El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En el capullo del meollo o bollo

EN EL CAPULLO DEL MEOLLO O BOLLO

La primera vez que fui a la tertulia del casino “La Fuerza”, de Algaso, como oyente (al contrario de lo que acaso cupiera o pudiera colegirse, no me denigra un ápice o pizca de mi dignidad reconocer lo obvio, que sigo acudiendo a ella en la misma calidad de tal; es más, agregaré algo que complementa o completa dicha idea: juzgo que admitir la fetén me honra), el abajo firmante padecía lo que parecía, un manojo de nervios (¡ni que tuviera que opositar de nuevo!, pensé para mis adentros; ¡ni que fuera servidor uno de los ocho contertulios de la susodicha aquel viernes de marras!). Gervasio Arellano fue el compañero del departamento de Lengua y Literatura Española del colegio “Juan de Mairena”, de dicha localidad, donde ambos impartíamos clase, que más me animó, pues me recitó de corrido la lista de bendiciones, me inoculó su suave veneno y acabó de convencerme con el argumento inobjetable de que podría servirme de acicate e inspiración, ya que llevaba unos meses atascado, encallado y callado, a fin de retomar la novela incompleta que tenía entre manos y en barbecho. Mutatis mutandis, poco más o menos, me sentí como Francisco Umbral la noche que cruzó por vez primera el umbral del café Gijón, en 1961.

He echado mano de mi diario del mes de marzo del año 2019, hace dos y  pico, por tanto, y he leído y procedo a transcribir a continuación el escueto apunte que hice en el mismo aquel viernes: “Aunque en la zona de la barra del casino ‘La Fuerza’, diametralmente opuesta al lugar donde está ubicada la mesa redonda, alrededor de la cual acaeció y discurrió la tertulia, algún lugareño alegre levantaba la voz, en torno a aquel mueble de roble (esta tarde eran ocho los tertulianos y justo el doble, dieciséis, éramos los enmudecidos y silenciosos oyentes), solo se escuchaba con atención la voz de quien en ese momento hacía uso de la palabra. Se habló de lo divino y de lo humano, como en cualquier debate de cualquier reunión social”. Al día siguiente escribí unas cuantas líneas más, estas: “Según adujo ayer Juan José (Juantxo) Carceller, en la tertulia del casino ‘La Fuerza’, su esposa (si no recuerdo mal, no pronunció la gracia de pila de la mencionada), a quien le encantan los pormenores (ruego encarecidamente al atento y desocupado lector, sea o se sienta ella o él, de estos renglones torcidos que me perdone esta digresión, pero es que el paréntesis se imponía, sin refutación posible; al parecer, es defensora a ultranza de esta lección de Cervantes, que aprendió leyendo el capítulo XXV de la Segunda Parte su inmortal ‘Don Quijote’, que ‘el que lee mucho y anda mucho ve(e) mucho y sabe mucho’) es una adicta a los detalles; dice que en ellos cabe hallar la verdad pura y dura, porque todos ellos no se pueden manipular y, aquellos que sí, implicaron o supusieron a quienes lo lograron no pocas dificultades. Su trato habitual con los detalles ha propiciado que ella se haya visto impelida o llevada a idear la siguiente tesis, que un profesional entregado a la causa y minucioso, el mejor en lo suyo, suele acarrear, portar o portear consigo esta apodíctica certeza descorazonadora: quien se consagra a su trabajo, sea este el que sea, descuida otras facetas de su vida personal, verbigracia, la sentimental, deviniendo esta, antes o después, de manera indefectible, un desastre”.

   Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.

   Nota bene

   Debo entonar mi mea culpa y reconocer sin ambages mi craso error. En un texto anterior, firmado también por servidor, en concreto, el titulado “Hagas lo que hagas, digas lo que digas”, que vio la luz aquí, en el blog que gestiona el hacedor de mis días, Otramotro, el miércoles 9 de junio del año en curso, olvidé hacer referencia a que la tertulia susodicha dejó de celebrarse, asimismo, durante los meses que duró el confinamiento obligatorio del año pasado, el doble veinte, de marzo a junio.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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