El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

De bien nacido es ser agradecido

DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO

No sé, porque no he invertido un solo segundo de mi existencia en contarlos, en averiguar cuál es la cifra exacta, cuántos textos he escrito en los que el verso endecasílabo que encabeza estas líneas, que ha devenido en paremia, es el mismo que rotula otras urdiduras o “urdiblandas” que portan también mi firma. Deben superar la decena. Ahora bien, ese desconocimiento no impide que considere un deber, una obligación ineludible, culminar tantas veces como sean necesarias idéntico menester, dar las gracias. Como seres sociales que somos, tenemos que mostrar gratitud ante el bien, de diverso jaez, que hemos recibido, que muchos nos hicieron.

¿Por qué les estoy tan agradecido a los religiosos camilos? Entre otras razones de peso, porque un selecto puñado de ellos, otrora, in illo tempore, en Navarrete (La Rioja), se empeñó en adiestrarme en dicha enseñanza; y, si no fueron ellos los primeros en hacérmela escuchar, fueron los que contribuyeron a afianzarla en mi conciencia y memoria. No creo que ellos me brindaran el argumento que acarrean las palabras que, con el lento paso del tiempo, derivó en el refrán español, y que, en la tragedia sofoclea de “Áyax”, Tecmesa le dice a su esposo, el protagonista, antes de que este decida suicidarse, tras enterrar verticalmente la espada que le había regalado Héctor y dejarse caer sobre ella: “Justo es que el hombre agradezca el buen trato que ha recibido, porque el agradecimiento es siempre el que engendra agradecimiento. Quien se olvida del bien que se le ha hecho, no es posible que sea nunca un hombre bien nacido”.

Y porque, desde que vi a Pedro María Piérola García en la cocina de mi casa, quise ser como él, convincente, aseado, un modelo conductual, y vestir un día el hábito negro que él, aquella jornada inolvidable, lucía con la impoluta cruz roja en el pecho. Sí, aunque haya más de un lector habitual o esporádico extrañado, porque lea ahora que me confieso ateo, quise ser, con toda mi alma, un religioso más de la orden fundada por el santo nacido en Buquiánico, pero llegó el curso de COU, que estudiamos en el colegio “Enrique de Ossó”, femenino, pues solo era mixto en dicho centro el mencionado, preuniversitario, y el hecho irrefutable de experimentar la tentación en la carne mandó al traste mis mejores deseos, al constatar que servidor no cumplía las condiciones mínimas, los requisitos inexcusables, para tan digno fin.

Estuve tan convencido entonces, como lo sigo estando ahora, de que, si hubiera seguido en la orden, me hubiera vuelto a casa en menos de tres meses. Así que fui coherente (en este punto, porque, a renglón seguido, incurrí en otra inconsecuencia, esto es, volví a meter la pata, al matricularme en la facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza; y es que uno, aun conociéndose, como se conocía, también se desconocía tanto o más que su opuesto verbo), congruente; y dije lo esperado, lógico y normal: Sanseacabó. Y puse fin a dicho desafío o reto.

No puedo olvidar que, al inicio de COU, se acercó a la casa de Zaragoza, sita en el bloque octavo del número 162 del Camino de la Mosquetera, que sigue en pie, vigente, aunque el nombre de la calle ahora sea otro, nos hizo una visita quien era el padre general de la orden camiliana. Y yo fui el único de los presentes que lo tenía claro, que iba a hacer el noviciado en San Pedro de Ribas (Sant Pere de Ribes, en catalán). Dice el dicho castellano que la vida te da sorpresas y/o da muchas vueltas. Al cabo de los meses (habíamos sacado unos miles de pesetas para pagar el seguro y la gasolina que íbamos a consumir en el viaje a Italia que, durante el mes de septiembre, habíamos previsto hacer al país de la bota, vendiendo unas tarjetas que coincidían, durante un mes, con el sorteo de la ONCE; confío, deseo y espero que quien me quiere de veras no deje de hacerlo por reconocer sin ambages que en el año 1981 cometí una ilegalidad, si lo era entonces, claro), Álvarez, Bermejo, Santaolalla y servidor, en el SEAT 127 gris plateado, recién estrenado por José Carlos, que le habían obsequiado sus padres, emprendimos dicho viaje, desde Barcelona. Bueno, pues, tras muchas peripecias, al tercer día, conseguimos llegar a la casa general de la orden en Roma. Bermejo y Santaolalla se presentaron como novicios y Álvarez y yo como amigos. ¿Puede creerme el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, que el padre general, a pesar de los meses transcurridos, casi se enfada, al sentirse defraudado conmigo, porque tenía buena memoria y recordaba que yo fui el único que levantó la mano en aquella reunión o charla que mantuvimos con él en una sala de la casa zaragozana?

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído