RESULTA EL GOCE COMPARTIDO DOBLE
LA PENA COMPARTIDA ES LA MITAD
El otro día leí en un diario de tirada nacional que, según coinciden en referir quienes lo leen asiduamente, es progresista (reconozco que, de un tiempo a esta parte, cada día me resulta más difícil entender qué quieren decir con el adjetivo calificativo de marras, porque he constatado que en ese rebaño se mezclan ovejas churras con merinas y la suma de dichos animales gregarios siempre da churras, nunca sale merinas; y yo, a pesar del mucho esfuerzo realizado, no he logrado desentrañar ese galimatías), un titular en el que se aseveraba que la compañía alarga la vida. Y no solo la tal (me he atrevido a agregar cuanto alguien, tal vez, considere una boutade), también la novela. La compañía de Sancho Panza a don Quijote los hizo inmortales a ambos. Quien haya leído, eso sí, de cabo a rabo, las dos partes de “El Quijote” cervantino, sabe de qué trenzo y se habrá cerciorado ya de ello.
Tengo para mí que dicho rótulo y el grueso de la noticia de la historia que le seguía la estela era verdad, una fetén tamaña, pero como una catedral de grande. Ahora bien, a esa certeza llegué o esa constatación me surgió, tras escrutar mi propia experiencia, madre y maestra de la ciencia, si has asimilado sus lecciones y has sacado el máximo y preceptivo provecho a los errores cometidos, lo precipuo o principal, el bicéfalo principio. ¿Qué he experimentado yo, por ejemplo, al respecto? Pues que necesito la doble Ese (o el dúo de las Eses), la soledad y el silencio, para concentrarme y así poder leer y escribir, de manera diligente e inteligente. Al mismo tiempo, he desarrollado la capacidad (que me despertaron o espabilaron al alimón, otrora, en mi cielo en el planeta azul, en el seminario menor de Navarrete, La Rioja, mis inmejorables educadores y motivadores, los religiosos camilos, y mis avispados émulos, coetáneos o no, mayores y menores) de imaginar y fantasear personajes literarios, que me hacen una compañía crucial, ya que esta facilita o propicia que mi peregrinaje por este valle de lágrimas sea más llevadero, con más anécdotas o peripecias celestiales que infernales.
La vida es compleja y poliédrica, sin duda, pero puede concentrarse (hay personas dotadas de esa capacidad o virtud reduccionista, como, mutatis mutandis, eso hacían los jíbaros con las cabezas de sus víctimas) o comprimirse en unas cuantas píldoras o asertos imbatibles, irrefutables, apodícticos.
Y, como en el convento sigue sin haber un maestro que supere en saber teórico y práctico a fray Ejemplo, pondré uno, clarificador, que es el que él, precisamente, me brindó, cuando acudí al cenobio y le solicité audiencia y me la concedió. El susodicho da cuenta de cuanto he sostenido en esta urdidura o “urdiblanda”, según sea el criterio que tenga y aduzca al respecto el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos.
He aquí la panacea que entraña el imperecedero e incontrovertible adagio sueco: una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena.
Nota bene
Ahora bien, como me reconozco discípulo de fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, y abundo con él en el parecer que dejó escrito al inicio del párrafo 35 del discurso décimo tercero del tomo VII de su “Teatro Crítico Universal”, me nace seguirle el rastro y urdir, como hace él, “así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada, lo que me dictaren la experiencia y la razón”. Y, a renglón seguido, me brota señalar que el mentado adagio sueco no con todo sentimiento negativo cursa de igual modo, sino al contrario, al revés. Y es que me acabo de juntar con otros indignados con cierto comportamiento de determinado gerifalte, y como este ha faltado tanto a nuestras respectivas inteligencias, en lugar de dividir por la mitad nuestro cabreo, lo ha incrementado, elevándolo a la enésima potencia.
Ángel Sáez García