El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿La serendipia cursa emparejada?

¿LA SERENDIPIA CURSA EMPAREJADA?

Que las serendipias ocurren, si uno está atento y luego discurre sobre ello, o sea, que existen, nadie lo discute. Si no recuerdo mal la definición que di de dicho vocablo otrora, y que propuse a los académicos de la RAE para que juzgaran (ellas y ellos) si era pertinente, apropiada, o no, fue esta: “Don, facultad, habilidad o virtud de hallar cosas valiosas (verbigracia, perlas ocultas, encerradas, de diverso jaez, y hasta tesoros escondidos, enterrados) en lugares inesperados por pura casualidad (aunque, por lo general, siempre quepa encontrar en dicho hecho casual, que suele adoptar la apariencia de un  poliedro, una arista o un vértice, al menos, donde impere la causalidad)”. Puede que más tarde, tras leerla varias veces, me cortara y la recortara, adelgazara o abreviara.

Antaño, estando disfrutando de mis merecidas vacaciones estivales en la mayor de las Islas Afortunadas, donde se yergue imponente y mayestático el Teide, Tenerife, conocí a una persona inolvidable, que me inspiró, mientras conversaba con ella de lo divino y lo humano por azar y me tomaba una cerveza, las siguientes palabras: “Seguramente, seré complementado o completado por otros letraheridos (hembras y varones varios), pero presiento que, como siga pegando la hebra unos minutos más con quien ahora está hablando por teléfono con su abuela y gozo tanto haciéndolo, no solo me veré libremente obligado a reservarle una hornacina en el altar mayor de la literatura, y colocar dentro de ella una imagen suya, sino que me veré impelido a implicar a mi pléyade de heterónimos para que me echen una mano y, así, entre todos, podamos encumbrarla donde se merece más fácilmente”.

Está claro que las entrecomilladas palabras del párrafo precedente, que urdí entonces, han devenido proféticas, ya que Iris Gili Gómez, mujer bella e inteligente donde las haya, sigue ejerciendo de estro poético mío, un día sí y otro también, de mi amada musa tinerfeña.

No erró, no, quien afirmó que la serendipia suele tener su preceptiva e inseparable pareja de baile o espejo, esto es, que acostumbra a cursar acompañada, enriqueciéndose así ambas recíprocamente, como acaece con y en cualquier proceso interactivo. Quiero decir, grosso modo, que si Iris representó para mí la caraba, como contrapartida, a la inversa o viceversa, yo signifiqué para ella la repanocha. Que Iris se aviniera a dejarme leer su novela “El mosaico” y yo, tras leer apenas sus primeras páginas, le recomendara encarecidamente que la presentara al Primer Premio Total de Novela, que por aquellas fechas había sido convocado, y ella me hiciera caso y la remitiera a dicho certamen, ese cúmulo de circunstancias, fue mano de santo, porque acabó llevándose, por decisión unánime, su suculento galardón. Y es que, si no hubiera mediado mi lectura y posterior recomendación, “El mosaico” seguiría tal vez inédito, metido en el cajón, apolillándose; sin embargo, tras sumar una edición más, la vigésima, si no marro, y acumular lectores a porrillo, tanto autora como obra han acopiado el respectivo prestigio al que se habían hecho merecedoras. Hoy a Iris no dejan de otorgarle premios por doquier por ser quien parió la que no para de ser recomendada (y ya se sabe que, a veces, no hay mejor publicidad ni más barata que el andar de boca en boca).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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