Hace 75 años, la República Popular China (RPC) nacía bajo la visión de Mao Zedong, un líder que transformó profundamente a su país y que sigue siendo una figura omnipresente en la vida diaria de los chinos. Sin embargo, la China de hoy es radicalmente diferente de la que Mao imaginó. Aunque el Partido Comunista Chino (PCCh) sigue siendo el único partido en el poder, los cambios económicos que el país ha experimentado desde las reformas de Deng Xiaoping en 1978 hacen que uno se pregunte: ¿sigue siendo China un país comunista?
Mao consolidó su poder tras una larga guerra civil, implementando un modelo comunista basado en la colectivización y centralización de la economía.

«El Gran Salto Adelante», una de sus políticas más ambiciosas para industrializar el país, terminó en una tragedia humanitaria, con millones de personas muriendo de hambre. Años después, la «Revolución Cultural» desató el caos al intentar eliminar lo que Mao consideraba influencias capitalistas, consolidando aún más su culto a la personalidad.
Hoy, sin embargo, la realidad china parece casi opuesta a esa visión inicial. El país ha pasado de la prohibición de la propiedad privada y la persecución del capitalismo, a convertirse en una de las economías más dinámicas del mundo. China alberga a más de 6 millones de millonarios y cuenta con el segundo Producto Interno Bruto más grande, solo superado por Estados Unidos. Su sector privado florece, y gigantes empresariales como Alibaba y Huawei dominan tanto el comercio electrónico como la tecnología global.
Este cambio radical tiene su origen en las reformas de Deng Xiaoping, quien decidió apartarse de las políticas maoístas y abrir la economía al mundo. Bajo su liderazgo, China abrazó el comercio exterior y permitió el resurgimiento del sector privado, generando un «milagro económico» que ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza. La fórmula, denominada «socialismo con características chinas», ha sido replicada y perfeccionada por los sucesores de Deng.
A pesar del éxito económico del país, el control político del PCCh sigue siendo absoluto. No hay democracia ni libertad de prensa, y el partido sigue dominando todos los aspectos de la vida pública y privada.
La economía puede estar más cerca del capitalismo, pero el Estado sigue siendo dueño de la tierra, controla el sistema bancario y ejerce una gran influencia sobre las empresas, incluso las privadas.
Entonces, ¿qué es China hoy? La respuesta no es sencilla. Aunque sigue llamándose comunista, en la práctica su economía se parece más al capitalismo estatal, donde el Estado y el partido juegan un papel dominante en la planificación económica y la regulación del mercado. Esta ambigüedad ha generado tensiones en la arena internacional, especialmente con Estados Unidos, que acusa a China de utilizar prácticas desleales en su ascenso económico.
A nivel social, las contradicciones también son evidentes. Aunque el comunismo aboga por la igualdad, la brecha entre ricos y pobres en China es cada vez más evidente. Los servicios básicos como la salud y la educación ya no son completamente gratuitos, y la crisis inmobiliaria ha dejado a muchos jóvenes sin acceso a viviendas asequibles.
La China actual es una mezcla de elementos comunistas y capitalistas, un sistema que ha permitido un crecimiento económico sin precedentes, pero a costa de perpetuar un control estatal férreo. La pregunta de si sigue siendo un país comunista es válida, pero quizá lo más acertado sea describirla como una nación estatista que ha sabido adaptar el comunismo a los tiempos modernos, sin perder el control político. El reto para China será mantener este delicado equilibrio mientras continúa su camino hacia convertirse en la principal superpotencia económica mundial.

