ABOGO POR DECIR ALGO, AUN DUDANDO,
A CALLAR, POR EL MIEDO A ESTAR ERRADO
Eso es, poco más o menos, lo que vino a decir y dejar escrito en letras de molde Richard P. Feynman, cuando afirmó que “es mejor decir algo y no estar seguro que no decir nada en absoluto”.
No tengo ninguna certeza al respecto, pero yo diría que no he sido el único vecino residente en la muy noble y muy leal ciudad de Algaso que ha acudido con cierta frecuencia (yo, por ejemplo, que empecé haciéndolo de manera quincenal, con el lento o raudo paso del tiempo —esa visión depende del prisma de cada quien—, esta devino en visita semanal) al convento, a departir amigablemente con fray Ejemplo. Así que me apostaría, de buena gana, doble contra sencillo, a que a quienes lo frecuentaron con asiduidad, como hice yo, les adujo tres cuartos de lo mismo que le escuché aseverar varias veces; verbigracia, este pensamiento machacón suyo, que al genio solo lo reconoce otro, pero no necesariamente en el mismo ámbito o terreno del saber, en el mismo arte. Y quien dice genio dice sabio, o probo, sí, íntegro.
Bueno, pues, mutatis mutandis, hoy me apetece un montón alegar idéntica idea, cambiando los vocablos susodichos arriba por el de zumbón. Por tanto (no por tonto), hoy empuño el BIC del color ordinario o usual para dejar escrito, azul sobre blanco, lo que considero la fetén, que solo un guasón, como la copa de un pino, consigue interpretar correcta y globalmente, la bufonada (que es palabra extraña, rara, pues viene a negar cuanto afirma, que es un dicho o hecho propio de bufón, y, al mismo tiempo, nada referido a él) de otro guasón de marca mayor.
Y, si acabo de dejar sentado y sentenciado cuanto precede, se debe a que ayer, en casa de “los Manolos” (que son mi prima Manuela, “Manoli”, Mayor, y su esposo Jesús Manuel Bea), hice el comentario de que el jueves 14 de los corrientes mes y año me llamó por teléfono mi hermano Eusebio, “Use”, para preguntarme cómo estaba (el sábado anterior lo presioné, de algún modo, al espetarle que me llama poco y, casi siempre, tras haberlo hecho yo previamente; y él, al estar ocupado, quedar en ponerse en contacto conmigo más tarde, lo que cumple) y para decirme que tenía un jersey granate, el que llevo puesto ahora mismo, que estrené el sábado pasado, precisamente.
Jesús Manuel Bea es otro zumbón redomado. Quien lo conoce, desde hace tiempo, sabe de qué pie cojea (aun sin andar cojo) y corroborará o ratificará mi dictamen sin atreverse a objetarlo. Aunque lleva varios días resfriado, con un trancazo morrocotudo, nada más escuchar mi comentario, le faltó (está echando el mal pelo y, por ende, recobrando la salud, y con ella el humor, que le es característico) tiempo para proferir su gansada, su salida de pie de banco, su boutade. ¿Que qué dijo? Pues que el jersey mentado que ahora visto se lo tuvieron que quitar a un difunto (su humor puede llegar a ser atrabiliario, negro nigérrimo, sí), porque este le daba, ora dentera, ora repelús; que le rascaba la piel del cuello, vaya. Así que tuvo que resucitar y hacérselo saber (dándole un susto de muerte, que, al final, no cursó con la esperada tal) a la persona que lo amortajaba. Y Jesús Manuel se quedó tan campante o pancho, tras salir por las mencionadas peteneras. Y yo me reí a mandíbula batiente, por supuesto. ¿Acaso se podía hacer otra cosa que reír a carcajada tendida? ¿A que no? Y es que hay quien nace con estrella y quien nace estrellado; eso, al menos, le dijo un huevo a otro de su misma especie. Este último le retrucó al primero que no, que con estrella no, que con puntilla sí, porque todo huevo que se eche en sartén con aceite humeante termina, velis nolis, estrellado, frito.
Ángel Sáez García