
Los creyentes guardan sus esperanzas en que, tras la muerte, haya una eternidad de vida sin sufrimiento, infinitamente mejor que esta presente en la que pasamos por todo tipo de avatares. Los ateos se consuelan afirmando que a la desaparición física no le seguirá sino la más absoluta nada: es decir, que el yo no será consciente de su propia inexistencia y, por tanto, no sufrirá por no ser ya. No sé si esto que planteo es una duda, una pesadilla o una simple ensoñación, pero me sorprende que casi nadie se pregunte por una tercera posibilidad: ¿y qué pasaría si, tras morir, nuestro yo despierta a una vida de eternidad en la que somos tal y como fuimos? ¿Y si, en vez de en una burbuja indolora y de permanente gozo, seguimos anclados en las cosas que nos ahogan en nuestro día a día?
¿Cómo sería eso de, una vez muerto y despertado para la vida eterna, continuar viendo el discurrir diario de mis seres queridos? Ante sus grandes noticias, humanamente, me alegraría de corazón… Pero, a su vez, no podría evitar ahogar las lágrimas por no estar allí y acompañarlas con mi abrazo. ¡¿Y ante las desgracias?! ¿Cómo no derrumbarse al ser testigo mudo del hundimiento del amado? ¿Qué experimentar ante su muerte…, que le lleva a mí? Y eso por no habar de las escenas cotidianas de la vida: las tardes de primavera en la plaza del pueblo, las montañas nevadas en el camino tantas veces recorrido, la canción susurrada por el poeta idolatrado, la final de la copa siempre anhelada… Ver y escuchar todos esos milagros sin poder palparlos, sin hacerlos propiamente tuyos. Y así por los siglos de los siglos… Toda una vida pensando que apenas tuviste unos minutos de descuento en el partido más hilarante y en el que jamás volverás a calzarte las botas. Un camino sin fin comprobando cómo ya no queda ningún rastro de tus entrañas más hondas.
Eso sería un absurdo, sí. Pero, ¿y quién dice que nuestra vida, sin respuestas constatables, no es sino la burla sin fin de una mente superior? Creer que nos hicieron para simplemente morir, estremece. Esperar que nos crearan para ser perfectos, se asemeja a la magia. Pero, ¿y ser para morir y volver a ser…, para siempre?
No podemos aferrarnos a nada, me dictan las estropeadas entendederas. Aunque mi razón me pida aniquilarla y ansiar agónicamente, en el último instante, que un abrazo de amor, en absoluto merecido, nos consuele y nos ilumine con el cuento más extraordinario. Ya no hablamos de creencias o ideas. Es simplemente instinto, aullido del alma.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
