¿POR QUÉ UNA NARRACIÓN A OTRA NOS LLEVA?
ACASO SOLO DIOS LA RAZÓN SEPA
Hace escasas fechas, mi amigo Jesús Manuel Pérez Sáez (a quien otrora este menda escribió y remitió más de trescientas epístolas, que fueron —a ellas les achaca servidor, al menos— las que lo convirtieron en escritor diario, asiduo) me mandó, fotocopiado, un ejemplar con las veintiséis páginas que conformaban el sainete “¡La bolsa o la vida!”, del escritor oscense, de Ayerbe, Vicente Castro Les, que había conseguido encontrar en la Biblioteca Nacional. Era una reproducción de la tercera edición de dicha obra, correspondiente al año 1947.
Le contesté a dicho envío, dándole las gracias por el mismo y por las varias sorpresas que el susodicho acarreaba o llevaba aparejadas. Servidor había estado equivocado hasta entonces, pues siempre pensó que el nombre de pila de dicho autor era Joaquín (gracia de su padre), no Vicente, el fetén. En el libreto que usamos nosotros para aprendernos de memoria dicho sainete, antes de representarlo sobre las tablas del escenario del salón de actos del seminario navarretano, los apellidos iban juntos, en uno, Castroles (un yerro, sin duda, imputable a… solo lo sabe Dios).
Aún no he conseguido leer todas las páginas, pero las diferencias o variaciones con nuestra versión (en la que Pedro María Piérola García, nuestro director, incluyó algunas de nuestras sugerencias, improvisaciones o aportaciones personales) son manifiestas, notorias.
En escena, antes de comenzar la representación, aparecía un mojón (“un pilón de piedra” se lee en la obra mencionada) con la distancia en kilómetros, 67, que separaba dicho lugar de la capital aragonesa, Zaragoza.
Bueno, pues, la mera constatación de esa situación espacial y especial me ha llevado, velis nolis, a la expresión “a Zaragoza o al charco”.
Dicha frase, “a Zaragoza o al charco”, representa la proverbial terquedad maña. El abogado, escritor y paremiólogo tudelano José María Iribarren, en “El porqué de los dichos” (1955), recoge la explicación dada por el militar Romualdo Nogués, que se remonta al siglo XIX. Según el relato referido por este, para probar la tozudez de los baturros, alguien, cuyos nombre y apellidos desconocía, se inventó una fábula donde san Pedro, harto de que, durante años, nadie entre en el cielo, baja a la tierra para conocer la razón, el porqué pasa eso, y, para probar, le pregunta a la primera persona con la que se da de bruces, unaragonés, a dónde va. Y este le contesta que se desplaza a Zaragoza. San Pedro le añade, en su réplica, la locución “si Dios quiere”. El baturro insiste en mantenerse en sus trece, y así, erre que erre, con determinación y firmeza, itera su idea de que se dirige a Zaragoza, desafiando la enmienda que acaba de formularle san Pedro, afirmando que su destino es Zaragoza, con o sin la anuencia de Dios. Más que molesto, enojado, san Pedro, como castigo, lo transforma en rana y lo manda a un charco cercano. Transcurridos dos milenios (demasiado tiempo, sin duda, para que el anfibio o batracio siguiera croando), san Pedro se apiada del matraco y lo libera del encantamiento, la metamorfosis. Sin embargo, creyendo el santo que el baturro había aprendido la lección, le vuelve a preguntar al respecto, sobre su meta, y el aragonés, sin vacilar ni variar un ápice o pizca su carácter obstinado, responde que va “a Zaragoza o… al charco”, dándose por enterado del castigo que le espera. Esta narración ilustra la condición cerril del maño, quien prefiere acarrear con las consecuencias de su proceder a cambiar su forma de ver las cosas y los casos, y su modo de expresarse. El escritor Italo Calvino en “Fiabe italiane” recoge la misma fábula, en el relato titulado “I biellesi, gente dura”, con escasas variantes piamontesas.
Esta historia legendaria ha propiciado que recordara a Agamenón, el personaje rural de las tiras de tebeo protagonizadas por el susodicho ente de ficción, salidas del magín del dibujante pontevedrés Alejandro Santamaría, “Nené”, Estivill, en 1961. Las acciones o anécdotas de Agamenón se sitúan en el pueblo de Villamulas del Monte, de localización inconcreta, cerca de Villaburros del Cerro.
Las historietas contadas por Estivill terminan con una expresión, que da cuenta del vigente y biológico atavismo, puesta en boca de la abuela de Agamenón: “Igualico, igualico que el defunto de su agüelico”.
Ángel Sáez García