El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Por qué en Algaso hay tanto golfo suelto?

¿POR QUÉ EN ALGASO HAY TANTO GOLFO SUELTO?

UNA INCONCUSA CAUSA DEL ACOSO

Acudir a una sola sesión de los viernes de la tertulia que se celebra en el casino “La Fuerza”, de Algaso, puede que signifique o suponga para algún oyente excepcional (siempre hay un par de sillas libres, vacantes, para los tales, alrededor de la mesa redonda de roble, otro sanctasanctórum, que, si no se ocupan, transcurridos los primeros diez minutos de la tertulia, pueden acomodar sus espaldas sobre sus respaldos personas a quienes dichas sillas de madera no les sean extrañas), algo útil, provechoso y más didáctico o aleccionador que ir un año a la Universidad (pido disculpas al atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, se trate de ella o de él, pero es que, como de casta le viene al galgo el ser rabilargo, soy tan adicto y aficionado, como el hacedor de mis días, a la exageración; sobre todo, si, durante dicho tiempo, el sujeto en cuestión, hembra o varón, un/a haragán/a, no le da un palo al agua).

Siempre recordaré (si el alzhéimer no me juega una mala pasada, claro; no es mi pretensión hacer humor fácil o negro con ello, ni mi propósito reírme y/o zaherir a quienes sufren los rigores de dicha devastadora enfermedad, por supuesto) qué dijo uno de los contertulios habituales, que, por cierto, no tiene ninguna licenciatura (ni falta que le hace), porque es doctor (sin título que lo acredite, de manera fehaciente, exhiba y embellezca la pared de una habitación de la casa) en varios ámbitos o terrenos de la diaria y dura vida: “Más se aprende en un día de mercado que en un año estudiando chino mandarín sin guía”. Otro día formuló la misma idea de esta otra guisa o modo: “Más se aprende durante una tarde en una esquina, estando viva/o, que durante toda la eternidad dentro de la hornacina de un altar, estando muerta/o”.

El mismo tertuliano mentado en el parágrafo precedente, multiemprendedor y pluriempresario, autodidacta, un hombre que se hizo a sí mismo, adujo otra tarde que uno de los culpables indirectos de que en Algaso hubiera tanto golfo suelto la tenía un maestro de escuela, que impartió clases de matemáticas durante más de seis lustros en la localidad. El susodicho docente, originario de Guadalajara, capital, solía otorgar una lasca al alumno que se sabía la lección de la víspera o que salía a la pizarra y conseguía resolver el problema que el maestro había propuesto oralmente y el discente se encargaba de plantear y hallar la solución correcta en el encerado. En el caso contrario u opuesto, se la pedía y quedaba, y, si no la tenía, la apuntaba en la libreta negra, la del “fanede”, acrónimo que alguien, un zumbón, sin duda, formó con las sílabas iniciales de dos adjetivos; fatídico y/o nefasto, y un sustantivo (con viso de verbo), debe.

Quien, al final de curso, le presentaba al docente, a “el Matraco” (nadie supo, salvo muy al principio, su verdadero nombre de pila), cinco o más piedras planas aprobaba, y quien no llegaba a esa cifra límite suspendía, irremediablemente. Los listos, como eran muy listos (bastante más que los de ahora; no hay un solo término con el que podamos hacer una comparación fetén, como Dios manda), vieron ahí un negocio en toda la regla y se pusieron pronto manos a la obra para sacarle el máximo provecho o rendimiento. Los avispados aprendices de matones (he ahí una inconcusa causa del acoso escolar, aunque entonces nadie se refería a él con la actual voz inglesa “bullying”) hicieron su agosto con los enclenques inteligentes. Hubo un empollón hercúleo que vendió varias lascas, cuando finalizaba el mes de mayo, a cien pesetas cada una, una fortuna para los niños de los años setenta. Al bululú o cuentacuentos, que nos abrió los ojos sobre dicho antecedente ominoso, le solían dar sus padres por entonces de paga los domingos y días de guardar fiesta dos duros, diez pesetas (siete ya le costaba la entrada del cine).

   Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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