A LA BURLA SIGUIÓ EL RECOCHINEO
QUE MIS VECINOS AGREGARON GRATIS
En este mundo inmundo, atento y desocupado lector (ya seas o te sientas ella, ya seas o te sientas él), hay quienes se sientan en su sillón preferido y se sienten investidos (por quién, me pregunto retóricamente; por ellos mismos, sin duda, me contesto, pues se consideran, ora en familia o grupo, juntos, ora individualmente, por separado, la autoridad competente en la materia; pero la absoluta, completa y total), como todos los tiranos que en el orbe han sido, son y serán, de un poder omnímodo para hacer y deshacer lo que les venga en gana a su antojo, que incluye, por supuesto, incumplir las mínimas normas de conducta que todos, de consuno, nos hemos dado y estamos obligados a acatar sin rechistar (en el caso que nos ocupa, las ordenanzas municipales) para que nuestra sociedad no se parezca a la jungla, a la selva.
Al lector habitual (hembra y/o varón) de las urdiduras (o “urdiblandas”) de Otramotro ya le consta el innegable aprecio que siento y tengo por la cuadrilla que forman mis vecinos de arriba. La madrugada del día 31 de octubre dicha estima se incrementó por su generalizado comportamiento empático, digno de elogio eviterno y probo.
A la una y veintinueve minutos, exactamente, de la madrugada, tras haberles llamado la atención dos veces, dándose ellos por no enterados, al haber hecho caso omiso de mis gritos y quejas, me vi empujado a tomar la urgente y sabia decisión de no demorar más (ya estaba harto de la aneja fiesta ajena) lo oportuno y llamé, equivocadamente, al 092 (la conversación, se me advirtió, iba a quedar grabada). Me atendió un agente de la Benemérita, que me adujo que el suceso que le planteaba, por ocurrir en Tudela, le correspondía resolverlo a la Policía Municipal. Él mismo hizo la gestión para que me atendiera un miembro de la susodicha, que fue, amablemente, quien se puso en contacto telefónico conmigo para conocer el quid y los pormenores concretos de mi errada llamada a la Guardia Civil. Tras hacerle saber el porqué y sus detalles, transcurridos unos minutos, aparecieron dos de sus compañeros en mi piso, les invité a que recorrieran el pasillo y comprobaran, de manera fehaciente, con sus propios oídos, cómo se escuchaba la música alta y, sobre todo, el zapateo sobre el suelo del piso de arriba, el techo del mío. Subieron a la planta superior, llamaron al timbre y esta vez les abrieron (en otras ocasiones no lo hicieron). Los policías les exhortaron a que dejaran de hacer ruido, ya que se exponían, en el caso de no declinar su actitud, a recibir una propuesta de sanción, por contravenir la ordenanza, esto es, insistir en mostrar su indudable falta de civismo. Bajaron los agentes y les pregunté cómo había ido la cosa. Me comentaron que, si reincidían (que no tardaron en hacerlo un minuto), volviera a llamarles. Lo hice dos veces; a los diez minutos de marcharse los agentes (pitorreándose de ellos y de mí) y a la media hora (ídem).
Pude conciliar el sueño pasadas las dos y media del horario normalizado, o sea, las tres y media si este no hubiera sido mudado.
¿Hasta cuándo van a seguir abusando de mi paciencia, me pregunto, como eso mismo hizo otrora Cicerón en el arranque de una de sus famosas catilinarias?
Como esta situación no se corrija de raíz y pronto, me voy a tener que decantar por lo obvio, priorizar mi salud mental (que está influyendo en la física, y a la inversa o viceversa) por encima de cualquier otra consideración u opción; y, así las cosas, por acudir al juzgado o a la Policía Nacional a denunciar el proceder irrespetuoso, incívico e insolidario de mis vecinos de arriba.
Como, siendo un adolescente, estando estudiando los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, en Navarrete con los religiosos camilos, aprendí la lección inolvidable de que el sueño de los demás es tan sagrado como el mío, no concibo que nadie, solo o en manada, de manera voluntaria, encuentre divertido molestar a otra persona por la razón inútil, vacía de contenido, del porque sí. Está claro, cristalino (y, por ello, me apostaría doble contra sencillo), que mis vecinos no han leído a Ulpiano, ni conocen la traducción de ese latinajo suyo que dice así: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere” (“Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”), porque, en el caso contrario, hubieran actuado en consecuencia, al revés de como lo hicieron.
Ángel Sáez García