El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Los libros que nos hacen libres vibran

LOS LIBROS QUE NOS HACEN LIBRES VIBRAN

   Cabe hallar la mayor parte sobre las dos baldas que instaló mi piadoso padre, Eusebio, en una pared del balcón cerrado del comedor/salón. Unos tapan u ocultan a otros, porque lo prioritario era aprovechar al máximo el espacio. A quien gusta curiosear algunos tienen a bien enseñarle sus respectivos lomos, donde aparecen el título de la obra y su autor (ella o él), salvo que sea anónimo. Un número no desdeñable de ellos yacen dentro de cajas que se amontonan y ocupan el alféizar de la ventana o el suelo. Acaso servidor no vuelva a abrir dichas navetas de plástico transparente nunca más; y tal vez tampoco hagan tal cosa mis deudos y vayan así, tal como están, sin coronar el inexcusable y preceptivo escrutinio, a llenar algunos contenedores de la basura, los de color azul.

   Reconozco que los coloqué allí otrora con el propósito de consultarlos en el futuro, pero ahora con la nunca bien ponderada ni justamente apreciada ayuda de Internet, ese arduo procedimiento o proceso me lo ahorro, porque, dada mi buena memoria, es más ágil y/o resulta menos engorroso dejarle ese trabajo a Google, que se encarga de llevar a cabo con solvencia dicha tarea y suele ser cabal y preciso a la hora de sacarme sin rasguño del atolladero o la duda.

   Aunque luego, haciendo mías las verdades aducidas por otros (hembras y varones), me corregí o enmendé, algunos contienen líneas y aun párrafos subrayados, y escolios que, hoy por hoy, no hubiera hecho y hubiese preferido dejar entonces la tinta malgastada donde hubiera estado mejor que siguiera, en el tintero.

   No obstante, de Pascua a Ramos, a algunos los visito en ese camposanto formado con hojas secas, muertas, que se alegran y, como de bien nacidos es mostrarse agradecidos, expresan su endeudamiento conmigo, al sentirse resucitados (si no en su totalidad, en una pequeña parte) por mis dedos, como eso mismo les ocurre a las notas musicales de un adagio, que una de las novias núbiles que tuve antaño, Cristina, verbigracia, se encarga de espabilar de su luengo y diuturno letargo dentro de algunos de los sueños que tengo y se me repiten, y de hacer presentes y sonoras, al pulsar, ayudada por sus prestos y peritos dedos, con magistral precisión, las oportunas teclas blancas y negras de su piano.

   Asgo esta tarde otoñal “Amor y pedagogía”, de Miguel de Unamuno, y me vienen a la memoria, como el rayo, las líneas que me aprendí de carrerilla el primer día que las leí y subrayé: “—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

   A continuación, me apodero y acaricio las tapas de “La peste”, de Albert Camus, y acudo a la última página del libro, para paladear, una vez más, su inmarcesible párrafo final, que tantas veces he recordado oralmente y por escrito. Y, durante la perdurable pandemia, más; desde “oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad” hasta “y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

   Después hago lo propio con “Rayuela”, de Julio Cortázar, y rememoro algunas líneas del capítulo 68, en el que Cortázar, usando el “glíglico”, su lenguaje sicalíptico personal e intransferible, da cuenta de un original 69: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. (…) Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”.

   Luego…

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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