HOY HE LOGRADO COMPLETAR EL PUZLE
RETRATO AQUÍ A ISABEL, TRAS TU RELATO
Ignoro cómo funcionan las cosas y los casos en otras casas, cómo discurre ese proceso en otras mentes. En la mía, cuyo trámite es el que más conozco, lo lógico y normal es que ocurra, poco más o menos, de esta guisa. La mercería donde adquiero las bobinas de hilo del que tiro para ir componiendo, paulatinamente, mis urdiduras (o “urdiblandas”), mis textos (bien en prosa, bien en verso), unas veces la hallo abierta en mi memoria y otras en mis sueños. A veces, me consta, la memoria acude a casa del sueño, empuja su puerta (por lo regular, entreabierta) y le pide a este ayuda, y el sueño siempre se la da de buena gana; a veces, acontece lo opuesto, a la inversa o viceversa. Con los favores he comprobado que acaece tres cuartos de lo mismo que con los amores, que solo con otros tales se pagan.
Recuerdo que en la literatura medieval (donde las distancias entre dos lugares de la Tierra eran las mismas que las actuales, pero a nuestros antepasados de entonces, si les dieran o brindaran la oportunidad de compararlas ahora con las hodiernas, seguramente, les parecerían aquellas más largas, pues los medios de locomoción de antaño eran infinitamente más lentos) se estilaba hablar de lo que estaba en vigor, del “amor de oídas”, o sea, de que una persona (hembra o varón) se podía enamorar de otra sin verla, solo por el cúmulo o la suma de las referencias que daba un familiar o un amigo, o un viajero hacía de los encantos o las prendas recientes, facultades o virtudes, que le atribuía a la susodicha, desconocida o no para la primera (aunque hubieran trascurrido años, desde la última vez que la vio), claro. Doy fe de que en la actualidad eso también sucede, porque me ha pasado, lo reconozco sin ambages ni ir más lejos, a mí. Si le parece extraño o no me cree, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) de estos renglones torcidos, le propongo un ejemplo, que, a modo de juego, escuche con suma atención a un/a amigo/a o deudo hablar de la vida y hazañas o milagros de otra persona. Si al relato no le falta el ingrediente imprescindible de la admiración por sus gestas, por sus gestos, puede que usted, si está soltero y sin compromiso, como es mi caso, se enamore del retratado (ella o él, aunque esté casado).
Hoy, por fin, he conseguido completar uno de los numerosos puzles a los que había dado cobijo en mi mente y andaban incompletos. Ahora entiendo y hasta sé la razón por la que he recordado lo que permanecía guardado en la quinta circunvolución de mi cerebro, cómo siendo ella una cría y yo un adolescente, la vi miccionar u orinar dos veces, sin sentir ella ningún pudor, en medio de la calle y se divertía haciendo un río. Y es que el hilo del que tiro, en ciertas ocasiones, adopta la forma o el disfraz de río. Y no me he reído ni antes, ni durante, ni después de haberlo escrito (ahora bien, ¿habré sido creído por quien me ha leído?).
Asimismo, ahora comprendo en toda su extensión e intensidad que las alhajas, que son sus calidades, y las joyas, que son otras de sus cualidades, que le fue sumando al retrato de ella quien le hacía su prosopografía y etopeya (sin saber, tal vez, que las andaba o estaba coronando) han favorecido que yo haya soñado dos (si tenemos en cuenta que en una de esas dos ocasiones me desperté, fui al baño, me dormí y volví a soñar con ella, acaso deba computar dos y no una, como hasta ayer, por ejemplo, solía) o tres veces con Isabel, que ese es el nombre que he elegido para ella y quizá coincida o sea el que obre en sus partidas de nacimiento y bautismo.
Está claro, cristalino, que Iris ha sido una fémina fundamental en mis tres últimos años de vida (si no lo hubiera sido, ¿le habría escrito y dedicado tantos textos?; la respuesta es evidente: no), pero como, al parecer (no/sí, táchese lo que no proceda, le ha llegado el perecer), que no tenemos un futuro juntos y que yo necesito estar enamorado de verdad para poder trenzar los escritos amorosos que tanto me petan y, así, poder jugar libre y literariamente con todo ello a mi antojo, acaso haya hallado en la persona de Isabel a mi nueva musa literaria (ora real, ora falsa, fingida, onírica).
Ángel Sáez García