¿DE QUÉ DISERTARÁS HOY, LETRAHERIDO?
(LE PREGUNTO A OTRAMOTRO, MI SEUDÓNIMO)
El abajo firmante de estos renglones torcidos está convencido, pues viene constatando el hecho, de manera fehaciente y desde la tira de años, de que el ser humano fantasea. Servidor ha comprobado la vigencia de dicho aserto, una verdad apodíctica, durante los dos paseos, que acostumbra a dar a diario, el que precede y el que sigue a la cena, o sea, el que acomete, una vez ha terminado de redactar las líneas del texto en prosa que trenza cada tarde, y el que emprende tras coronar la última ingesta del día, ya que se da cuenta de que, mientras callejea o deambula, imagina a partir de cuanto escucha y observa a su alrededor, unas veces, pocas, las menos, con seriedad, y otras, las más, con una inconcusa plétora de humor, pues intenta sacar el máximo partido o provecho a todas las varillas de ese concreto y abierto abanico.
De lo afirmado arriba, en el parágrafo inicial, cabe colegir lo obvio, que este menda (ignora qué les ocurre a los demás hacedores) necesita del concurso inexcusable de los hechos que le suministra, gratis et amore, la realidad para empezar a desplegar las alas que porta y echar a volar su imaginación, y escribir, mentalmente, sí, sus ficciones, que le podrán servir luego o no, porque es notario de lo notorio, que algunas siempre quedan (es la voz de la propia experiencia la que asevera esto) en agua de borrajas o cerrajas.
Ahora bien, como ese río, que es, sin duda, Otramotro, recibe aguas de muchos afluentes de la vertiente derecha y de la izquierda de la cuenca, sus razones para empuñar un bolígrafo BIC azul y empezar a ponerse a urdir historias son variopintas. Hoy, en el curso de las aguas que discurren por su cauce, mandan, por ejemplo, las de la realidad pura y dura. Y, por ende, la respuesta del rótulo se impone con facilidad, sí, y con sencillez. Escribirá una crónica que explique por qué agradecer es de bien nacido, y/o no llevar a cabo tal de ingrato. En “Charlas de café”, libro del que he visto una edición con el año 1920 estampado en su portada, no de 1921, como eso asevera la enciclopedia libre Wikipedia, su autor, don Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina en 1906, que compartió con el italiano Camillo Golgi, dejó escrito en letras de molde que “hay tres clases de ingratos: los que callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan”; me parece justo lo aducido por Cajal, pero se le olvidó agregar que algunos ingratos lo son por motivo doble y algunos por triple, al sumar dos tipos de los identificados y mencionados por él e/o incluso los tres.
El atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) lo entenderá si sigue pasando su vista de lince por cuanto continúa. El pasado lunes 6 de los corrientes mes y año fui a Tafalla (de donde vine, asimismo, en autobús) para que, entre dos hijos de mi amigo del alma Luis Quirico, los hermanos Íñigo y Leire (la voz cantante la llevó el mayor) Calvo Archanco, médicos odontólogos, como su progenitor, en la clínica dental y maxilofacial FARMADENT, sita en la calle San Martín de Unx, 9, de dicha localidad navarra, procedieran a quitarme una raíz e insertarme la placa de titanio donde irá el implante.
Cuanto me dijo Íñigo, que tiene unas manos prodigiosas (como eso también cabe afirmar de las de su hermana, que yo ya conocía), como otro tanto se predica, por cierto, entre los creyentes cristianos, que son las de los santos, benéficas, una vez procedió a anestesiarme la zona, fue cabal; los tres primeros pinchazos, alrededor de la pieza, no los sentí, pero sí noté daño, como él me advirtió, con el que realizó en el cielo de mi boca, en el velo del paladar, pero el dolor pasó pronto, en un santiamén.
Les comenté lo que me había pasado la noche anterior, que, temeroso de lo que vendría al día siguiente, no había descansado lo apetecido, y les recordé qué había dejado escrito Howard Phillips Lovecraft, en su ensayo “El horror sobrenatural de la literatura” (1927), que “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”, como él también había advertido. Qué razón adujo Leire, al terminar la rauda y pequeña intervención, que no había motivo para tanto temor, pues, ciertamente, todo salió a pedir de boca, quedando en apenas nada.
Mientras servidor andaba pasando a ordenador estas líneas en una computadora de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, gentilmente, me ha llamado por teléfono una enfermera de la clínica FARMADENT para saber cómo me encontraba, a quien, por supuesto, le he dado las gracias por el interés mostrado: estupendamente.
Acertó de lleno en el blanco o centro de la diana el epidemiólogo Jonas Edward Salk, al sentenciar que “la recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho”. Ahora bien, si al buen hacer de uno/s lo acompaña el agradecimiento de otro/s, y aquí no miento, ocurre la bendición del laminero, que se derrama chocolate o miel sobre las hojuelas.
Así pues, a la familia Calvo Archanco, de corazón, una vez más, ¡muchas gracias! De bien nacido es ser agradecido.
Ángel Sáez García