DOMARÁ EL MUNDO QUIEN SU CASA DOME
No sé si a los demás escritores (ellas y ellos) les ocurre con las ideas que les nacen algo parecido u otro tanto a lo que me sucede a mí con los pensamientos que me surgen. A veces, tengo la sensación refractaria (que no puedo barrer ni borrar, quiero decir, cepillarme o quitarme de encima) de que la idea que me acaba de brotar en la cabeza ha sido debida o motivada por una sola corriente (de agua o de aire inspirador), de dos o de más. A veces, ese pensamiento es claro, diáfano, redondo (esférico); a veces, es un poliedro, con muchas caras o facetas, con plurales aristas y vértices.
Con las ideas claras, diáfanas, esféricas, me suele pasar lo siguiente. En el cacumen o caletre, una vez alumbradas o paridas (siempre que no sean las susodichas unas tales, unas paridas, esto es, meras sandeces), no dan ni suponen las mencionadas ningún problema. Ahora bien, a veces, nada más ponerme a vestirlas con palabras, a describirlas, empiezan a sonar (no sé de dónde) alarmas sin cuento por doquier. Como me veo incapaz de acallarlas todas de una vez, en un pispás o santiamén, procedo a darle solución a la dificultad por partes, silenciando una tras otra, y así solvento la cuestión plural de las alarmas o sirenas, que debo acallar y aclarar. A veces, soluciono una preocupación y me brota otra, de inmediato, que solvento, y me nace otra, al instante, que soluciono, y me surge otra, al momento, hasta que, por fin, no aparece otra. Y entonces es cuando aireo o exclamo, a voz en cuello, la misma interjección que pronunció el matemático griego Arquímedes de Siracusa, ¡eureka! (“¡lo conseguí hallar!), cuando descubrió el famoso principio que lleva su nombre.
Ayer, por ejemplo, me nació la idea de concentrar el cosmos en un microrrelato. Si Jorge Luis Borges lo hizo, lo logró, en esa narración hiperbreve e inolvidable que corona el epílogo de esa miscelánea que es la obra que tituló “El hacedor” (1960), acaso haya otro loco, se llame como se llame, Cide Hamete Benengeli, Ireneo Funes o Pierre Menard, o de otra guisa, que, consiga, con las inestimables ayudas de los tres citados, urdir la Cuarta parte de “Don Quijote” (siempre que consideremos que la Segunda, en sentido estricto, es la de Alonso Fernández de Avellaneda, apócrifa), y, por arte de magia, el abajo firmante de estos renglones torcidos, aprendiz de ruiseñor, trence los pocos párrafos que vengan a cuadrar el círculo, como alcanzó a hacer el ciego genio argentino.
Reconozco, sin ambages, que no he sido nunca buen pintor ni dibujante, pero sí me considero un entusiasta aprendiz de canario o jilguero. Así que me he limitado a gorjear. A ver qué salía. Quienes sean ornitólogos, expertos en los diversos trinos de las aves canoras, entenderán, seguramente, por qué estoy que trino, o sea, enfadado, peor aún, enfangado, porque, en lugar de cantar, coser y remontar el vuelo, lo que he hecho ha sido aterrizar o caer en el fango y cubrirme con él, es decir, deshonrarme (¿por no haber logrado salir airoso de ese aprieto o brete?). Abramos los ojos y veamos; a ver qué vemos.
Si el hombre (hembra o varón) no es lo que piensa (sea esto bueno o malo, sobre los demás o sobre sí mismo), ni es lo que dice (ídem), puesto que nadie objetará que el hombre es lo que hace, los frutos que da, sus obras, puede que las sobras de otros hombres, aquello que desecharon otros artistas, porque no supieron ver el oro, sí, el oro, no el horror, que contenían y tuvieron entre manos (y dejaron escapar), sea aprovechado por otros y estas sean consideradas obras originales, tanto por la crítica más exigente como por el público más sensible.
Ayer quise dibujar el mundo y, sin querer queriendo, como solía decir el Chavo del Ocho, desordené las letras de dicho vocablo, que quedó escrito así, “domun”. El azar me hizo bien, me echó una mano, porque el mundo empieza por mi casa y eso significa, precisamente, “domum” (si le añadimos un pie más a la ene final y esta deviene, tras la sutil suma, una eme), acusativo singular de domus –i (o –us, pues vacila entre la segunda y la cuarta declinación; casa, en latín). Solo quien dome su casa / logrará domar el mundo.
Ángel Sáez García