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El crimen está en todas partes

Hay algo en la mente humana que no puede dejar de mirar cuando hay un crimen.

No es morbo, o no es solo morbo.

Es la conciencia de que la violencia, el engaño y la transgresión de las normas que hacen posible la convivencia son parte de lo que somos como especie, y que cada sociedad a lo largo de la historia ha tenido que enfrentarse a esa realidad con los instrumentos que tenía disponibles.

El resultado es una historia de 4.000 años de leyes, castigos, filosofías y sistemas que todavía no ha encontrado una solución definitiva.

Los primeros intentos de poner orden al caos

Las primeras sociedades humanas organizadas descubrieron rápidamente que el crimen sin respuesta institucional produce un ciclo de venganza que destruye la cohesión social. Si alguien mata a un miembro de tu familia y el Estado no hace nada, tu familia mata a alguien de la suya, y esa familia mata a alguien de la tuya, y el ciclo no termina nunca.

La solución que las primeras civilizaciones encontraron fue establecer códigos escritos que definieran claramente qué actos eran delictivos y qué castigos les correspondían, quitando así la respuesta punitiva de las manos de las familias y depositándola en la autoridad colectiva. El Código de Hammurabi, elaborado en Babilonia hacia el año 1750 a.C., es el ejemplo más conocido y mejor conservado de ese primer intento. Sus 282 leyes grabadas en piedra establecían el principio de proporcionalidad: el castigo debía ser equivalente al daño causado. La famosa fórmula del «ojo por ojo, diente por diente» no era una invitación a la brutalidad sino exactamente lo contrario: una limitación de la venganza, que antes podía ser desproporcionada.

El Código de Hammurabi también introdujo algo que parece obvio pero que tardó siglos en generalizarse: la presunción de inocencia. El acusado no era culpable hasta que se demostrara lo contrario.

La religión como primer sistema de justicia

En las primeras sociedades, el crimen no era solo una afrenta al individuo o a la comunidad. Era una ofensa a los dioses. En la cultura occidental, el Antiguo Testamento codificó esa visión: los actos criminales violaban la ley divina y la venganza quedaba justificada como un medio para apaciguar a la divinidad ofendida.

Esta dimensión religiosa del crimen tiene consecuencias prácticas que se prolongaron durante milenios. Si el crimen es pecado, el criminal no es solo un peligro social sino un ser moralmente corrompido cuya corrección requiere algo más que una pena proporcionada. Esa tensión entre el castigo como reparación y el castigo como redención moral o espiritual sigue presente en los sistemas penales contemporáneos de muchos países.

Los griegos: la primera criminología racional

Fueron los filósofos griegos los que introdujeron por primera vez una mirada racional al fenómeno del crimen, separándolo de su dimensión religiosa y analizándolo como un problema social con causas identificables y soluciones posibles.

Platón fue el primero en argumentar que el crimen era fundamentalmente el resultado de una educación deficiente. Si los ciudadanos no reciben la formación moral y intelectual adecuada, carecen de los recursos internos para resistir las tentaciones que llevan al delito. Su propuesta no era solo castigar al criminal sino educar mejor a los ciudadanos futuros para que no llegaran a serlo. Tenía también una visión sofisticada del castigo: debía evaluarse en función del grado de culpa, reconociendo la posibilidad de circunstancias atenuantes.

Aristóteles añadió la dimensión preventiva: las respuestas al crimen debían intentar prevenir actos futuros, tanto por parte del criminal condenado como por parte de otros que pudieran estar tentados de cometer delitos similares. Es la idea de la disuasión, que dos mil años después sigue siendo uno de los pilares teóricos de los sistemas penales modernos.

Roma: el primer sistema legal secular

La República Romana fue la primera sociedad en desarrollar un código integral de leyes que incluía códigos penales sistemáticos y que desvinculaba el crimen de su dimensión religiosa. Los romanos vieron los actos delictivos como una afrenta a la sociedad, no a los dioses, y asumieron el papel de determinar y aplicar el castigo como una función gubernamental destinada a mantener el orden social.

Esta secularización del crimen y el castigo es el fundamento del sistema legal occidental moderno. El lenguaje latino sigue presente en la terminología jurídica de prácticamente todos los países que heredaron la tradición romana, lo que significa que los abogados del siglo XXI utilizan conceptos formulados hace más de dos mil años.

La Edad Media: el retroceso religioso

Con el declive del Imperio Romano y la expansión del cristianismo, la visión del crimen volvió a llenarse de dimensión religiosa. Los actos criminales fueron equiparados con el pecado, la influencia del demonio y la separación de Dios. Los castigos se convertían en instrumentos para liberar al criminal de la influencia diabólica, lo que justificaba métodos que desde cualquier perspectiva contemporánea serían clasificados como tortura sistemática.

Sin embargo, el mismo cristianismo introdujo elementos que a la larga moderaron esa brutalidad: el perdón, la compasión y la posibilidad de redención. Santo Tomás de Aquino formuló en su Summa Theologica una visión más matizada: el crimen no solo hería a la víctima sino también al criminal, que se había separado de Dios y merecía tanto el castigo como la compasión. Comenzaba a abrirse camino la idea de que el objetivo del sistema no era solo castigar sino también rehabilitar.

El siglo XVIII: la razón contra la arbitrariedad

El gran salto hacia el sistema penal moderno llegó con la Ilustración y, en particular, con el jurista italiano Cesare Beccaria, cuyo libro Sobre los delitos y las penas (1764) es posiblemente el texto más influyente de la historia de la criminología.

