¡QUÉ GOCE DA REÍRSE DE UNO MISMO!
(LO SABE QUIEN DIO SORBOS A ESE CÓCTEL)
Auguro que nadie (entre mis congéneres, sí, y que tengan dos dedos de frente) pondrá en tela de juicio ese aserto que dice que el ser humano es, amén de un montón de cosas más, un ente falible. Si acudimos al Diccionario de la lengua española, DLE, esto es lo que leemos en su definición: “1. adj. Que puede engañarse o engañar. 2. adj. Que puede faltar o fallar”. Servidor tomó conciencia de ese irrefutable hecho, in illo tempore, durante su estancia en el seminario menor navarretano, donde nuestro profesor de latín, Daniel Puerto, nos lo enseñó con este latinajo: Errare humanum est (luego, por nuestra cuenta, lo complementamos o completamos: sed perseverare diabolicum; o sea, errar es humano, pero obstinarse en el yerro es diabólico).
Las causas por las que uno mete la pata hasta el mismo corvejón son plurales, variopintas. Si tienen a mano la versión en papel del prestigioso diario EL PAÍS correspondiente al sábado 30 de diciembre de 2023, les propongo a todos los atentos y desocupados lectores (ellas, ellos o no binarios) de esta urdidura o “urdiblanda” que acudan a la página 9 de dicho ejemplar. En la noticia de la izquierda, leerán (quienes ya la leyeron releerán) el siguiente titular: “Maine se suma a Colorado y prohíbe a Trump presentarse a las elecciones”. Debajo, podrán leer (en su caso, releer) otro, en letra más menuda, este: “El Estado es el segundo que acuerda no permitir al republicano participar en las primarias presidenciales”. Y, encabezando la columna central, de las tres que ocupa la crónica que firma Iker Seisdedos, en caracteres intermedios, otro titular: “La decisión se basa en la 12ª enmienda de la Constitución de Estados Unidos”.
Si uno hace el esfuerzo de pasar su vista por la crónica, comprendiendo, de cabo a rabo, cuanto lee, advertirá que hasta cuatro veces se hace referencia en ella a la decimocuarta, 14ª, enmienda. ¿Por qué aparece entonces en el tercer titular mentado 12ª enmienda? Seguramente, por las doce uvas del día siguiente. Tenía en la cabeza la persona que puso el titular que no podía olvidarse de comprar las susodichas para ese momento crucial, y ese dato preciso fue el que le llevó, conjeturo, de manera sospechosa, al error. O, en su defecto, quizá, brindaré otra alternativa plausible o posible opción, porque en la página 6 de ese número, el 16.958, se fijó en el pie de foto de la instantánea menor, donde se ve a la “familia europea en el Patio de los Leones, en Granada, el 5 de octubre”, donde, alrededor de su fuente, solo cabe ver 8 de los 12 que la rodean (¿rememorando o representando las doce tribus de Israel?). Confío, deseo y espero que se acepte la chufla o zumba y nadie se moleste conmigo por la burla que contiene esa menudencia o nimiedad (llamada de esa guisa, según “Metomentodo”, porque “ni miedo da”, una mera concentración o contracción de dicha expresión; ríanse o, al menos, esbocen una sonrisa, que me hará y meará, pues puede que mee sí, también, ilusión).
Iker Seisdedos (por cierto, tuve un compañero de trabajo que los tenía, media docena, sí, en su diestra, y no tuvo que hacerse el test de paternidad para probar, de manera fehaciente, que el hijo que había parido su esposa era suyo, porque dicho retoño, siguiendo las leyes de la genética, nació también con el sexto dedo en su mano derecha), en la crónica del 30, concretamente, al inicio del quinto párrafo, escribió que “la 14ª enmienda se aprobó en 1868, tres años después del final de la guerra civil estadounidense”. Bueno, pues, si nos llevamos a los ojos el periódico de papel del día siguiente, el del último domingo del año, festividad de San Silvestre (y, ciertamente, más de uno se comportó de manera asilvestrada) y lee la opinión de Fernando Vallespín, titulada “¿Es mejor o peor que sea candidato?”, en las páginas 4 y 5, comprobará que para el susodicho autor “—la enmienda 14 es de 1866—“. Y aquí servidor adujo lo obvio: uno de los dos hacedores mentados se equivoca. ¿Cuál? Si investigan, como acaba de hacer este menda, constatarán que no, sensu stricto, porque uno se refiere al año en que dicha enmienda se presentó o propuso, el 13 de junio de 1866, y el otro al año en que la tal se aprobó, el 9 de julio de 1868.
Nota bene
En la página 16 del número 2.466 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 31, en el reportaje que firma Juan Navarro, titulado “HAY UN CURA QUE LO HACE TODO EN ESPAÑA”, se lee: “Se resigna en la cafetería porque en un programa de la tele hablan de poseídos por el demonio”. Me temo que Teófilo (Teo) Nieto no se resignó, sino que se persignó (o sea, hizo la señal de la cruz con la mano).
Y, siguiendo el curso de ese río hilarante (o, en su defecto, de esa paremia, que aparece en “El Quijote“, de Cervantes, y dice que “en todas casas/partes cuecen habas; y en la mía a calderadas”), como esperado colofón, para que el cachondeo o pitorreo sea generalizado y tenga su ápice de fundamento, añadiré que servidor, un criticón de marca mayor, que tampoco se libra de marrar, el otro día escribió la expresión “a tutiplén” así “a tituplén”, y se quedó tan campante, tras pasar su vista tres veces, tres, por el error sin advertirlo y sin inmutarse. Mi dilecto amigo Jesús Manuel Pérez Sáez me lo señaló y lo corregí al instante. Ergo, gracias, de nuevo, lince cornagués.
Ángel Sáez García