El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Vuelve a estar Otramotro sin pareja

VUELVE A ESTAR OTRAMOTRO SIN PAREJA

Para público (con ele, que no púbico, como había escrito al principio; en qué estaría pensado servidor) y notorio conocimiento de los lectores (ellas, ellos o no binarios) asiduos o esporádicos de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro, me veo en la obligada tesitura de informarles de que este menda, el abajo firmante de los renglones torcidos que siguen, vuelve a estar sin pareja, porque Mayte ha dejado de ser su actual novia y amada musa (mientras viva, le estaré eviternamente agradecido por haberlo sido), pues ha devenido en simple amiga, a secas, sin derecho (nunca lo tuvo) a roce y menos aún a goce libidinoso.

A Mayte no le cuadraba que servidor se hubiera enamorado de ella, básicamente, de oídas (y, más tarde, de leídas, intentando interpretar sus correos), o sea, tan solo escuchándole hablar (ignoraba entonces ella cuántas personas, en este y en otros muchos países del orbe, independientemente de su sexo, se habían enamorado, hasta los tuétanos, sí, o las trancas, de locutoras/es de radio, verbigracia). En uno de los últimos correos que le remití, contestando a otro suyo, le decía que yo me había enamorado de Carlota, estando estudiando tercer curso de carrera, cuando compartía piso con Figueras, Jesús Miguel, Javier y Luis de Pablo en un primero de la zaragozana calle de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (iba a agregar, a renglón seguido, que la Virgen me dejó desamparado, pero no, al contrario, para que me iniciara en las prácticas amatorias, propició que quien era virgen, ella, se estrenara con otro tal; y, ciertamente, en medio de este paréntesis, a modo de digresión, excurso o inciso, acaba de hacer tal cosa), dándole a la mui por las noches, de ventana a ventana, esto es, pelando la pava, mientras ella fumaba un cigarrillo en la de su cuarto y miraba, de cuando en cuando, el cielo estrellado, y yo me tomaba un café con leche y les echaba de comer algo a los gatos del descampado (les encantaba el chorizo casero, por ejemplo, pues lo devoraban entre dos mininos en un santiamén) y, seguramente, además de identificando astros, fumándose un pitillo en la ventana de la cocina. Como le contesté a Mayte, desde una computadora de la biblioteca, mientras había dejado un texto en prosa a medias, o sea, mientras pasaba lo que había escrito a bolígrafo la tarde anterior en casa, no le di más pormenores, pero como ahora puedo extenderme, le brindaré más detalles al lector de estas líneas.

A pesar de que ambos éramos unos pipiolos en el flirteo, lo debíamos hacer bien y hasta más que bien, porque, en el tercero del mismo bloque en el que yo compartía piso, otros estudiantes de otras carreras universitarias, ingenieras/os, en un piso mixto, dos féminas y dos varones, que no eran novios entre sí, eso es lo que manifestaron, se aficionaron a escuchar cómo cortejábamos o festejábamos por las noches. Un día Carlota les pilló infraganti y estos se disculparon. Nos intentaron halagar comentando que tomaban apuntes, pero nos cortaron el rollo. Ni Carlota ni yo nos creímos la añagaza o patraña que adujo, y nos intentó colar como fetén, una oyente de que nuestra experiencia les parecía novelable. Hoy, sin embargo, no considero que esa idea sea tan descabellada como me pareció otrora. Y es que nuestra interacción era erótica, sin tener que echar mano de vocablos procaces ni soeces, como sí lo fueron muchos de los que en los dos últimos años de carrera aprendí.

Como me consta (así me lo manifestó, al menos) que Mayte no había leído “El Quijote”, cervantino, me apresto a incluir, enseguida, las razones que le adujo don Quijote a su escudero Sancho, bien avanzado el capítulo XXV de la primera parte, cuando decide mandarlo al Toboso con una carta para su Dulcinea, que no es otra que Aldonza Lorenzo:

—(…); mas para que veas cuán necio eres tú y cuán discreto soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y sobre todo desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcanzólo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: «Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: Este quiero, aqueste no quiero». Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: «Vuestra merced, señor mío, está muy engañado y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal en fulano por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles». Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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