Beccaria argumentó con claridad y valentía, en una época en que los castigos eran arbitrarios, desproporcionados y frecuentemente crueles, que el sistema penal debía basarse en principios racionales. Propuso una escala fija de crimen y castigo según la gravedad del delito, defendió que el papel de los jueces debía limitarse a determinar la culpabilidad o la inocencia aplicando las pautas establecidas por las legislaturas, y sostuvo que los castigos excesivos y los jueces abusivos debían eliminarse del sistema.

Su aportación más duradera fue el principio de que prevenir el crimen es más importante que castigarlo. Una sociedad que invierte en las condiciones que reducen la delincuencia, la educación, la reducción de la desigualdad, la cohesión social, obtiene mejores resultados que otra que solo invierte en el castigo de los delincuentes ya formados.

El siglo XIX: crimen, estadísticas y biología

El siglo XIX produjo dos aproximaciones al crimen radicalmente diferentes. La primera fue estadística: el matemático belga Adolphe Quetelet analizó las primeras estadísticas nacionales de criminalidad publicadas en Francia en 1827 y descubrió patrones que nadie había documentado hasta entonces con rigor matemático.

Sus hallazgos fueron contraintuitivos en algunos aspectos. La mayor cantidad de crímenes fue cometida por hombres mal educados, pobres y jóvenes, lo que era esperable. Pero encontró también que se cometían más crímenes en áreas geográficamente prósperas que en las pobres, aunque las tasas más altas ocurrían en las zonas ricas físicamente cercanas a regiones pobres. La conclusión era que el crimen ocurría fundamentalmente como resultado de la oportunidad y mostraba una fuerte correlación entre desigualdad, educación y delincuencia.

La segunda aproximación fue biológica y mucho más problemática. El psiquiatra italiano Cesare Lombroso estudió a los delincuentes buscando características físicas comunes y llegó a la conclusión de que existía un «tipo criminal» con atributos biológicos heredados que predisponían al delito. Sus teorías son hoy rechazadas por la criminología seria, pero tuvieron una influencia enorme en su época y sentaron las bases de enfoques que confundían correlación con causalidad y que serían utilizados para justificar discriminaciones aberrantes.

Curiosidades sobre los detectives y la ficción criminal

La figura del detective como profesional que resuelve crímenes es sorprendentemente reciente. La palabra detective en ese sentido se usó por primera vez en 1843. El primer detective literario fue probablemente C. Auguste Dupin, el personaje creado por Edgar Allan Poe en Asesinatos en la rue Morgue (1841), quien pudo haberse inspirado en las memorias de Eugène Vidocq, fundador de la primera agencia de detectives privados de la historia.

La primera novela de detectives de larga duración fue La mujer de blanco (1859) de Wilkie Collins. Y el gran escritor de novela negra Raymond Chandler dejó para la posteridad una de sus frases más cínicas sobre la profesión: «Un detective realmente bueno nunca se casa».

Uno de los grandes misterios de la literatura policial es la identidad del autor de The Notting Hill Mystery (1862-63), la primera novela que introdujo el procedimiento científico en la investigación criminal, cuya autoría sigue siendo incierta.

La criminología del siglo XXI

La criminología contemporánea combina la sociología, la psicología y la neurociencia para intentar entender las causas del delito y diseñar políticas que las ataquen en su origen. Los criminólogos modernos trabajan con gobiernos, tribunales y organizaciones policiales haciendo recomendaciones basadas en evidencia sobre cómo prevenir crímenes antes de que ocurran.

El sistema de justicia penal actual tiene objetivos múltiples y frecuentemente contradictorios: castigar al delincuente, disuadir a otros, proteger a la sociedad, rehabilitar al condenado y reparar a la víctima. Esos objetivos no siempre apuntan en la misma dirección y su peso relativo varía enormemente entre países.

Los datos comparativos ilustran esa divergencia con crudeza. En Países Bajos, el encarcelamiento representa alrededor del 7% de todas las condenas impuestas. En Estados Unidos, aproximadamente el 70% de las condenas implican la pena de prisión. Las tasas de criminalidad de ambos países no son tan diferentes como esa divergencia punitiva sugeriría, lo que plantea preguntas incómodas sobre la eficacia real del encarcelamiento masivo como política criminal.

Lo que todavía no sabemos

Cuatro mil años después de que Hammurabi grabara sus leyes en piedra, la humanidad sigue sin respuesta definitiva a las preguntas más básicas sobre el crimen: ¿por qué algunas personas pierden todo sentido de la humanidad y la decencia? ¿Cuánto es herencia biológica, cuánto es entorno social, cuánto es decisión individual? ¿Cuál es la proporción correcta entre castigo y rehabilitación? ¿Es posible una sociedad sin crimen o es la transgresión de las normas una característica permanente de la naturaleza humana?

Solo una cosa es segura: menos del 10% de todos los delitos se denuncian a la policía. Las razones son siempre las mismas a lo largo de la historia y la geografía: la víctima considera que el crimen no era suficientemente grave, no cree que la policía pueda hacer nada, o teme que no le crean.

Cuatro mil años de leyes, castigos y criminología, y la mayoría de los crímenes siguen sin denunciarse.

Hammurabi habría encontrado eso muy difícil de entender.

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