El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Qué ha ocurrido en Italia, según Sonia

QUÉ HA OCURRIDO EN ITALIA, SEGÚN SONIA

UNA VEZ ESCRUTADOS LOS SUFRAGIOS

Con otras palabras, parecidas o similares, esto es, a grandes rasgos, cuanto me contó mi apócrifa o fingida (que no apodíctica o fetén) sobrina Sonia, cuando hablé con ella el otro día (no estoy seguro de si fue el lunes o martes pasado) por teléfono.

Tío “Tito”, me dijo, la última vez que vino “Ilu”, tu madre y mi añorada abuela materna, a pasar unos días con nosotros en la Ciudad Eterna (creo que pasó la Navidad del 2019 en nuestra casa), diez meses antes de que falleciera, por culpa de la funesta covid, en octubre del año 2020, el primero de la pandemia, le expliqué qué había decidido hacer cuanto antes, sin tener que procrastinar, de manera innecesaria, una jornada más, cuanto catalogué como urgente, cortar con Giovanni, mi novio de entonces, por un montón de razones de peso; sobre todo, por ser un machista empedernido y un egoísta recalcitrante, de tomo y lomo.

Recuerdo que ella, que me había escuchado en aquella oportunidad, como, asimismo, había hecho en las precedentes, con suma atención, me adujo la misma frase lapidaria que le había oído proferir a mi madre en varias ocasiones, que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Le retruqué lo obvio, cómo podía recomendarme a mí, su nieta predilecta, preferida, que respaldara y siguiera una idea tan descabellada como pesimista; porque mi optimismo vital me impedía abrazar, ni siquiera tomar en consideración o tener en cuenta su acéfalo y ápodo consejo. Otrora defendí y hoy sostengo que tanto la yaya como mi progenitora estaban equivocadas, erradas. Mutatis mutandis, eso mismo explicaría, juzgo hoy, grosso modo, cuanto ha ocurrido en Italia en las recién celebradas elecciones generales, las del pasado 25 de septiembre.

Conjeturo que hoy, en el país de la bota, los votantes (ellas y ellos), que estaban hartos de los gerifaltes (no les falto al usar este vocablo para referirme a los tales, hembras o varones) políticos que les habían tocado en suerte, malos, peores, pésimos, a la hora de depositar la papeleta dentro de la urna (las/os que acudieron a sus respectivos colegios electorales a ejercer su derecho al voto), no pensaban en la historia del primer tercio o de la primera mitad del siglo XX, sino en la contemporánea, me explico, no en qué acaeció en Italia hace siete u ocho décadas, sino en cuanto sucedió hace cinco o diez años, o sea, en actos o hechos recientes, en la gestión de los recursos públicos, en el precio abusivo, desorbitado o exorbitante, de la luz, el gas, el pan… Cuando la crisis económica, política y social se exacerba o agudiza, eso tiene consecuencias indeseadas, porque el orden de prelación muda o muta y los principios y valores democráticos pasan a un segundo o tercer plano.

Al menos, en el país transalpino, abiertas las urnas y escrutados los votos, eso es lo que ha pasado, se quiera ver la realidad de frente o no. Muchos votantes de la izquierda parlamentaria se han quedado en casa, al verse o sentirse abandonados a su suerte, dejados de la mano de un dios (llamo de esa guisa a un intelectual libre, fijo, no eventual, con vocación de servicio, que suministrara argumentos incontrovertibles a raudales), desangelados, y, además, una de dos, o no escuchados o algo peor, silenciados; y han llegado a la conclusión refractaria de que los máximos dirigentes o jerarcas y representantes de esa tendencia ideológica, a los que habían apoyado siempre, por sus actos, por sus frutos, les habían dejado de representar, en la estacada.

Ahora Giorgia Meloni tiene, entre manos, un problemón, sea visto dicho vocablo como aumentativo de problema o el resultado de la fusión o confusión de otros dos, problema con flemón, pero de órdago a la grande, chica, pares y juego, haya jugado alguna vez o no al mus, porque el grueso de cuantas personas le han apoyado con sus votos en los pasados comicios generales quieren soluciones para ayer, no para dentro de tres meses. Ya que ella, Meloni, quien ostentará pronto el poder y encabezará el próximo Gobierno italiano, tendrá que agilizar los trámites para que la ristra o rosario de los cambios prometidos sean un hecho y otro y otro incontrovertible, irrefutable, y mudar, si el cambio, real y verdaderamente, se da, la mala calidad de vida actual por una mejor. Como la sensación generalizada que he advertido en la mayor parte de mis amigos (ellas y ellos) es el “pujante gatopardismo lampedusiano”, o sea, que todo cambie aparentemente, para que nada lo haga, sensu stricto, colijo que no habrá quien mueva el susodicho pensamiento entrecomillado de su pedestal, sobre el que se yergue y, por ende, que este seguirá vigente, reinando, a sus anchas, gravitando sobre Italia.

Hoy la confrontación ideológica (a pesar de que algunos partidos insisten en seguir azuzando la polarización, en que esta sea imperante) ha perdido fuelle, ímpetu; se ha vaciado de contenido o no tiene ni la importancia ni el interés que el electorado solía atribuirle o concederle. ¿La extrema derecha seguirá expandiéndose, por tanto, como hace la mancha de aceite o fuel vertido (voluntaria o involuntariamente) en el piélago, por el viejo continente? O mucho marro o, visto lo visto en Francia, Suecia e Italia en las últimas fechas, me temo que sí.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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