¡QUÉ BIEN REMATA A GOL LA MORALEJA!
Ignoro qué tiene el poder; acaso cojea del mismo pie que la riqueza, según el inolvidable criterio de Agustín de Hipona (“toda riqueza es un ídolo de iniquidad. Y no porque la riqueza sea injusta en sí misma, sino porque no es justo llamar riqueza a lo que, lejos de suprimir la necesidad, la acrecienta”); ahora bien, no desconozco que hay algunas personas que, como otras hacen con el agua, lo bendicen, y quieren continuar aferrados a él, cueste lo cueste y sea cual sea el medio o método que haya que usar para lograr dicho fin, seguir ostentándolo, a todo trance.
Hay quien ya octogenario, Joe Biden, verbigracia, no está para ciertos menesteres o trotes, ser el máximo mandatario de una nación tan importante como los Estados Unidos de América. ¿Por qué nadie le ha dicho la verdad? ¿Por qué nadie ha echado mano de la panacea, ese capazo repleto de argumentos apodícticos, irrefutables, para convencerle de que no reúne los mínimos requisitos imprescindibles para cumplir con sus muchos cometidos, realizar las numerosas tareas concernientes o relativas a dicha dignidad, con la competencia o solvencia exigible, si, además, tiene serios problemas para caminar y aun para mantenerse en pie? Si servidor, cercano a cumplir 62 tacos, tiene algunas lagunas de memoria que (gracias a que carece de internet, bendita decisión, porque, si pudiera acceder a dicha herramienta en casa a cualquier hora del día, se levantaría de la cama por la noche, me conozco, para solventar la duda que le hubiera brotado, en un santiamén, y así, teniendo negado o vedado ese acceso, se despreocupa y procrastina la solución para el día siguiente y, una vez en la biblioteca “Yanguas y Miranda”, frente a la pantalla de la computadora, solventa la hesitación, tranquilamente), a veces, halla la solución dando varios rodeos y, a veces, no, hasta que echa mano del ordenador; se cree, a pies juntillas, todos los fallos o yerros en los que ha incurrido el provecto presidente.
Hay muchas personas que padecen (unas, sin razón, las humildes; otras, con ella, las ufanas) el síndrome del impostor. Se hacen cruces, porque no aciertan a entender qué ocultos dones, facultades o virtudes vieron en ellas quienes las escogieron para ocupar puestos de trabajo de libre designación, cuando comprueban, un día sí y otro también, que otras están infinitamente mejor preparadas que ellas para llevar las labores asignadas a dicho cargo a buen puerto con mayor eficacia.
Hoy, 14 de febrero, día de los enamorados, san Valentín, a las cinco de la tarde, cuando trenzo estos renglones torcidos en la paz (es cosa rara que los vecinos de arriba hayan dejado tan pronto de hacer ruido) de mi casa, reconozco que hay un montón de situaciones eróticas para otras personas que no gozan de un ápice, grado, gramo o pizca de erotismo para mí. El poder, que a tantos andobas les atrae, a mí me repele, tanto como la celebridad o la fama terrenales. ¡Qué placentero resulta un paseo vespertino o nocturno sin agobios, sin que nadie te persiga para pedirte tu parecer sobre lo que sea, una gilipollez, seguramente, o hacerte una foto! El poder, para mí, tiene más de engorro o incordio y pesadillas que de aliciente o atractivo y sueños húmedos. ¡Cuántas veces un mandatario se verá obligado por las circunstancias, y eso tiene nombre, servidumbre o gajes del oficio, a hacer de tripas corazón y coronar cuanto no le apetece nada culminar! ¡Cómo puede haber quien acceda a acudir a un debate a cuatro, o a siete, si no gozó nunca dando clase en un aula, fuera esta de un instituto o de una universidad!
Nota bene
Bueno, pues, nada más colocar el signo de cierre a la precedente frase exclamativa, que remataba el texto, le he mandado el escrito resultante a fray Ejemplo, para ver qué le parecía y me diera su opinión. A la media hora, he recibido su cortante, por lacerante, y didáctica, por práctica, respuesta:
“Amigo Ángel:
“Tú no entiendes la avidez de poder de Joe Biden, pero acaso él tampoco comprenda tu ambición de eternidad. Tú quieres dejar huella en el planeta azul para que tu vida (sigues el parecer de Sartre de que “el hombre es una pasión inútil”) absurda haya tenido algún sentido. Acepta, de buen grado, que sé que eres tolerante, y no un sectario, que otros quieran o deseen lo mismo a su manera.
“Perdona que haya empatizado hoy más con Biden que contigo, pero es que estoy más cerca de la edad de Joe que de la tuya.
“Por lo demás, tu urdidura me parece sensata, aunque te hayas cebado con el anciano político norteamericano”.
“Un abrazo.
“Fray Ejemplo”.
Ángel Sáez García