ABUNDO CON JAVIER CERCAS, DISCREPO
Ignoro la razón, de veras, pero cada vez que me llevo a los ojos un artículo de opinión de Javier Cercas, indefectiblemente, tiendo a recordar un pensamiento del neurólogo y escritor británico Oliver Sacks, este, que “todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”. Y, asimismo, vuelvo a constatar cuanto ha devenido en costumbre, que coincido con él en el grueso de lo precipuo o principal de la idea que defiende, del parecer que nos brinda a sus lectores, y a disentir en algún aspecto accesorio. Eso, precisamente, me ha vuelto a ocurrir con el último de sus irónicos (por lo general) palos de ciego, el titulado “No salimos de pobres”, que vio la luz en la página 8 de EL PAÍS SEMANAL del pasado domingo 29 de septiembre de 2024, fecha en la que se cumplía el vigésimo primer aniversario de la muerte (DEP, RIP) de mi piadoso progenitor, Eusebio.
Cercas comienza su disertación así: “EL OPTIMISMO ES un error; la esperanza, también: diga lo que diga Byung–Chul Han, cuanta más esperanza tienes, más desdichado eres, porque más decepciones te llevas; y a la inversa: el secreto de una vida feliz consiste en no esperar nada de nada ni de nadie”. Creo, sinceramente, a pies juntillas, que Javier está en lo cierto, que tiene razón en cuanto afirma. A mí me habría gustado que Cercas hubiera puesto, a fin de aquilatar y reforzar su reflexión, un ejemplo adecuado, clarificador, pertinente, pero acaso tuvo que deshacerse de él, descartarlo, por falta de espacio, y porque más tarde puso otro, oportuno. Ahora bien, ya que él no lo planteó, lo pongo yo, aunque reconozco que el argumento no es mío, sino de Albert Einstein. A pesar de la inconcusa generalización que acarrea su idea (y, por ende, su falsedad, sin discusión, de cajón), el Premio Nobel de Física de 1921 adujo esto: “Los hombres se casan con mujeres con la esperanza de que nunca van a cambiar. Las mujeres se casan con hombres con la esperanza de que ellos van a cambiar. Invariablemente, ambos terminan decepcionados”.
A renglón seguido, Javier concluye: “He ahí una verdad que los sabios han sabido desde siempre”. Está claro, cristalino, que mi quinto (ambos nacimos en el año 62 del siglo pasado y, por tanto, tenemos esos años) y colega (ambos somos licenciados en Filología Hispánica) aquí ha echado mano de una figura o recurso literario, la hipérbole o exageración, ya que los sabios no nacen, se hacen; lo mismo les acaece a los novelistas, que no vienen al mundo con una novela o “nivola” bajo el brazo, sino que la han de escribir. Él, siendo un crío, no opinaba lo que hoy es su criterio. Entonces, cuando solo era un infante, Javier desconocía que, cuando fuera mayor, un hombre hecho y derecho, sería un escritor de renombre, como hoy, sin duda, es. Así que es evidente que los sabios no han sabido cuanto saben desde siempre, sino desde que lo supieron. Si Cercas hace el esfuerzo de pasar la hoja y leer la página 10 de la revista citada, EPS, al inicio del artículo de Ignacio Peyró, que lleva el rótulo de “Cosas que aprendí en el verano 44 de la vida”, podrá pasar su vista por el razonamiento que ratifica el que acabo de verter en las líneas precedentes: “CADA VERANO, JUSTO antes de cumplir los años, me encierro una tarde para echar las cuentas de aquello que aprendí. Son cosas que, quizá, me hubiera gustado saber antes pero que solo el tiempo pone a nuestro alcance”.
Otro tanto cabe decir de los versos que ideó Fernando Pessoa, que, de manera generosa, se los cedió gustoso al heterónimo que le sobrevive (aunque José Saramago escribió una novela con el título de “El año de la muerte de Ricardo Reis”, en 1984), Ricardo Reis, para que él firmara como autor de los mismos: “Quien nada (yo me lo aprendí con “poco”, en lugar de nada, pero puedo haber imaginado y estar equivocado) espera / cuanto le depare la vida / por poco que sea / será mucho”. ¿Por qué? Porque, como él arguyó (en traducción libérrima): “¿El poeta? Un fingidor. / Finge tan completamente / Que hasta finge que es dolor / El dolor que en verdad siente”. Tal vez no estorbe añadir, a continuación, que Julio Cortázar, en el capítulo 28 de su “Rayuela”, viene a enriquecer la perspectiva o el prisma de la esperanza: “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, que, de alguna manera, concuerda con cuanto Cercas asevera en el colofón de su reflexión: “No sigo. Baste decir que volví del balneario hecho polvo, más viejo y con más achaques que nunca. Desengáñense: aquí no hemos venido a pasarlo en grande (en parte, porque ya lo pasamos; aquí habla el sesentón, sabio por añoso); aquí hemos venido a sobrevivir como se pueda. Desengáñense: seguimos siendo una panda de botarates (algunos más escépticos de lo que nunca fuimos). El optimismo es un error; la esperanza, también: entérate de una vez, Byung-Chul Han”.
A mí, al menos, no me molesta agregar el parecer de Friedrich Nietzsche sobre la esperanza: “La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.
Ángel Sáez García