A MÍ LA SOLEDAD ME PERJUDICA
CUANDO MI VOLUNTAD NO HA INTERVENIDO
Mutatis mutandis, como eso mismo se predica del colesterol, que lo hay bueno (lipoproteínas de alta densidad, HDL, según sus siglas en inglés) y malo (lipoproteínas de baja densidad, LDL), en lo tocante a la soledad cabe afirmar otro tanto, que puede ser beneficiosa o perjudicial. Es favorable o provechosa si tú la buscas, porque la deseas, y la hallas, a fin de canalizar mejor tu creatividad, verbigracia, o para reflexionar concienzudamente sobre un asunto, el que sea, ya que has pensado disertar sobre él; y es nociva, si tienes la sensación refractaria de que te viene impuesta por algo, la circunstancia o el entorno, o por alguien, un agente externo (ignoro las motivaciones de dicho sujeto), sin que haya intervenido tu voluntad.
Si el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, él o no binario, ha leído el ensayo que Miguel de Unamuno rotuló así, “Soledad” (ergo, no me refiero a los dos sonetos que publicó bajo el mismo título, ni al cuento, ni a la obra de teatro, que, aunque parezca mentira, don Miguel los escribió, pues fue autor fecundo, prolífico, sino al que dio a la imprenta y vio la luz en 1905), habrá comprobado, de manera fehaciente, haya pasado su vista por sus páginas antes que por los parágrafos que agaville aquí servidor, o después, que el proverbial rector de la Universidad de Salamanca vino a decir tres cuartas partes de lo propio en él, al distinguir, con meridiana claridad, la impuesta de la deseada por el sujeto en cuestión.
Si, mientras a quien padece o sufre los rigores de la soledad impuesta no le arriendo la ganancia, pues el conjunto de experiencias que he acopiado me advierten de las consecuencias negativas que suelen derivarse de una tal, y tomo en consideración la otra vertiente y qué me ha deparado esta, constato lo obvio, que la soledad deseada me depara relax, sosiego; me ayuda a eliminar las toxinas acumuladas hasta entonces, y, por ende, me restaura por fuera y por dentro, recargándome las pilas; me ayuda a abrir las puertas y las ventanas de mi mente para que pueda explorar nuevas junglas o selvas y explotar nuevas minas o cauces auríferos, hallando, en el primer caso, nuevas tesis sobre el mismo u otro affaire, y encontrando soluciones a problemas que hasta entonces no había podido hallar, solventar.
En numerosos textos anteriores a este he dejado constancia, impreso en letras de molde, de que los dos ingredientes necesarios, imprescindibles, para poder seguir peregrinando, con la cabeza bien alta y esperanzado, por este valle de lágrimas que es vivir, son el amor y el humor; el amor para hacer el esfuerzo de comprender y perdonar, y el humor para aguantar estoicamente, soportar. Bueno, pues, por los plurales paralelismos que cabe advertir por doquier, también he escrito, negro sobre blanco, que, para poder discurrir con sensatez, aunque haya habido momentos en los que la locura no la he podido controlar del todo, al haber perdido las riendas o haberse desbocado mi chaladura, a mí no me pueden faltar ni la soledad (deseada) ni el silencio, porque el tándem que conforman los dos, el cóctel resultante de batir ambos ingredientes, empuñando un BIC azul con mi diestra y disponiendo de un folio en blanco sobre el que poder escribir, me traen la concentración cien(to) por cien(to), base y fundamento de que cuantos párrafos junte servidor tengan enjundia, sentido.
Tenemos la obligación de huir de la soledad impuesta, porque es la que padecen quienes refieren a sus terapeutas que se sienten solos aun estando rodeados de muchas personas. Y el derecho inalienable de elegir la soledad deseada, porque se ha demostrado, una y mil veces, que es la que tiene efectos favorables, benefactores.
Nota bene
Conviene estar acompañado por el amigo o los amigos del alma, porque con ellos sí se consigue dar validez a ese adagio sueco, que, vaya usted a saber por qué, no se hace el tal, es decir, es una excepción, y dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble. Una pena compartida, la mitad de una pena”. Y, en el caso de que falle el amigo del alma, ya se sabe qué recomienda un refrán español: Mejor solo que mal acompañado.
Ángel Sáez García