¿POR QUÉ ME HE ENAMORADO HASTA LOS TUÉTANOS?
Hay quienes no entienden por qué me he enamorado hasta los tuétanos de ti, Iris. Si ellas y ellos hubieran sabido leer en tus pupilas y hubieran interpretado, de modo correcto, lo que decían, habrían podido colegir cuanto otrora, durante tres días consecutivos del pasado estío (que ahora recuerdo con fidelidad), me dijeron las susodichas, de miel, a mí, en concreto, los tres párrafos que siguen:
“Como el pintor (ella o él) fijó en su lienzo el tren, el sol, las nubles, las montañas y el humo (reales o inventados), yo, mutatis mutandis, cambiando las herramientas y los materiales, me dedico a verter y detener en el folio en blanco hazañas y patrañas, gestas y gestos épicos o indigestos, coronados por personas honestas o perversas; por si luego las sucesivas generaciones de leones (quiero decir, lectores) consiguen eternizar alguna de las urdiduras o “urdiblandas” que dio, da o dará a luz mi magín. Escribo sobre cuanto encuentro más sólido en mi existencia diaria, porque sé, por propia experiencia, sí, que lo sólido deviene enseguida líquido; y he constatado que hasta lo más excelso que se halla en dicho estado logra disfrazarse en un santiamén de lo efímero y/o fugitivo, pues, como el agua, suele escaparse entre los dedos de mis manos.
“Reconozco que he escrito, escribo y escribiré para huir de esa cárcel que, a veces, es la vida, pero en menos ocasiones que para congelarla y, así, gracias a la excelente memoria, que ejercito de manera regular, poder revisarla, poder volver a verla por segunda, tercera o enésima vez. Confieso que, gracias a mi capacidad para fantasear, he creado mundos paralelos (no para lelos), imaginados, y he narrado hechos verosímiles, pues podían haber acaecido en el “cronotopo”, en la realidad diaria, aunque, en sentido estricto, no lo hicieron, porque allí, en esos mundos ficticios, he podido llevar a cabo o satisfacer, por fin, lo que deseaba y, una vez tras otra, se me denegaba; hasta que me harté e hice un pacto con el arte, aunque ese suceso, lector, pueda dejarte estupefacto, o sea, pasmarte.
“Escribo por distintos motivos; verbigracia, para comprender lo que no entendía o no acababa de entender del todo; o para comprobar si era verdad lo que barruntaba, intuía o sospechaba, que no existe una frontera clara entre vida y literatura, realidad y ficción, vigilia y sueño, emociones, pensamientos y sentimientos y escritura. Como la tinta de la ficción es tan potente que todo lo que toca lo tiñe de su color, olor y sabor, echo mano de su diligente e inteligente tinta, porque ha demostrado que no es tarda ni tonta, pues saca a la luz verdades como puños que, cuando estas te golpean en pleno rostro, te despiertan del estado aletargado en el que insulsa y mediocremente vivías”.
Ahora, cuando me dispongo a culminar este texto, tengo la corazonada de que otras/os muchas/os se han sumado a mi criterio, o sea, también se han enamorado hasta las trancas de ti, Iris, encrucijada de calores y colores, bandera de empatía, simpatía y tolerancia.
Ángel Sáez García