¿SIN BANCOS SE IMPONDRÁ LA BANCARROTA?
Está claro, cristalino (al menos, para quien trenza ahora estas líneas), que cada cual (sea feriante o no) cuenta la feria como le fue a él en ella; esto es, de manera singular o individual, no coral o colectiva. Y que poco importa que uno sea optimista o pesimista por naturaleza, ya que, si ese día te das de bruces con ellos, les escuchas y da la casualidad de que es el peor y/o mejor de sus respectivas existencias, puede que prestes la máxima atención a cuanto salga proferido por su mui, incluida su sinhueso, y deduzcas lo contrario u opuesto de cuanto inferirías si los oyeras de modo habitual o normal.
Aunque todo escritor de ficciones es un mendaz redomado (con ello solo quiero dar a entender lo obvio, que miente como un bellaco —pero esto no debe ser obstáculo para que, dentro de ese embeleco que relata, quepa hallar una auténtica verdad, como dejó sentado y sentenciado Mario Vargas Llosa en su aleccionador e imperecedero ensayo “La verdad de las mentiras”—, y, por ende, que puede que te haga pasar a ti, como lector de sus textos, cual perito domador de fieras, por el aro de su número de circo, es decir, por real lo que no es más que una patraña, producto de su fértil imaginación, o un mero recuerdo de algo que le narró otro, fuera este quien fuera), urdimos a continuación cuanto hemos decidido expresar previamente, que daremos por cierto cuanto escribió el literato ubetense Antonio Muñoz Molina (AMM) en “Como el que oye llover”, rótulo de la tribuna que apareció publicada el pasado sábado 1 de junio de 2024 en la página 11 de la versión en papel del diario EL PAÍS.
Ignoro si tiene o no razón la esposa del mencionado hacedor, AMM, en lo tocante a que él es una persona que deja entrever o muestra a las claras a los demás que es alguien proclive a escuchar pacientemente a los otros (para un escritor es un estupendo canal o fuente de información; de hecho, si no hubiera sido así, ¿hubiera podido describir las tres anécdotas de las que nos da detalles o pormenores, pelos y señales?; sería oportuno no echar en saco roto lo dicho arriba sobre su feraz capacidad para imaginar), hasta a quienes no convendría escuchar, o hacerlo, como el propio autor apuntó y recogió en su título, como el que oye llover. Ahora bien, estoy persuadido (acepto, asimismo, que puedo estar equivocado y, por tanto, no por tonto, admito, de buen grado, todas las discrepancias que les broten a los atentos y desocupados lectores de estos renglones torcidos, sean ellas, ellos o no binarios, al respecto) de que a mí los perros me huelen que les temo y, cuando paso a su lado, como para corroborar que ellos están de acuerdo con dicho criterio, indefectiblemente, me ladran (no sé ellos, pero yo no he conseguido saber, a ciencia cierta, por qué), y que ese pánico acaso se herede o se transmita en los genes, porque mi progenitor les temía o tenía tanto miedo como yo, y he escrito alguna anécdota sobre nuestra particular (en sentido estricto, dual) cinofobia.
Pero volvamos a coger el hilo que dejamos al final del segundo parágrafo de esta urdidura o “urdiblanda”, porque, si no hago tal cosa, vaticino que nos perderemos en los pasillos de un laberinto intrincado o en un mar de digresiones, que no es mal piélago, pero me temo (sin temer tanto como a los canes) que nuestro discurso puede correr el riesgo de quedar deslavazado.
Es evidente qué le ocurrió al jienense AMM en los tres episodios que narra en su sabatina tribuna, que tuvo que aguantar o padecer a tres cargantes o pesados: un orate, un mal seguidor de Diógenes, el cínico, y un odiador a machamartillo y a ultranza de Perro Sánchez.
Bueno, pues, quien tuvo la ocasión (que no dejó escapar servidor) de leer la tribuna dominical de la filóloga zaragozana Irene Vallejo, titulada “El ágora de las ciudades errantes”, al día siguiente, 2 de junio de 2024, en la página 19 del mismo medio, EL PAÍS, si aprovechó esa oportunidad, como recomendaba hacer uno de los Siete Sabios de Grecia, Pítaco de Mitilene, el mismo que adujo esta otra enseñanza, “si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder. El poder no corrompe; desenmascara”, pudo comprobar que, en el abanico abierto de la realidad pura y dura, había más varillas, y que su autora optó por poner el foco en la parte positiva de estar sentado en un banco. He de reconocer que me gustaría leer cada domingo a Irene, pero, al parecer, eso no es posible por ahora; así que nos conformaremos con seguir leyéndola un domingo al mes.
De los catorce subrayados que he coronado en la colaboración de la aragonesa, me he decantado por dejar constancia aquí del último, que es, precisamente, con el que da oportuno remate a su tribuna: “Sin parques ni bancos, separados y apresurados, en lugar de sentados y dicharacheros, contemplamos al prójimo como un estorbo para caminar rápido, o incluso como un adversario. La política, ciencia de la polis, es un arte que invita a imaginar plazas —ciudades, continentes, mundos— donde convivir, conversar y consensuar juntos. Un paisaje público árido, arisco y aislado nos conduciría a la bancarrota”.
Ángel Sáez García