LOS BUENOS LIBROS SON DUCHOS MAESTROS
COMO ARTEAGA, PIÉROLA Y EL RESTO
Cuando me preguntan qué libros me marcaron (el camino o los senderos que debía seguir, a toda costa, y los escollos y torbellinos que era oportuno, a todo trance, esquivar o evitar), acostumbro a contestar casi siempre, poco más o menos, lo mismo, esto, que todos lo hicieron. Evidentemente, unos para bien (el grueso) y otros para mal (una minoría; dentro del pequeño grupo que conformaron estos últimos incluyo, por supuesto, a los que merecieron mi parecer de ni fu ni fa, los tibios; y no he modificado la opinión que, a propósito de los tales, esgrimo y sostengo desde que la leí antaño en el Apocalipsis, de Juan, ya que, desde entonces, por venir a dejarme entera y satisfactoriamente persuadido, la adopté e hice mía). Contribuyeron, decisiva y necesariamente a mis dictámenes sobre ellos, mis estúpidos prejuicios (qué bendición resultó o supuso para mi caletre cepillármelos, barrerlos, borrarlos, extirparlos de cuajo, en tiempo y forma; qué peso me quité de encima). Cuando releí los que califiqué, catalogué o clasifiqué para bien (confío, deseo y espero que a nadie le extrañe que la suma o unión de esas dos palabras dé otra, parabién, que signifique en español enhorabuena, felicitación), algunos, bastantes, me marcaron, es lógico, normal y obvio, para mejor (ergo, pocos, por ende, para peor). Son estos, los de para mejor, a los que concedí, concedo y concederé el vocablo selecto, reservado o escogido de clásicos. Muchos de ellos coinciden, seguramente, con los que, asimismo, lo son para el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, de estos renglones torcidos. Así que no dilapidaré mi tiempo, ni se lo haré malgastar a ella/él, por ser oro, en detenerme a mencionar sus títulos.
Hubo libros a los que me acerqué y entré en sus páginas con prevención y salí de ellos, ya desnudo, ya con un fondo de armario que haría envidiar hasta al mismísimo Mortadelo, capaz de cambiar de traje cada día hasta que llegue, siendo el abajo firmante un anciano de provecta edad, el deletéreo, en el que me haga el guiño fatal la parca.
Hay libros para niños que solo consigues entenderlos completamente cuando los relees en la tercera edad, pues entonces logras sacarles todo el jugo que se quedó sin exprimir en las lecturas precedentes.
Mutatis mutandis, para mí, los buenos libros son duchos maestros, como Arteaga, Piérola y el resto de los excelentes docentes que tuve en Navarrete (La Rioja), en aquel inolvidable colegio, seminario menor, que regentaban, a la sazón, aquellos inmarchitables religiosos camilos, los que despertaron o espabilaron facultades e ideas que permanecían adormecidas, aletargadas, en mi persona y cacumen, ya que las palabras que juntaron esos concretos autores en esas precisas obras que leí y releo, aunque iban en otra dirección y significaban otra cosa diferente, vinieron a allanarme el terreno para que, con la inigualable ayuda de ellas, meros machetes, pudiera adentrarme en la espesura de sus junglas conceptuales y, de esa guisa, pudiese explorarlas y explotarlas con criterio y éxito.
Hay libros que nos sorprenden gratamente, pues, aunque fueron escritos meses antes, incluso hace varios años y aun siglos, parece que sus hacedores (ellas y ellos) fueron tocados por la mano de Dios o, en su defecto, agraciados o bendecidos por el don de la profecía, porque las palabras que dejaron escritas otrora, negro sobre blanco, gozan o tienen la rara virtud de seguir siendo útiles a los lectores (hembras y varones) de ahora y hasta más que a sus coetáneos (que puede que se quedaran a dos velas, sin enterarse de nada).
Ángel Sáez García