La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

La conversión

La oscuridad era cada vez más palpable. Se diría que aquella noche, sin estrellas, era casi hiriente a la vista. O al menos así se lo parecía a Samu, ciego como estaba. Allí, apoyado sobre la tapia del cementerio, se metía el último pico junto al ‘Chiki’, su camellito del deseo quebrado.

Sin embargo, ese pico no fue como los otros. “Esto es una mierda, ‘Chiki’”, le espetó a la cara un Samu con la mirada definitivamente perdida. El camello, visiblemente ofendido, comenzó a gritarle: “¿Qué dices, desgraciado? Aquí la escoria, la puta escoria, eres tú… ¿Te has visto a ti mismo? Das asco. ¿Me oyes? ¡Eres tú la mierda!”. A continuación, de un manotazo, tumbó al chico de 28 años.

Tras unos segundos de aturdimiento, Samu intentó levantarse. Pero no podía. Estaba demasiado mal. Sí, la de hoy no era como las otras veces. “Esa puta droga… maldita droga… qué mala era…”. Sus divagaciones permanecieron solo un instante. Hasta que definitivamente perdió el conocimiento.

¿Cuánto tiempo pasó? ¿Una hora? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Una vida? Cuando Samu abrió al fin los ojos no lo tuvo claro. Lo único que sintió fue el modo en que la pureza de aquellos ojos azules penetraron en su alma. “Eres preciosa…”, fue lo único que acertó a decirle. Ella, por toda respuesta, sólo le mostró la blancura de sus dientes y la arruga de sus mofletes con la más sonrosada de las sonrisas.

Entonces él no se apercibió de nada. Pero cuando ella se retiró, sus vivarachos ojos, que hasta ese momento no se habían separado de la chica, quedaron de pronto clavados en la pared que le franqueaba. Allí vio una imagen que le sobrecogió: Un hombre con barba, casi desnudo, sangrando… y crucificado. No veía un crucifijo desde los tiempos en los que al volver del colegio su abuela le hacía rezar el rosario con ella. A él no le gustaba mucho, se aburría, pero siempre guardó un recuerdo entrañable de aquello. Ahora podía revivir perfectamente el instante en el que la mirada de la dulce madre de su desgraciada madre parecía abstraerse de este mundo cuando musitaba la oración del “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

Ese fue el momento concreto, siempre lo recordaría desde entonces, en que su vida cambió. Allí se produjo su caída del caballo, su Damasco más íntimo y rasgador. Su conversión. ¿Qué fue lo que le cambió? “Un poco todo”, dice ahora sonriente cuando le preguntan a Don Samuel. Casado y con cuatro hijos, recuerda el día en que “despertó”, en todos los sentidos. Ese abrir de ojos tras la oscuridad más absoluta, esa mirada que turbó a una joven monja, ese crucifijo, el olor del centro de acogida, su abuela…

El día que le dijo adiós a la maldita droga fue el día en que Samu dejó de buscar la felicidad en lo pasajero y la vio, reposada y resplandeciente, en la Cruz del que murió por el perdón de todos.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

PD. Dedicado a Dani.

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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