NO ES ORO TODO LO QUE RESPLANDECE
Está claro, cristalino, que, para los “binaristas”, a los que algunos preferimos llamar dualistas duelistas, todo es bello o feo, blanco o negro, bueno o malo, listo o tonto, raudo o tardo, rojo o azul,…; pero la vida nos viene demostrando un día sí y otro también que, entre el blanco y el negro, cabe hallar una inmensa gama de grises; que, entre el sabio y el ignorante, hay una amplia gradación, y uno puede estar en diferentes momentos de su existencia en distintas posiciones de esa escala; y aun en el mismo instante, dependiendo de los variados ámbitos del conocimiento que se consideren, en distintos peldaños de esas múltiples escaleras.
No es oro todo lo que reluce. El oropel, como se sabe, es una fina lámina de latón que imita el oro, pero no logra emularlo, pues ni lo iguala ni, menos aún, lo excede. Imaginemos dos montones. En la base de uno aparece un cartel con la palabra ORO, escrita así, en letras versales, y en la base del otro la palabra OROPEL, ídem. Tengo para mí que cada persona sensata que estudie a conciencia las dos pilas hechas por quien sea, poco importa quién, en el caso de que pudiera cambiar pensamientos, obras o autores de montón lo coronaría, resultando, seguramente, tantas dobles pilas como personas inteligentes hubieran razonado con argumentos brillantes, de peso, sus pareceres.
El hombre (hembra, varón o no binario) circunspecto, que cree haberse cepillado todos los hilos y pelos incómodos, que se adhieren como lapas a la tela y reciben el nombre de prejuicios, del traje intelectual que va a ponerse para lucirlo en sociedad durante la conferencia que va a impartir dentro de un par de horas, suele ser rehén (el síndrome de Estocolmo es un hecho probado y comprobado, incontrovertible) de algún adagio inmarchitable de filósofo finado. El abajo firmante, servidor, verbigracia, reconoce que lo es de un axioma de José Ortega y Gasset, este: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. De cómo sean y ponderemos o valoremos las circunstancias que nos rodean será nuestro criterio u opinión sobre las tales. Si conseguimos dominar su influencia en nuestra conducta y no ser dominados por ellas, acaso colijamos lo que conviene certificar, que sigue vigente el corolario orteguiano de que salvándolas nos salvamos.
“Como fuera de casa no se está en ninguna parte” dicen que adujo en cierta ocasión (poco importa que esta, a la postre, resulte incierta) Antonio Gamero, actor que interpretó el papel de feriante en la desternillante y genial “Amanece, que no es poco”, que escribió y dirigió José Luis Cuerda en 1989. Al parecer, vino a abundar o coincidir con él, hace apenas unos meses, un preso (en realidad, suelto), al que, tras serle concedido un permiso especial para poder irse a su casa y pasar allí el tiempo que durara el confinamiento (y en esto no miento, atento y desocupado lector, sea ella o él; itero, no miento), decidió adelantar su reingreso en prisión, debido a las constantes peloteras que mantenía en el domicilio conyugal con su esposa.
Lo que entendemos por vida, cualquier existencia humana, es una realidad compleja; no es un único mosaico, sino muchos, y conformados estos por numerosísimas teselas, que requieren estudios concienzudos para ser comprendidos y no se pueden explicar fácilmente, con pocas palabras y en un pispás.
Ahora bien, puede que tenga razón, porque sea cierto, sin refutación posible, aquello que dejó escrito en letras de molde Blaise Pascal: “Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”, redactando, cabría agregar, estos renglones torcidos.
Ángel Sáez García