¿ME PAREZCO A UNAMUNO EN EL DESORDEN?
¿UN TEXTO NACE DE UNA MENUDENCIA?
Para el abajo firmante (está claro, cristalino, que el atento y desocupado lector —ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario —de estos renglones torcidos puede y debe discrepar, si así lo cree oportuno y/o estima pertinente hacerlo) es meridiano que unas personas nos llaman la atención (para bien o para mal, según la reputación que les otorgamos, a veces, ipso facto) por esta, esa o aquella razón, pudiendo ser cualesquiera de ellas catalogadas o consideradas por nosotros, ya una bagatela o menudencia, ya un quid con enjundia o quintaesencia de peso.
No conozco de nada a Luis García Jambrina (pero ya ha empezado a caerme bien), doctor en Filología Hispánica y profesor de Literatura Española en la Universidad de Salamanca. Ni siquiera he leído la novela que lo sacó del anonimato, “El manuscrito de piedra” (2008), que se hizo merecedora, a criterio u opinión de los miembros del jurado, del V Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, que recibió (hay casos, como el que nos ocupa, y aquí he de reconocer, sin ambages, que hablo por boca de ganso, en el que el premiado prestigia el galardón tanto o más que este lo hace al autor galardonado y, por ende, no es extraño escuchar a los duchos o entendidos en el tema que echen mano o usen la expresión “miel sobre hojuelas”, tanto del derecho como del revés, mutua o recíprocamente). Y es que, como se lee en “Rayuela” (1963), de Julio Cortázar, “la falta de experiencia es inevitable, si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa”.
A veces, la razón de un escrito descansa, está, estriba o radica en una mera cuestión de azar o casualidad. El pasado 30 de marzo cumplí 62 primaveras, y el miércoles 3 de los corrientes mes y año, que nos venía bien al cuarteto, nos juntamos “el trío calavera” (en el texto que titulé “Se coló de rondón por la rendija” explico el citado marbete —llamado, de esa guisa, no por nuestro comportamiento indecoroso o procaz, que nunca estuvimos, ni estamos, ni estaremos, me temo, para dicho trote, sino porque seguiremos siendo amigos, aunque hayamos muerto uno, dos o los tres—; Luis Quirico Calvo Iriarte, odontólogo; Luis de Pablo Jiménez, filólogo, como servidor, y quien redacta estas líneas nos conocemos desde hace más de cuatro décadas y somos lo que se denomina “amigos del alma”) con Mari en Barásoain para comer en el Bar Restaurante “Ángel”, donde Carlos nos trató estupendamente, como de costumbre (y es difícil que se halle otro lugar en el orbe donde se mejore la relación calidad/precio). Antes, en Tafalla, “los Luises” me habían entregado sus regalos (Mari ignoraba mi cumple tanto como este menda el suyo, un día antes, el 29). Calvo me obsequió “La ciudad y sus muros inciertos” (2024), de Haruki Murakami, que no he empezado a leer; y De Pablo “El primer caso de Unamuno” (2024), de Jambrina (confío, deseo y espero que no se moleste él ni su progenitor, si vive, conmigo, por haberme zampado su primer apellido), del que he leído algunas, pocas, páginas.
El lector asiduo de las urdiduras y/o “urdiblandas” de Otramotro conoce cuál es la razón de mi seudónimo por antonomasia o excelencia: Unamuno (o sea, Otra-m-otro nace de Una-m-uno). Bueno, pues, aunque cuanto narra Jambrina en su novela sea ficción, o sea, mentira, un producto de su fantástico magín, me he sentido identificado con don Miguel.
Como no quiero destripar la obra de Jambrina, me limitaré a contar lo imprescindible. Mientras Unamuno está en clase, los murmullos de sus alumnos, que no cesan, le empujan a preguntarles a estos por el motivo, el porqué. Y un discente le saca de dudas, al acercarle el periódico, ya que en la primera plana del diario viene la nueva, el hecho luctuoso, el asesinato de un terrateniente en los alrededores de Boada. Manuel Rivera, abogado penalista, acude a su estudio, porque ha recibido el encargo del médico del pueblo para que se haga cargo de la defensa de los vecinos que sean detenidos como sospechosos del vil crimen. Cuando, por fin, accede don Miguel a recibirle (los momentos previos los había aprovechado “para comprobar que en su aspecto todo estaba en orden” en la estancia, a pesar del inconcuso desorden reinante; otro tanto le ocurre a servidor en su habitual lugar de escritura), le dice a Manuel Rivera, a quien aún no conoce:
“—Adelante, por favor, y siéntese donde pueda —le indicó don Miguel.
“Para hacerlo, el recién llegado tuvo que retirar unos libros de la única silla que había a la vista”.
En el lugar de mi casa donde compongo mis piezas literarias, hay seis sillas, seis, media docena, pero la única vacía de libros, periódicos y revistas es donde este menda sienta sus posaderas.
Ángel Sáez García