TODO ESTO ME HA SOPLADO UNA PALOMA
Desconozco si es la misma u otra, pero no que el hombre, en genérico, no es el único animal del orbe que demuestra sin tapujos, bien, a las claras, cuáles son sus costumbres arraigadas, porque, un día sí y otro también, a eso de las cinco de la tarde, diez minutos antes o después, cuando me entra la gazuza, y tras despachar la merienda, una o dos piezas o tajadas de fruta de temporada, a fin de atenuarla o mitigarla, me da por asomarme al balcón del salón de mi piso (en puridad, no es mío, sino de los cinco hermanos que aún andamos dando guerra sobre la faz del planeta azul, la Tierra, pero yo soy, mientras viva y permanezca soltero, que ya celebré nupcias con la literatura, pero es matrimonio a yuras, clandestino, su usufructuario), sito en el barrio tudelano de Lourdes, suelo ver, indefectiblemente, posada sobre el extremo derecho o soporte de un tendedero carente de cuerdas, en desuso (porque en él su actual dueña ¿qué podría tender? ¡nada!), a una paloma (que no es mensajera, sensu stricto, o sí, ya que, aunque no entienda qué me desea comunicar con sus arrullos, es innegable que zurea).
A veces, cuando he terminado de escribir un párrafo largo, con bastantes apartes y, como corolario, con diferentes paréntesis o rayas, con muchas digresiones, en prosa, o un poema de arte menor (décima, undécima o duodécima) o de arte mayor (un soneto con o sin estrambote), sobre todo, me entran unas ganas irrefrenables de despejar la mente, y acostumbro a ir al salón, donde, ora enciendo la tele y veo, tras hacer un zapeo raudo, qué ponen en los cuarenta y tantos canales libres a esa hora, ora me asomo al balcón de marras y, desde dicha perspectiva o prisma, oteo qué acaece en los dos tramos de las dos calles que controlo, Escarcha y Avenida de Santa Ana, supervisando qué miran otros mirones (ellas, ellos o no binarios).
Uno, desde el punto de vista susodicho, puede ver de todo: cómo limpia (con el mismo buen aire o parecido garbo al que usaba mi madre, Iluminada) los cristales de las ventanas de su vivienda una fémina magrebí con más ropaje del necesario, durante el mediodía de una calurosa jornada de estío; cómo oran un creyente musulmán en el piso de abajo y una practicante de la misma religión en el de arriba, con una idéntica fe inquebrantable, que ya no advierto en el grueso de los católicos y menos aún en mí; cómo tiende una docena de medianas toallas blancas quien parece (eso colijo, al menos) que se dedica a realizar labores propias de peluquera; cómo friega los cacharros en la pila de la cocina de su piso alquilado una nínfula y, cuando acaba dicha tarea, a renglón seguido, cómo deja, ayudada por un cubo (que contiene agua, detergente y lejía) y un mocho, como los chorros del oro, el suelo de la mentada pieza de la casa; cómo vuelan los murciélagos, nada más acallarse las voces de los clientes de la terraza del bar, cuyo nombre, “El quinto pino”, por su cercanía, acarrea una clara contradicción, pues obra o tiene su sede abajo, cuando la responsable echa el cierre a la puerta del citado establecimiento de hostelería; cómo se zampa el camión de la basura, en tres bocados, cual glotón empedernido, vicioso pecador de gula, la que hasta ese preciso momento amparaba o cobijaba el contenedor que acaba de ser volteado; cómo…
Todo esto es lo que, en un sueño, mientras dormía la siesta, estando servidor descansando en los mullidos brazos de Hipnos, ha tenido a bien soplarme el Espíritu Santo, que tiene la inveterada costumbre de escoger el disfraz de paloma (mensajera, sí, cual ángel o arcángel) para infundir su ciencia y difundir sus conocimientos.
Ángel Sáez García