UN UNICORNIO SOY CON CORNUCOPIA
Hoy, por fin, me he despertado de la siesta sin mediar motivo, es decir, naturalmente. Con dicho adverbio pretendo dar a entender que no ha sido por culpa de un ruido ocasionado, originado, producido, propiciado o procurado por cualesquiera de los vecinos que residen en el piso de arriba (me refiero, por supuesto, al inmediato superior). Ignoro, a ciencia cierta, cuántos son los susodichos, pero he calculado que deben rondar la media docena. Al conjunto de los tales les achaco el hecho de que este menda sufra hipertensión arterial, pues, a cualquier hora del día (y lo que es aún peor para el abajo firmante, de la noche) a uno o a una pareja de ellos le/s da por ducharse. He apuntado las horas extrañas de sus usos: a las doce y media de la madrugada, a la una, a las dos, a las cuatro, a las cinco, a las seis, a las siete… y pico de la mañana; además de a otras muchas horas del día.
A veces, a una de las mentadas vecinas, ecuatoriana (barrunto, intuyo o supongo, pero no estoy en disposición de poderlo asegurar o certificar), con morriña o nostalgia tal vez de su país de origen, le da a cualquier hora del día por taconear el suelo de su piso. Debe recordar algún baile popular de Ecuador y se le van los pies tras él. ¿Desconoce el ruido que organiza dicho taconeo en el piso de abajo? Eso es lo que quise creer al principio, pero pronto colegí que lo hacía a sabiendas, de manera deliberada; así que, para que adquiriera cuanto antes conciencia del perjuicio o trastorno que acarreaba el caso en servidor, para que tomara nota del asunto en cuestión, ante esta certidumbre, a mí me brotó o nació hacerle el reproche, de manera natural; y así, a fin de proceder a atenuar o mitigar (o acaso acabar, en un pispás o santiamén) con su ansia o deseo de reeditar ese ritmo ecuatoriano, suelo oponer las notas de varias obras de música clásica, las que suenan en esos concretos momentos, pues acostumbro a encender la tele y teclear el canal 56, correspondiente al de “Radio Clásica” de Radio Nacional de España (RNE). Y mantengo enchufado dicho canal hasta que a la susodicha se le quitan las ganas de utilizar el tacón de su zapato una vez más.
Aunque al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos le cueste creerme, hoy me he despertado de la siesta siendo un unicornio, pero no el esperado y proverbial animal équido, fantasioso y/o imaginario, que idearon otros poetas anteriores a servidor, con la clásica apariencia de un corcel blanco con un cuerno recto que le salía hacia delante en su frente, sino más bien con una cornucopia, con el cuerno de la abundancia, que eso también significa copia, que no le brotaba de su testuz, entre ceja y ceja, sino que le surgía de la apófisis xifoides, pues venía a ser una mera prolongación de la tal (optando por una forma inversa, con la punta en el inicio del cuerno y la parte ancha al final).
No había una sola persona que se encontrara en los alrededores, a cinco o diez kilómetros de distancia de donde yo me hallaba, y tuviera conocimiento preciso de mi propincua y prodigiosa presencia, que no se acercara por el medio que fuera, en automóvil, moto, bici, caballo o en el coche de San Fernando, a verme y tocar mi cuerno de la abundancia, fuente de suerte, pues de él, además de frutas y flores de todas las clases, salían, sin parar, ideas o diamantes en bruto, que quien se las/os lograba llevar en la palma de su mano, casi casi como ocurre con las manos de santas y santos venerables, y tenían contacto y tomaban conciencia de sus virtudes mágicas, magníficas, barruntaban que iban a extraerles el máximo partido o provecho, una vez hubieran conseguido coronar o culminar el trabajo preceptivo e inexcusable de tallarlas/os.
Ángel Sáez García