EL MARTES PAZ HALLÉ EN EL CAMPOSANTO
ANTE LA TUMBA DE JAVIER BARACE
El pasado martes 19 de los corrientes, aunque el nombre de ese día de la semana se lo sacó in illo tempore de su magín o manga un antepasado o congénere nuestro para homenajear u honrar al dios romano de la guerra, Marte, contradiciendo o refutando dicha razón, fue una jornada de paz, armonía y amistad a raudales. Había quedado con mis amigos del alma, “los Luises”, Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez, para saludarnos, como de esa guisa hicimos, conformando una piña o racimo, como si uno de nosotros o un compañero de nuestro equipo hubiera marcado gol, a la orilla de una carretera con escaso tráfico en Barásoain, adonde acudimos para comer en el Bar-Restaurante Ángel. Lo propio acaeció cuando accedió Jesús María, Mari, al establecimiento mentado, con quien habíamos quedado allí para dicho menester.
Decía y dice (y lo lógico es que siga diciendo) un verso del estribillo de una canción del grupo Objetivo Birmania, a la que, por cierto, da título, que los amigos de mis amigas son mis amigos. Tras lo vivido el pretérito martes en Tafalla, debo sentenciar que esa es una verdad incontrovertible, incuestionable, pues eso es lo que volví a constatar, una vez más (y ya van ni se sabe, por haber perdido la cuenta), cuando, después de que Luis Quirico (Koldo, en versión eusquérica) me hubiera hecho una puesta a punto bucal en su clínica FARMADENT, me invitó a comer un pincho de tortilla, que estaba exquisita, amén de unas rodajas de salchichón, que estaba estupendo, con la cuadrilla de amigos con los que suele subir al monte (y bajar, por supuesto) los martes; así que en El bar de Javi esa jornada conocí, saludé y conversé a gusto con dos Andonis, Esteban, Manolo y Miguel, porque a Javi (no me refiero al dueño del bar, sino a un sujeto que está de baja, o sea, que no sube las cuestas, porque está aquejado de la espalda, el retrosoma) lo conocía de otro almuerzo anterior en otro lugar (es un cachondo mental, que hace guasa de cualquier asunto; que siga conservando ese descacharrante humor es lo que le recomiendo); luego hice lo propio con quien se unió al grupo, Julián.
Mientras le dábamos al diente, le dimos también a la mui o sinhueso, y salieron a relucir en la conversación grupal el torero Rafael Gómez Ortega, “el Gallo”, y José Ortega y Gasset, y varias anécdotas de ambos, alguna común a los dos. Este menda recordó la frase más célebre y famosa del creador del raciovitalismo, el mejor filósofo español del siglo pasado (por si alguien discrepa de este criterio, que sepa que acepto las disensiones con gusto, sin enojarme): “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”, que apareció publicada, por primera vez, en su libro “Meditaciones del Quijote” (1914).
Tras almorzar, Luis Quirico y servidor fuimos al cementerio de Tafalla, donde yo no había estado nunca hasta la fecha. Acudimos, en primer lugar, al panteón de su familia, donde están enterrados los restos mortales de los padres de Koldo, entre otros deudos; y, luego, anduvimos buscando, como sabuesos, la tumba de un amigo de Luis, Javier Barace. Y volví a rememorar el verso del estribillo de marras, que quedó así: los amigos finados de mis amigos también son mis amigos. Pusimos tanto empeño en buscarla que, a la postre, tras varias idas y vueltas, me cupo el honor de hallarla a mí. Tuvimos, junto a su tumba, un gesto con todos los difuntos enterrados o ennichados allí, al rezar cada uno la oración o palabras que escogió.
Cuando volvimos a Tafalla, después de comer en Barásoain, fuimos de nuevo a El bar de Javi, con cuyo dueño Luis de Pablo y este menda trabajamos unas fiestas patronales en Rincón de Soto (La Rioja) en el bar acostumbrado, “El andaluz”, regentado por un señor de los pies a la cabeza, Joaquín Félix Martín, una bellísima persona (puede que haya sido el mejor jefe que he tenido en mi vida; y, a la hora de descollarlo, no pretendo menospreciar al resto, ya que el grueso de los que me han tocado en suerte, por fortuna, que conste en acta la circunstancia, han sido estupendos). Allí jugamos un coto de tres partidas al mus, y “los Luises” nos dieron una paliza, por el resultado, 3-0, a Mari y a mí, pero las partidas fueron reñidas, muy igualadas hasta las jugadas finales.
Ahora pienso que era normal que ganara Koldo, pues yo le había aventajado en el cementerio, al encontrar la tumba de nuestro (pues ya es nuestro, de ambos) amigo Javier Barace.
Luis de Pablo, Mari y servidor ya habíamos salido por la puerta del bar, cuando apareció Luis Quirico y me pidió que entrara de nuevo, porque quería presentarme a una persona, la hija de Javier Barace, que estaba sentada en un taburete junto a una esquina de la barra del bar. Le di dos besos castos en sus mejillas y confirmé o ratifiqué cuanto le acababa de referir Koldo, que yo había dado en el camposanto tafallés con la tumba de su padre. Y pensé que debía enriquecer sin falta el verso del estribillo susodicho: Las hijas de mis amigos finados también son mis amigas.
El inopinado encuentro con la hija de Javier Barace me llevó a coronar lo mismo que en otras oportunidades he concluido, que, a veces, solo a veces, hay situaciones en las que resulta muy difícil distinguir entre lo casual y lo causal, pues uno y otro pueden llegan a fundirse perfectamente.
A todos los mencionados y a cuantos su nombre no aparece recogido en estas líneas, les doy, antes de colocar el punto final a este escrito, de corazón, mis ¡muchas gracias!
Nota bene
¿Qué cabe colegir o deducir de cuanto queda escrito, negro sobre blanco, aquí y precede? Que la experiencia del hecho de vivir y compartir caldos y viandas con amigos o amigos de tus amigos (que, por arte de birlibirloque, en apenas un santiamén, pasan a ser amigos tuyos) suele beneficiar a cuantos participan de ese banquete, pues propende a compensar momentos de alegría y dicha con instantes de seriedad y pena (no marra el adagio sueco que aduce esto, que una alegría compartida es una alegría doble, y una pena compartida la mitad de una pena); que se ignora la razón, pero la existencia tiende al equilibrio, a ser trenzada con victorias y derrotas, éxitos y fracasos y, en algunas ocasiones, a metamorfosear alguna pérdida en ganancia o triunfo. ¿Acaso Tomas Alva Edison no aprendió, tras mucho perseverar en su propósito, innumerables maneras de cómo no se hacía una bombilla, hasta que se le encendió una en su mente y pudo gritar ¡Eureka!, como Arquímedes, cuando averiguó su principio?
Ángel Sáez García