre todo fuera del País Vasco. Setién decía cosas que no gustaban, como cuando se metió con los GAL y la guerra sucia. Pero, a la vez que criticaba a ETA y a los GAL, calificaba a los presos de ETA de presos políticos. Insistía en que aquí había un problema político. Setién era un obispo que mandaba mucho, que tenía mucha influencia política y social. Él fue determinante para llevar a la Iglesia vasca en una dirección.

Pero no me ha contestado. Le he preguntado si Setién es la figura que mejor personifica el subtítulo de su libro…

Sí, posiblemente ha sido la figura más controvertida. Creó una cierta escisión en la Iglesia vasca y eso lo vio el Vaticano, que gestionó su salida en 2000 con el traslado de Uriarte de Zamora a San Sebastián.

No sé si el remedio fue peor que la enfermedad, porque Uriarte vino a dar continuidad al posicionamiento de Setién…

No era lo mismo Uriarte que Setién. Uriarte asume la teoría del conflicto, que ETA no es sólo una banda de malhechores y que había que utilizar el diálogo para una paz duradera y una reconciliación sólida. Pero Uriarte desde el minuto uno estuvo en manifestaciones contra ETA, como la celebrada contra el asesinato del ingeniero Ryan. También alentó el surgimiento de movimientos pacifistas de raíz cristiana, como Gesto por la Paz.

¿Quién impuso esa norma de que los obispos no participasen en funerales por víctimas inocentes provocadas por actos terroristas?

Eso surge del carácter de una Iglesia vasca, y sobre todo vizcaína, que apostó por la corresponsabilidad. Los obispos compartían sus decisiones con su clero en diferentes órganos de participación. A Blázquez cambiarlo le genera muchos problemas y lo hace por decreto ante la oposición de parte del clero vizcaíno. Él acude al funeral de Miguel Ángel Blanco y abre ese dique.

¿Y qué pasaba con las víctimas de ETA?

Se tardó mucho en acompañarlas, cuando está en el ADN de la Iglesia. La Iglesia vasca se tiene que purificar tras el final de ETA. Hace falta un gran análisis interno, profundo, que saque a la luz en qué ha fallado. Hasta ahora se lo estamos haciendo desde fuera. Es muy significativo que la Iglesia vasca haya realizado posicionamientos públicos muy interesantes y diversos y nunca lo haya hecho sobre las víctimas. Es el momento de que lo haga.

¿Por qué ETA nunca incluyó a curas y obispos entre sus objetivos?

Ese es un agujero negro, pero es lógico pensar que atentar contra la Iglesia vasca le hubiera supuesto muchos problemas. La Iglesia vasca tenía mucha ascendencia, mucha penetración social. Atentar contra la Iglesia hubiera adelantado su disolución. Ha habido gente de la Iglesia perseguida, como los capellanes del Ejército y de la Guardia Civil, y algunos resultaron heridos con secuelas de por vida. Otros religiosos se enfrentaban públicamente a ETA, como Beristain, Tamayo, García de Cortázar o el cura de Maruri Jaime Larrinaga. Un grupo de curas vizcaínos se ofreció para completar las listas electorales cuando a los concejales ETA les cazaba como conejos. Aquello fue un terremoto en el seno de la Iglesia vasca.

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