El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Qué infierno es el amor, cuando se esfuma!

¡QUÉ INFIERNO ES EL AMOR, CUANDO SE ESFUMA!

Aunque me tengo por una persona de mente abierta (no faltarán quienes discrepen de mi criterio y me refuten, empero considero que dos adultos, ellas y/o ellos, pueden hacer, dentro y fuera de la alcoba, lo que hayan pactado entre ambos; incluso delinquir; ahora bien, estas/os han de ser conscientes de que deberán correr con las consecuencias punitivas pertinentes, que lleven aparejadas, si se les descubre mientras lo/s cometen o más tarde, tras coronarse o culminarse un juicio justo) y puedo comprender y entiendo que haya relaciones abiertas (a las que otras/os llaman “poliamor”), no veo, de ningún modo, que la bisexualidad y el matrimonio abierto (por ejemplo, al respecto ha trascendido —las noticias que no corren vuelan— que la nueva amigovia o “follamiga” de Brad Pitt está casada con el dueño de un restaurante berlinés dentro de una pareja abierta) se hayan hecho para mí. Puede que la clave de la cuestión estribe o radique en que yo sea posesivo en el amor, que lo soy (pero entiéndaseme, por favor; yo tengo mi perspectiva personal o propio parecer sobre mi amada musa tinerfeña, Iris Gili Gómez, pero no se la/o impongo a nadie, ni siquiera la/o procuro contagiar, persuadiéndosela/o, a los demás, pues dejo que cada quien disponga de su ámbito de libertad como estime oportuno, como lo propio intento hacer yo —que lo logre o no, eso, ya es harina de otro costal—, sin aceptar imposiciones de ningún tipo, por supuesto); lo reconozco sin ambages. Sé de qué pie cojeo.

Hoy en día, se busque más o menos, salvo las consabidas excepciones, quedan por ahí pocos, muy pocos, treintañeros (ellas y/o ellos) que no se la hayan pegado, se la estén pegando o se la vayan a pegar a sus respectivas parejas, aunque haya habido boda (civil y/o religiosa) de por medio.

Lo mío con Iris no entra dentro de lo que actualmente se conoce como “efecto Soria (Ana)”, sea o no soriana la amada; ahora bien, juzgo que agregar una joven a las sábanas de la cama (sin verla como mera mujer objeto, sino como sujeto de devoción y pasiones varias) puede ser para un cincuentón una fuente inagotable de endorfinas y orgasmos.

El amor que siento por Iris es excitante e incondicional, ahora que es lejano e imposible. Si las condiciones susodichas mudaran tanto que se optimizaran al máximo, yo podría protagonizar, velis nolis, un inopinado y desopilante (para el resto, seguramente) ataque de pánico.

Enamorarme de Iris ha sido la caraba, la repanocha; sin duda, lo mejor que me ha pasado durante los dos últimos años. Si dicho enamoramiento no hubiera ocurrido, no hubiera escrito los textos de los que estoy orgulloso de que porten mi firma. Acaso (como se ha impuesto la ausencia de esa duda, me enmiendo; sin acaso) conforme con ellos una novela, “El puzle”.

Solo el amor puede doblarle el brazo a la enfermedad más devastadora y quedar de pie sobre la lona del ring, tras combatir con la que todo lo arrasa, la muerte.

Solo quien ha saboreado las mieles del amor auténtico, que ha triunfado contra viento y marea, es luego capaz de soportar sus hieles, ese infierno sin parangón, cuando se evapora.

¡Qué cielo es el amor que cree y crea! ¡Qué erebo llega a ser, cuando se esfuma!

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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