Cuando pensamos en comer de forma saludable y cuidar el medio ambiente, solemos creer que todo depende solo de nuestra propia decisión. Nos imaginamos que basta con tener ganas de comprar fruta ecológica o querer apoyar a los pequeños agricultores de la zona. Sin embargo, el lugar en el que vivimos y el mapa juegan un papel importantísimo del que casi nadie habla. Así empieza el artículo publicado originalmente en The Conversation que aquí traemos hoy, cuyos autores figuran al final de este texto.
Consumir productos ecológicos y a un precio justo en la España rural se ha convertido hoy en un auténtico reto. Sobre todo por las grandes distancias y los elevados costes de transporte. Aunque parezca una contradicción, los propios pueblos y zonas del campo donde se cultiva y produce la mayor parte de esta comida sostenible son los lugares que más problemas tienen para poder comprarla y comerla en su día a día.
Entre 2021 y 2026, el equipo del proyecto Las redes alimentarias sostenibles como cadenas de valores para la transición agroecológica y alimentaria: implicaciones para las políticas públicas territoriales (ALISOS) –compuesto por investigadores de las universidades de Salamanca, Valladolid o la Autónoma de Madrid, y por el Instituto de Economia, Geografía y Demografía del CSIC, entre otros centros– analizó más de 1 200 proyectos de alimentación sostenible repartidos entre Castilla y León y la Comunidad de Madrid. Su estudio demuestra que existen dos realidades completamente diferentes según la zona del mapa:
- Castilla y León (415 proyectos): cuenta con una enorme producción de agricultura y ganadería ecológica. El problema es que la población vive muy repartida en pueblos y localidades pequeñas. Esto provoca que haya pocos compradores cerca y que el reparto de los alimentos sea muy caro, ya que se gasta mucha gasolina por cada kilo de comida que se transporta.
- Comunidad de Madrid (790 proyectos): reúne a unos siete millones de personas viviendo en un territorio relativamente pequeño. Esta gran cantidad de vecinos en pocos kilómetros ha hecho que funcionen de maravilla los grupos de familias que se organizan para comprar juntas, las tiendas de barrio y los supermercados cooperativos, ya que siempre tienen clientes asegurados.
En las zonas de la España vaciada, el hecho de que viva tan poca gente impide que se creen grupos grandes de compradores. Si un pequeño agricultor ecológico tiene que llevar sus verduras a cinco pueblos diferentes que están separados por decenas de kilómetros, el tiempo que pierde en la carretera y lo que se gasta en gasolina y transporte hacen que todo sea demasiado caro.
En la práctica, usan herramientas del comercio tradicional, con lo que consiguen llegar a muchos más clientes. Por ejemplo, crean tiendas en internet, contratan empresas de transporte externo y amplían sus zonas de reparto. Aplican estas estrategias sin perder sus valores principales: siguen cuidando el planeta con dedicación y pagan un precio justo a los agricultores. Así ganan el dinero necesario para no cerrar, mantienen el negocio abierto y apoyan al mundo rural.
El avance hacia una alimentación sostenible no puede depender únicamente del esfuerzo de los agricultores o del bolsillo de las familias. Las políticas públicas son una pieza fundamental. El proyecto demuestra que existen experiencias de éxito local, como el apoyo institucional a la producción ecológica en provincias como Zamora y en ciudades como Fuenlabrada o Rivas-Vaciamadrid, ambas de la Comunidad de Madrid.
Sin embargo, en muchos otros municipios existe desinterés o trabas burocráticas. Favorecer la venta directa del productor al consumidor y promover que los comedores escolares o de hospitales compren producto local son herramientas clave que aún necesitan impulsarse. 
Asegurar que la gente de la España vaciada pueda comer de forma sana y justa no es solo un problema de dinero, sino un asunto clave de igualdad entre las distintas regiones. Resulta del todo absurdo que las zonas donde se cultiva la mayor parte de la comida fresca tengan tantas barreras para consumirla en sus propios municipios, solo porque el transporte y el comercio están pensados para enviar todo a las grandes ciudades.
Para cambiar esta situación, es necesario crear un plan que mejore el reparto de comida en el campo, le ponga las cosas fáciles a los pequeños agricultores para vender sin intermediarios y enseñe la importancia de la alimentación a los jóvenes. Solo consiguiendo que cualquier persona pueda comprar productos locales se logrará que la gente se quede a vivir en los pueblos, se reactive su economía y se devuelva la justicia social a estas zonas rurales.
Autoras del artículo original:
- nvestigadora predoctoral en Formación. Universidad de Salamanca.

