ROJO Y YO SOMOS DOS GOTAS, DOS, DE AGUA
Hoy había decidido comenzar a redactar una novela sobre la persona a la que le achaco no haber empezado aún a escribir otra, sobre mi cielo en el planeta Tierra, de la que tengo el título definitivo desde hace muchos años, “Originales reglas ortográficas”. Pero, tras ponerme a ello, he recapacitado o reflexionado un buen rato al respecto y he caído en la cuenta (no en la cuneta, como había redactado al principio; puede que la culpa la haya tenido el que gusta hacer de las suyas, el diccionario incorporado al tratamiento de textos del ordenador que uso en la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela) de que, como no estoy seguro del todo del hecho, ya que carezco de las pruebas que concedieran certeza absoluta a lo que, por ahora, solo son meras, aunque renuentes, sospechas, nada más trenzar los dos primeros párrafos de la misma, la he dejado arrumbada y pospuesta, hasta que los datos devengan apodícticos, fidedignos, si es que un día se dignan, por fin, a serlo.
Estando tumbado, decúbito supino, en la cama, mentalmente, he iniciado el relato de los siete largos años, siete, que, si dejamos aparte las vacaciones de Navidad, Semana Santa y estío, compartí, entre y junto a otros colegas coetáneos, con el catalán Josep-Carles Rojo Babia, que nació en Sitges a finales del mes de octubre de 1962; ergo yo era tres meses y medio mayor que él. Conocí a quien en mis diarios llamaba, por entonces, “Pepecar” en el verano de 1974, mientras ambos hacíamos el “cursillo”, una estancia preparatoria, propedéutica, de dos semanas de duración en el colegio de Navarrete (La Rioja). Luego coincidí con él en el mentado seminario menor, que los religiosos camilos regentaban en la citada localidad riojana, durante los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo, y los cuatro siguientes en Zaragoza, los tres del Bachillerato Unificado Polivalente, BUP, que estudiamos en el Colegio “San Valero”, seminario zaragozano, y el Curso de Orientación Universitaria, COU, que seguimos en el Colegio “Enrique de Ossó”, las teresianas.
Así que me he decantado por urdir a propósito de mi cónyuge, Francisca Marifé, que es la persona de la que más sé, después, tal vez, de la que firma estos renglones torcidos abajo, servidor.
Tengo para mí que no ha nacido el congénere ni nacerá el semejante que llegue a soportar a “Chisca” mejor ni tanto como la aguanto yo. Menos mal que soy estéril y ella jamás ha querido tener hijos, porque, si hubiéramos adoptado a uno (ella o él), con toda seguridad, le haría la vida imposible. Yo, después de tantos años a su vera, ya me he acostumbrado a sus repentinos cambios de amor y de humor, que, a ratos, semejan un cáncer, un tumor maligno, y la consigo soportar estoicamente. Por mi parte, no creo que nuestro matrimonio corra peligro de partirse, irse al garete o desintegrarse. Pondría la mano en el fuego o me apostaría mi resto, el que fuera, mucho o poco, a que Marifé nunca me la ha pegado con otro, es decir, no ha tenido un affaire, en definitiva, que no me ha sido infiel, vaya; así que nuestras cabezas no semejarían ni serían por ello como las de los vikingos, si son históricamente ciertos esos cascos provistos de ostensible cornamenta con los que los varones, al menos, aparecen en las películas que se han rodado y versan sobre ellos.
A veces, he llegado a pensar que el mejor deceso que nos podría ocurrir a ambos sería que muriéramos en un vuelo transoceánico, porque considero que, si barrunto que ella no podría volver a casarse con otro santo varón, ídem, yo tampoco podría matrimoniar con otra fémina, a menos que esta fuera su fotocopia, su sosia/s (y es que son muchas las personas en el mundo que creen, a pies juntillas, que todos los seres humanos, todos, sin excepción, tenemos, más alejado o más cercano en el espacio físico, a nuestro gemelo; y hoy estoy en disposición de aseverar que habrá varios excompañeros nuestros de los camilos de otrora, a los que, si alguien les preguntara hoy, en lo concerniente o tocante al caso que nos ocupa, puede que llegaran a sostener, por separado, primero, y, luego, mancomunadamente, si a la individual o particular entrevista le siguiera una imprevista puesta en común, que Josep-Carles Rojo Babia y yo no somos la misma persona ni nuestra personalidad es coincidente, pero nos parecemos como una gota de agua a otra gota de agua; y es que como dejara escrito en latín, en letras de molde, en la comedia que rotuló “Heautontimorumenos”, “El hombre que se castiga a sí mismo”, el dramaturgo romano Publio Terencio Africano, “homo sum, humani nihil a me alienum puto”, o sea, “hombre soy; considero que nada de lo humano me es ajeno”).
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García