La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Cristo muere en Madrid

Los portones de las Torres Kio abren el Vía Crucis de Jesús de Nazaret en el Madrid de nuestra hora. A pesar de que el ajusticiamiento ha sido anunciado en los confidenciales digitales de máxima audiencia, no hay multitud. No hay nadie. Soledad. Silencio. Apenas roto por el paso dubitativo del condenado, que arrastra su cruz a duras penas. El impacto del madero roza el asfalto, superponiéndose al jolgorio de una máquina tragaperras. Una anciana de abrigo roído por las ratas festeja con júbilo la conquista de las manzanas enlazadas. El paso del Cristo ante ella no le distrae un ápice de su ensimismamiento, pues está pensando en echar todo lo ganado en la ranura del caos para ir a por el “premio gordo”.

Atocha tampoco posa su foco en el Mesías que se ofrece en holocausto total por la Humanidad. El Cordero de Dios se abre paso por entre vendedores de cedés del Dover que se corrompió y deuvedés de la última película de Paris Hilton, aquélla en la que iba a interpretar a Teresa de Calcuta y al final quedó de plañidera de la corte real. Los violines son tal estruendo en Sol, que el Nazareno sólo es visto superficialmente por un politicastro que en ese instante se postula como ‘salvador de la patria’ desde la vía anarcosindicalista neo-con.

Cibeles y Neptuno, siguiendo la deriva de la pérdida del raciocinio, sellan con un beso el fin de su enemistad futbolística. No tienen tiempo para el Mesías. El Congreso de los Diputados está, como siempre, ‘cerrado por vacaciones’. Los pocos diputados que quedan intentan colocar sus últimos bienes inmobiliarios no estrictamente legales a los leones que llevan décadas petrificados. Ante su desinterés, fijan su vista en un barbado que desprende olor a santidad y a sangre derramada por el triunfo ante el Mal. “Tiene pinta de pobre”, mascullan entre sí, dejándole pasar sin inquirirle por el destino de un confesionario de guardia en el que purgar los pecados que ya les están siendo lavados gratuitamente. Por el “pobre”, claro está.

Carabanchel hace oídos sordos al paso del que fue homenajeado por tres reyes en su nacimiento en un pesebre. La plaza de toros de Vistalegre presencia embrutecida cómo el Real Madrid de las canastas cae ante unos griegos prepotentes. Un nuevo Judas traiciona lo que defiende de palabra con el descontrol del odio momentáneo. Se arrepentirá. Pero eso será mañana, al escuchar el canto del gallo. Hoy, aunque pasa a su lado, tampoco mira a quien tanto dice querer.

La Biblioteca Nacional podía haber sido ese lugar en el que, por su apego a la ‘sapiencia’, el Hijo de Dios hubiera sido al menos estudiado. Pero justo hoy toca exposición sobre ‘La Copla Española’. Cienes y cienes lloran de emoción ante el canto de ‘Ojos Verdes’ por el maestro Molina. No son menos los que tornan los ojos en la melancolía ante las soleares al Cristo de los Dolores. Lloran de piedad absoluta, de amor al crucificado. Sin embargo, el paso justo a su orilla del que porta de la Cruz del Amor no es ni siquiera percibido. Jesús, abatido, se dirige a otro Madrid al son de una copla con esencia a añejo que va desapareciendo con el zumbido del metro que lleva a Las Vistillas.

La Latina sólo deja al Maestro la visión de comercios cerrados ante la lacra del paro. Con la excepción de una plaza en la que todo son tienduchas de antigüedades: porcelanas de China, émulos del Platón pensante, vidrieras de Sión. Materia muerta. Superficialidad. Nada llena de frescor la boca del Rey de Reyes, abiertas ya las llagas del vinagre de los legionarios de la Roma arrogante. Un perro, tumbado en la puerta de la más vieja de todas las puertas sin escaparate, roe cual ratón un hueso astifino. Su mirada es la que le sugiere al traicionado por el Iscariote que se encamine en la dirección en la que sopla la lluvia invisible.

Lluvia que cesa al llegar a la calle Montera. Allí, las prostitutas de Colombia, Rumanía y Albacete callan en un momento dado. Silencio. “¿Quién es ese hombre?”. Es la pregunta que precede al estallido en lágrimas de las que, sabiendo llegada la hora de la justicia, emulan a las mujeres del Jerusalén del año 33. Partida su alma por el crimen tan incivil que presencian, piden misericordia y cariño al reo. La sonrisa de Jesús de Nazaret les da fuerzas para ser las cireneas de la verdad y cargar con la pesada madera de cuatro vértices.

Una chabola del extrarradio es el escenario del altar en que se produce la santa inmolación. Las jeringuillas y los trapicheos son sustituidos por la oración. Una vigilia en los alrededores de la Puerta de Alcalá sirve de profunda espera.

Y al tercer día… las banderas a media asta ascienden alegres y explosivas hasta el confín de las estrellas más bellas del inmenso cielo de Madrid.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Escrito el 3 de abril de 2009.

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Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

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