El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (XXXV)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXXV) 

   Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
 
   El DRAE da para la tercera acepción del vocablo (adj. Denota cantidad indeterminada) el siguiente ejemplo: El fenómeno se repite ene veces.
 
   Ignoro el argumento, la razón (te lo/a guardas para ti), por el/la que la sola aparición de cierta voz (ene) en determinado verso (en el caso que nos ocupa, el segundo endecasílabo) de un soneto echa por tierra el mismo. Te daré, de modo escueto, por mor de la brevedad (ya sabes que tengo y tomo a Baltasar Gracián por uno de mis maestros predilectos) el/la mío/a. Mi propósito, al añadir una ene (la que contiene, precisamente, el término ene) nasal más a la cadencia, haciendo más evidente la aliteración mencionada, era hacerle (sensu stricto, hacerte) un guiño al lector (a ti): Si no hubiesen nacido entre ene espinas.
 
   Acepto que la razón aducida por el menda no te persuada ni mucho, ni poco, ni nada (de nada). Pero, como tú mismo (ya me conoces) sostienes, con que a mí me sirva es suficiente. Puede que, si lees la tal ene con nuevos ojos, acabe gustándote, como, por cierto, sucedió recientemente con otra expresión mía que te daba grima o detestabas.
 
   Desconozco con qué intención escribió Quevedo la frase de marras.
 
   El menda la ha tomado no en el sentido recto, sino en el figurado. He visto en el mal juez a un pésimo crítico literario y en los delincuentes a simples plagiadores.
 
   Tú has interpretado el pensamiento de Quevedo (la realidad que veía don Francisco a través de sus quevedos) a través de tu cristal actual, moderno, de color personal. Puede que otros, desde otros cristales (estoy pensando en la llamada Ley Campoamor), tengan una visión distinta a la tuya; y puede que esta sea hasta contraria, pero tan válida como la tuya, quiero decir, complementaria. Y es que, a veces, la verdad es un pastel con tantas porciones como observadores. O, si lo prefieres, la manzana de Ortega y Gasset.
 
   Gracias a ti, amén de amigo, deudo, por otras tantas razones, pero hoy, sobre todo, por leer o mirar cuanto escribo con buenos ojos, indicio o señal irrefutable de nuestra mutua amistad.
 
   A mí me alegra que te alegres y que consideres mi buena nueva una estupenda noticia. Qué verdad irrefutable contiene ese proverbio sueco que dice algo parecido a lo que sigue: Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena.
 
   Te agradezco sobremanera el esfuerzo del soneto. La versión que me mandas (tú mismo lo sabes) es manifiestamente mejorable. Amén de otras, la servidumbre del acento en la sílaba sexta hace que esta composición poliestrófica sea difícil, especial, singular.
 
   Te envío una versión que he hecho del mismo, por si te sirve. Mis sugerencias, una vez las aceptes, si las admites, son de tu propia cosecha.
 
   Te saluda, aprecia y abraza quien te incita a que estudies, cuides con sumo cariño a quien se lo merece y te agradece de nuevo el soneto,
 
Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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