EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXXXV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
No eres el único que, pretendiendo acertar, apoyó a (quiero decir, votó a favor de) otro candidato o partido político distinto. Hoy (intuyo/sospecho), están haciendo eso muchos votantes (ellas y ellos) en Cataluña. Aunque este tiempo es de desolación (también, sí), no faltarán (ignoro si serán muchos o pocos) los que sigan el consejo de san Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales (EE 318): “nunca hacer mudanza”. A la postre, todo quedará en lo que cabe leer en “El gatopardo”, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
En esta oportunidad (ya sabes que a la ocasión la pintan calva), las encuestas (algunas) han acertado en el pronóstico que hicieron: los independentistas han ganado las elecciones autonómicas (no plebiscitarias) al Parlament de Catalunya en escaños, pero no en votos. A ver cómo gestionan los “hunos” y los “hotros” dicho desajuste. ¿Estarán a la altura de las circunstancias? Como soy un receloso (“Hay una salvaguarda natural que todos los sabios llevan consigo, una salvaguarda ventajosa y saludable absolutamente para todo el mundo. ¿Cuál es? El recelo. Llevadlo siempre con vosotros” —aconsejaba, pondera y recomendará, mientras el mundo siga siendo (in)mundo, Demóstenes—) redomado, lo dudo.
Todas las fiestas llegan y todas las fiestas pasan o se van, año tras año.
Que la operación a la que va a someterse pronto tu doña (y la posterior rehabilitación) salga a pedir de boca es mi deseo.
Lo que ha habido hoy es extracción para ver si necesita o no mañana o pasado nuevo aporte sanguíneo.
Acabo de bajar del Hospital san Juan de Dios de estar unas horas a la vera de mi señera y señora madre, Iluminada.
Así es; coincido en el parecer. El mejor predicador es fray Ejemplo (porque una cosa es predicar y otra dar trigo). Y, otrosí, el mejor educador.
Como hombre que es Francisco, nada de lo humano le es ajeno. Y nada más humano que equivocarse, errar o marrar, como tú, yo y el resto de nuestras/os semejantes.
Seguramente, al actuar como lo hizo, ponía en práctica, como aduces, la enseñanza que cabe extraer de la lectura de la parábola de la oveja perdida (ergo, Mateo 18, 10) o, completando o complementando lo trenzado, de lo que uno colige tras pasar la vista por Lucas 19, 11: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”.
Hoy, hace doce años, murió mi progenitor, quien hizo, más de una vez, honor a su nombre, Eusebio (que, en griego, quiere decir piadoso). Cuando acabe de urdirte estas pocas líneas, me acercaré a la iglesia de Lourdes para pagarle la misa al párroco, Ricardo.
Quien muda (además de pelo y piel, en otros muchos aspectos), pero no de las seis palabras, seis, que contiene la despedida de las epístolas que te dirige (te saluda, aprecia, agradece y abraza)
Ángel Sáez García
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