
No soy quién para dar lecciones a nadie, pero me asquea cuando ciertos cristianos afirman que la forma de defender nuestra fe es con un tono duro, dejando “las cosas claras” y marcando “las distancias” con los “enemigos”.
Escuchando a gente como Almudena Grandes (que se cisca con la saña del odio en el sufrimiento de monjas violadas), Pepe Blanco (que se atreve a valorar la actuación de una persona que se ve en medio de una masacre terrorista) o Antonio Gala (que afirma con toda la irracionalidad del mundo que “Aznar fue el culpable del atentado de Atocha”. ¡Qué vil suena en un día como hoy, en el que el luto nos hace ver con claridad quienes son los verdugos y quienes las víctimas!)… siento tanta pena, que aunque dijeran cosas cuerdas, con ese tono seguirían pareciéndome despreciables.
Pues bien, creo que por coherencia a un referente como Jesús de Nazaret (ni más ni menos), los cristianos estamos obligados a defender nuestra fe desde una comunicación propositiva, siempre en positivo. Eso no quiere decir que no respondamos a los ataques. Sí, pero en su justa medida y sin tampoco permanecer en la paranoia del que se siente constantemente en el punto de mira. Al fin y al cabo, evangelizar es comunicar. Y para que esa comunicación sea efectiva (si no, ¿para qué?), jamás hemos de caer en posturas como la arrogancia, la prepotencia, el desprecio o la condena gratuita.
Decir esto no es ser un cristiano “light” o “relativista”, como algunos pretenden hacernos creer. No, sabemos que la Verdad está de nuestro lado. Pero mostrémosla con cariño, ternura, amor y comprensión. Propongamos, no impongamos.
Sé que esto no está de moda. Hoy, la moda y el éxito en la comunicación de los valores católicos parecen ir por otro lado. Hoy hay mucho Pepe Blanco, mucha Almudena Grandes y mucho Antonio Gala en nuestra fila. Por desgracia, porque ni aportan nada hacia dentro y nos desacreditan hacia fuera.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
