Guerra bacteriológica: las bombas sin voz

Guerra bacteriológica: las bombas sin voz

Los kurdos las llamaban «las bombas sin voz». Cuando chocaban contra el suelo no había explosión, ni metralla o llamaradas. Tan sólo el estremecedor siseo del gas y un olor raro… como a ajo.

Al amanecer del 16 de marzo de 1988, aviones de la Fuerza Aérea iraquí atacaron con bombas mudas Halabja y otras aldeas controladas por separatistas kurdos en las agrestes montañas del norte del país. El bombardeo apenas duró seis minutos pero, cuando se extinguió el rugido de los motores, centenares de cadáveres monstruosamente hinchados -con motas de sangre en los oídos y las aletas de la nariz- aparecieron esparcidos por las calles. Las casas, los utensilios de cocina y los árboles permanecían misteriosamente intactos. Nunca se supo la cifra exacta de muertos. Sólo que eran las víctimas de una de las formas de matar más silenciosa, perversa y terrible que ha inventado el género humano: la guerra químico-bacteriológica.

Una de las pesadillas de Occidente, acentuada desde que el desmoronamiento del bloque soviético dejó en el paro a decenas de científicos, es la posibilidad de que un tirano sin escrúpulos adquiera armas de destrucción masiva.

La amenaza nuclear -plasmada con maestría por Frederick Forsyth en su novela El Cuarto Protocolo- flota perennemente en el aire, pero da la impresión de ser controlable. No es sencillo ni barato construir bombas atómicas a toda prisa y sin ser detectado. La prueba evidente es Corea del Norte.

No ocurre lo mismo con las armas químicas o las bacteriológicas; con inventos estremecedores como el gas sarín, el gas nervioso VX, el gas mostaza, las toxinas botulínicas o el ántrax. El sarín, por ejemplo, se fabrica a partir de dos componentes inocuos utilizados en la agricultura, cuesta poco dinero, se puede producir con unas cuantas probetas en un cuarto de baño, requiere una tecnología elemental y en su forma pura es 500 veces más mortífero que el cianhídrico, la sustancia empleada para ejecutar a condenados a muerte en la cámara de gas.

Sadam Husein demostró, a finales de los 80, que bastaba una planta de fertilizantes y adquirir los componentes en diferentes países para fabricar a espaldas de la comunidad internacional toneladas de sarín y una amplia gama de instrumentos letales.

Es inevitable sentir un escalofrío en la columna vertebral cuando se recuerda lo que les ocurrió hace 30 años a los kurdos y se descubre que cualquier sátrapa puede jugar en su cocina a ser el genio de la muerte silenciosa.

Los antecedentes de las armas químicas y bacteriológicas, y la fascinación de los hombres por ellas, se pierden en la noche de los tiempos. Durante las guerras del Peloponeso, en el año 431 antes de Jesucristo, los griegos ya recurrieron a la mezcla de brea y azufre para provocar gases sofocantes.

En 1710, los rusos que sitiaban a las tropas suecas en Reval emplearon catapultas para lanzar cadáveres infectados al interior del recinto amurallado.

En 1763, un comandante británico envió a un jefe indio de Ohio dos mantas y una bufanda como aparente gesto de buena voluntad. Las prendas habían sido usadas por enfermos de viruela y el mal no tardó en propagarse entre los indígenas.

Durante la I Guerra Mundial, en una sola tarde de 1915, 5.000 soldados franceses resultaron muertos y más de 10.000 gravemente intoxicados por la explosión de barriles de cloro líquido en las inmediaciones de Yprès. Alentados por su macabro éxito, los científicos alemanes reemplazaron muy pronto el cloro por iperita, comúnmente conocida como gas mostaza. Los resultados fueron devastadores.

La imagen de los soldados desangrándose por los oídos, con los pulmones roídos por el viento ácido y los ojos nublados para siempre, fue tan estremecedora que empujó a las grandes potencias a firmar en 1925 el Protocolo de Ginebra, prohibiendo el uso de gases tóxicos.

Apenas 10 años después, Mussolini recurría nuevamente a las armas químicas para someter a los rebeldes abisinios. Los japoneses no tardaron en imitarle en China, los nazis alemanes hicieron lo suyo en la II Guerra Mundial y las cosas han seguido su tétrico curso hasta ahora.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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