
En una discusión recurrente con varios de mis amigos, éstos me achacan que considere la democracia como un valor y un principio básico e irrenunciable. Católicos ellos, entienden que la democracia no vale nada cuando las leyes emanadas de ésta son contrarias a la Verdad, con mayúsculas. Basta decir que yo comparto con ellos mi percepción de la Verdad. Para mí, ésta es Jesús de Nazaret.
Aclarado esto, insisto: la democracia es mucho más que un mero sistema político o una simple manera de organizarse de la sociedad. Es un fin en sí misma. Incluso cuando de ella salen leyes que son contrarias a la Verdad. Explico mi aparente contradicción. La Historia nos ha enseñado múltiples regímenes. Es claro que una democracia verdadera (sin falseamientos), cuyo gobierno es elegido por la mayoría de la población, es el más representativo de la voluntad de la misma. Es, por ende, el más legítimo. Entonces, ¿cómo cuestionar su fondo, su esencia, cuando sus leyes nos desagradan? Es más, ¿cómo podemos decir que la democracia no lo es cuando “desoye” lo deseado por Dios?
Vamos a ver. Es una realidad que una gran parte de la población mundial no es creyente. Otra mucha lo es y no es cristiana. Otra mucha es cristiana y no es católica. Católicos los hay en casi todos los países, en mayor o menor número. En todos esos países conviven con ateos, files de otras religiones y representantes de otros cultos cristianos. Ésa es la realidad de nuestro mundo y de nuestro país, España. ¿Cómo imponer que todos los ciudadanos se guíen por nuestra Verdad? Más de uno me achacará cojera relativista, pero yo aspiro a defender mi Verdad sin pisotear la de los otros. Y mucho más a, jamás, tratar de oficializar mi Verdad a través de una supuesta democracia, que no lo sería de serlo cristiana y católica. Como tampoco lo sería siéndolo musulmana o militantemente atea. La democracia no lo puede ser si tiene apellidos condicionantes.
Jesús de Nazaret nos enseñó que todos los seres humanos somos libres. Criaturas divinas, todos hijos de Dios, esclavos, mujeres, negros, ricos…, todos somos invitados a creer en Él. Repito: invitados. Para ello, en vida, el Cristo otorgaba a los apóstoles la facultad de marchar a los pueblos y evangelizar a los que así lo quisieran. Nada de obligaciones, ni de bautismos forzados. Al final de su misión, instituyó la Iglesia precisamente para eso; para, a través de su testimonio y su acción misionera, tratar de mostrar a la Humanidad quién fue y es Jesús de Nazaret. Sin Inquisiciones, Cruzadas o absolutismos y tiranías “cristianas”. Y es que esos modelos son la perversión de la libertad cristiana, verdadera y sin comillas.
La democracia es un valor y un principio. La democracia no ha de ser cristiana. Los cristianos, en democracia, hemos de trabajar muy duro porque toda la población, o la mayor parte de la misma, se enamore de Jesús de Nazaret. Es más difícil, claro, pero no vale el truco de hacer menos pesada la tarea. ¿O es que los católicos “absolutistas”, apegados al oficialismo monolítico, en el fondo, no son sino unos vagos redomados?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
