El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Mi auténtico e impar ángel de la guarda

MI AUTÉNTICO E IMPAR ÁNGEL DE LA GUARDA

CALABOBOS, ORVALLO O SIRIMIRI

   Como el sábado pasado, 20 de noviembre de 2021, una hora antes de la pactada, poco más o menos, esto es, de las diecinueve horas y cuarenta y cinco minutos, las ocho menos cuarto de la tarde, señalada para juntarnos en la tudelana Plaza de los Fueros o Nueva, caía sobre la capital de la ribera navarra un calabobos, lluvia fina que en otros lugares de España llaman de otra guisa, orvallo o sirimiri, verbigracia, mi amigo Pío Fraguas me llamó por teléfono para comentarme que, dadas las condiciones atmosféricas reinantes, las que había o imperaban en aquellos momentos, no le apetecía mojarse, además de por dentro, por fuera, y que había decidido, de consuno, o común acuerdo con su esposa, Diana, no salir esa tarde sabatina a coronar lo que acostumbran a hacer conmigo, “cervecear” un par y conversar. Así que me propuso, como alternativa, si quería bajar a su casa a tomarlas; que iban a preparar una cena frugal. Le dije que le contestaría a su propuesta pasado un rato, dándole un sí o un no.

   Como, salvo excepciones, que las ha habido, solo confraternizo con ellos y durante un par de horas escasas los sábados (hasta hace unos meses se unía, de manera regular, al trío Pacho, pero últimamente está muy atareado, cuidando de su esposa enferma, postrada en cama), le he llamado para confirmarle (aunque no soy obispo ni he sido especialmente habilitado por este para culminar dicho menester) que me apuntaba, de buena gana, al austero ágape (unos cogollos con olivas verdes y guindillas, sardinas en aceite y embutido), que me esperaran.

   Tras despachar las birras y las viandas, cuando le pregunté la hora a Pío (vi que en su reloj de pulsera eran las nueve y veintidós minutos), ya estaba preparado para marcharme y regresar a casa, pero empezamos a tocar asuntos serios, y como un tema nos llevó a otro, escuché con suma atención dos historias alucinantes, increíbles e inexplicables racionalmente, que le habían acaecido personalmente a quien nos las contó, Diana (primera; en cierta curva de una calzada, donde ella, conduciendo su coche, tuvo una sensación desasosegante cuando pasó, un presentimiento de pésimo presagio, al cabo de unas jornadas, pocas, hubo una refriega a tiros, una balacera, que se saldó con media decena o docena de muertos; segunda; tras llegar Diana al recinto hospitalario donde estaba ingresado uno de sus hijos, que había nacido con problemas cardiacos, se le acercó un médico que iba en silla de ruedas, que se empeñó en convencerla de que a su criatura había que ponerle una vacuna específica para que saliera adelante, a lo que Diana se avino, claro; cuando comentó el hecho con otro doctor de la planta, este le refirió que eso era meramente imposible que hubiera sucedido, porque el doctor que Diana describió había fallecido y había sido enterrado unos días antes de que ingresara a su hijo allí); y yo narré, grosso, modo, qué me había acontecido a mí el día de Navidad de 1978, fecha en la que murió mi hermano y mecenas José Javier. La tarde de la víspera, Nochebuena, yo había estrenado unos zapatos de color granate. Tuvimos un accidente de tráfico, de madrugada, y el coche cayó al canal, y fue dentro del susodicho donde yo perdí uno de los zapatos. ¿Puedes creer, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, que el zapato que perdí lo halló mi padre junto al cadáver de mi hermano y, aun descolorido, lo calcé y llevé puesto normalmente durante algún tiempo? ¿Puedes creer que yo llegué a pensar que mi hermano y yo compartíamos mi cuerpo vivo? ¿No es lógico que a Javi considere mi auténtico e impar ángel de la guarda?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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