MÁS QUE UN ENTE ANDARÍN, SOY ANDARIEGO
El pasado 3 de los corrientes mes y año, como narré oportunamente en el texto, escrito en prosa, que titulé “¿Me parezco a Unamuno en el desorden?” y apareció publicado en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, el 16, mis amigos “los Luises” me entregaron en Tafalla sus obsequios, los dos libros citados allí. Luis de Pablo, siempre al quite con su raudo capote, previendo que su tocayo, debido a sus muchas tareas odontológicas, se hubiera olvidado (pero eso no resultó así), había comprado el último retoño de papel que había mandado a la imprenta Luis García Jambrina, “El primer caso de Unamuno” (2024), como regalo de ambos. Este lleva la dedicatoria, escrita por De Pablo (“Por el próximo caso de Otramotro. De tus amigos ‘los Luises’. Que lo disfrutes”), y debajo de las tres breves líneas que conforman la susodicha, aparecen las firmas de los dos.
He de reconocer que le doy a la novela de Jambrina pequeños y espaciosos sorbos, como si se tratara del chupito de pacharán frío, no con hielo ni en vaso de tubo, que una legión o dos de opinantes aseguran que es digestivo. A mí, la verdad sea dicha y escrita, me sienta bien, estupendamente, cuando lo tomo, pero como esto solo sucede cuando quedamos a comer los tres juntos (en ocasiones, se suma a “el trío calavera” Mari), acaso sea la inmejorable compañía la razón que favorezca que la ingesta del susodicho licor sea beneficiosa y no, sensu stricto, el pacharán.
Quienes conocen mis actitudes o comportamientos al dedillo saben, a ciencia cierta, que, como ser humano que soy, tengo varias costumbres (toda persona, sin excepción, es un animal asido o dependiente de ellas), entre otras, esta, la de salir de casa a dar un paseo, nada más he puesto la firma a mi diario texto en prosa; y otro, más corto (sobre todo, en invierno), tras cenar. Callejeando se logra cazar al vuelo y pescar sin anzuelo ideas sobre las que discurrir y disertar. A veces, voy dando mis “andamiajes” (así llamo a los tales) tan concentrado en otro menester, dándole vueltas a un asunto o componiendo un poema (cuántos habré trenzado, mientras bajaba o subía de la biblioteca pública, mi segunda casa), que, bien saludados, bien conocidos, bien amigos, con quienes me cruzo, piensan que voy despistado, pero solo aparente y exteriormente, porque, por dentro, estoy alerta y atento a cuanto estoy ideando, pergeñando o midiendo versos, a esa peculiar labor intelectual.
Está claro, cristalino, que Jambrina (cómo no me va a caer bien, si se llama Luis, como mis dos mejores amigos) no me conoce de nada, ni tampoco yo a él, pero, conforme leía unas líneas de la página 44 de su novela postrera, ya por arte de magia, ya por arte de milagro, tuve la sensación refractaria de que, a la par que Jambrina hacía su personal retrato moral de don Miguel Unamuno, me pintaba o una cabal etopeya realizaba de mi persona. ¿Que qué líneas son esas? ¡Estas!: “Le gustaba mucho caminar, siempre erguido y tenso como un arco; sentir cómo el aire le daba en la cara y la rugosa tierra crujía bajo sus pies, mientras él iba pensando en sus cosas o componiendo un poema; y lo mismo le daba recorrer un llano que perderse en un valle o en un bosque o trepar una montaña. Sin duda era un autor andariego, de los que escribían y meditaban a la par que deambulaban, como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o Miguel de Cervantes. En ese momento, le iba dando vueltas al caso como si su cerebro fuera una noria”.
Mientras transcribía las líneas susodichas, me ha venido a la mente que Esperanza, una usuaria habitual de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, con quien suelo coincidir en la sala de adultos y divertirme, cada vez que cruzo unas palabras con ella, pues, indefectiblemente, acostumbro a reírme, ya que tiene unas salidas hilarantes (¿la última?; que acaso compartamos ambos el premio Nobel de Literatura, al decidir la Academia Sueca concedérnoslo el mismo año; no osará negar el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario, de estos renglones torcidos, que la boutade es desopilante), cierta tarde, que me di de bruces con ella en una de las calles por las que deambulo, me preguntó si era andarín o andariego. Y le contesté, poco más o menos, esto: Aunque andarín y andariego son sinónimos, como andarín me suena a quien anda cantando, cual canario o ruiseñor cantarín, imaginando que toca el violín, o no; y andariego a quien anda regando las plantas y las flores, sus ideas, yo soy más andariego, porque, mientras ando, riego.
Nota bene
“La prosa, decía Juan de Mairena a sus alumnos de Literatura, no debe escribirse demasiado en serio. Cuando en ella se olvida el humor —bueno o malo—, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea, o en esa que llaman prosa lírica, ¡tan empalagosa!…
“—Pero —observó un alumno— los Tratados de Física, de Biología…
“—La prosa didáctica es otra cosa. En efecto: hay que escribirla en serio. Sin embargo, una chispita de ironía nunca está de más. ¿Qué hubiera perdido el doctor Laguna con pitorrearse un poco de su Dioscórides Anazarbeo…? Pensaríamos de él como pensamos hoy: que fue un sabio, para su tiempo, y hasta intentaríamos leerle alguna vez”.
Perlas, como la anterior, puede leerlas el atento y desocupado lector en “Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)” (1936), de Antonio Machado.
Ángel Sáez García