El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Veo arrumbada el arpa y silenciosa

VEO ARRUMBADA EL ARPA Y SILENCIOSA

Al atento, desocupado y habitual lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro le consta, de manera fidedigna, que me encanta leer y sacar el máximo provecho a la idea o ideas más enjundiosas que acarrea y hallo en cada uno de los PALOS DE CIEGO (cuánta ironía acapara, aguanta y destila ese sintagma nominal que escogió como escudo, marbete y/o paraguas para sus colaboraciones dominicales en EL PAÍS SEMANAL) de Javier Cercas. Una de las últimas, la que tituló así, “Ni puñetero caso”, y apareció publicada en la página 6 del número 2.457 del suplemento arriba mencionado, correspondiente al domingo 29 de octubre de 2023, comenzaba de esta guisa: “Una tragedia es una pelea en la que los dos que se pelean llevan razón”. ¿Acaso no es una verdad inobjetable, irrefutable, como un templo?

Mi novia actual, Mayte, ejerció durante décadas, muchos años de su vida, de trasunto de Anna Fierling, Madre Coraje (la protagonista de la celebérrima pieza teatral del dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht). Por las razones que fueran (cuando me ha escrito sobre el caso, las ha callado, y a mí no me ha dado por indagar en ellas y preguntárselas; si lo hubiera hecho, acaso las hubiera seguido silenciando), decidió, primero, separarse y, luego, divorciarse de su marido y padre de los seis hijos de ambos, que solo pasaba las pensiones alimenticias pactadas bajo resolución judicial, hasta que hizo mutis por el foro y dejó de hacerlo, pues nada más se supo, ni bueno ni malo, de él. A la media docena de hijos mentada, con denuedo, con mucho esfuerzo, la sacó adelante y les dio la oportunidad de cursar sendas carreras universitarias, que sus seis avispados retoños aprovecharon. Cumplió con creces, si no a la perfección, casi, el papel de Madre Coraje que le había asignado o reservado para ella el director, el azar, en la representación existencial que le tocó interpretar.

Ciertamente, salvo las lógicas excepciones, que vienen a confirmar la regla, una madre no deja nunca de ser una madre, de fungir (no de fingir, cerciórese, por favor, de que ha leído bien, lo correcto) de tal, de estar para lo que haga falta, para arrimar el hombro en todo momento y lugar. Así que me nace preguntarle a usted, atento y desocupado lector (ya sabe, ella, él o no binario), ¿no se ha ganado a pulso Mayte disfrutar de sus últimos años de vida de la manera que ella elija, libando, cual abeja, si es preciso, el néctar de esta, esa o aquella flor, sin estar pendiente de seguir siendo, un día sí y otro también, la que tira del carro familiar, la servicial abuela, dispuesta para todo, sin excepción?

Cuando una abuela deja de tener vida propia, porque debe satisfacer, velis nolis, las necesidades perentorias de uno, dos, tres o más hijos, parece más que una yaya, una mucama a la que no se le pagan sus servicios. Si los oficios que ejercen sus hijas/os y las respectivas parejas de estas/os, sus yernos/nueras, les permiten contratar personal adecuado para que cuiden de sus correspondientes proles, ¿no se comportan de manera rácana, tacaña, con su madre?

A mí, la abuela de la que escribo, Mayte, mi novia (¿por cuánto más tiempo?), me ha dicho y escrito que hace estas tareas con sumo gusto y porque quiere. Y yo no lo pongo en tela de juicio; ahora bien, ¿no le ha llegado ya la hora de gozar un poco de los escasos años que le quedan de vida autónoma, antes de que sus hijos, cuando ya no sirva para sus intereses, mancomunadamente, la dejen arrumbada en una residencia de ancianos, hasta que, con el rostro arrugado y la mirada perdida tal vez, las auxiliares la saquen al jardín para que le dé el cencio o cierzo en la cara y escuche a un mirlo trinar y le vuelva a dar la tos, que, al final, devendrá en una pulmonía y, seguramente, así acabará los días de su vida, como la de un ave canora que hace mucho que dejó de gorjear?

Me da rabia, de veras, no poder disfrutar de la compañía de una persona a la que, entre unos y otros, incluida ella misma, han cosificado, como si se tratara del arpa, silenciosa y cubierta de polvo, de la Rima VII, de Gustavo Adolfo Bécquer, pero sin un ápice o pizca de esperanza.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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