El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El vástago de la otra, de la amante,…

EL VÁSTAGO DE LA OTRA, DE LA AMANTE,

TAMBIÉN FUE, COMO EL PADRE, PREMIO PRITZKER

François Monteil, que voló ayer, desde la ciudad de la luz a la capital maña, para dar dos conferencias en España sobre su afición y especialidad, la arquitectura, nada más acceder al Auditorio de Zaragoza, donde se disponía a impartir la primera de sus charlas y, al finalizar el preceptivo turno de preguntas, a proceder a dedicar y firmar a los asistentes que lo desearan ejemplares de la última obra que lleva su firma y acababa de ser publicada en su versión española, “El arte del vacío”, inesperadamente, se ha dado de bruces, a la hora de escribir unos renglones en el libro que le han acercado las autoridades comunitarias, aragonesas, y municipales, con la rúbrica de su progenitor, que, dos meses antes, había escrito, asimismo, unas líneas de agradecimiento y estampado debajo su firma en el mismo libro que los dignatarios mencionados, que le habían invitado a pronunciar otra ponencia en idéntico lugar que a él, también tuvieron la gentileza de ofrecerle.

Auguste Marcel, quien, a pesar de los numerosos esfuerzos e intentonas de su amante, Marie, madre de François, nunca dio su brazo a torcer, ya que ella jamás consiguió cuanto pretendía, que él lo reconociera como hijo, había sido galardonado con el igual y prestigioso premio internacional, patrocinado por la fundación estadounidense Hyatt, el Pritzker, treinta y dos años antes.

François creció y vivió junto a su madre, profesora de piano, de procedencia belga, en un quinto piso modesto, sin ascensor, de París. Auguste los solía visitar los viernes por la tarde en secreto, porque él residía con su esposa, Rachel, y las dos hijas de ambos, Marie-Claude y Claire, en un dúplex en otro barrio parisino.

Hace dos años, en 2023, François fue obsequiado, en buena lid, con el mismo reputado premio arquitectónico, el Nobel de arquitectura, que, tres décadas largas antes, había obtenido su progenitor. François, en la primera interviú que concedió a un medio, el periódico belga Le Soir, cuyo director era primo segundo suyo (y aquí acaso estribara, estuviera o residiera la razón de la primicia), asumió la realidad, la verdad, que era hijo de su padre, pero que solo sería reconocido por él cuando muriera, porque así lo había dejado escrito, negro sobre blanco, su progenitor en su recién firmado testamento, y de esa guisa se lo adelantó por teléfono a su esposa e hijas, y a Marie y François, en sendas llamadas, nada más salir del despacho del notario al que había acudido para redactar su herencia.

Auguste, nada más leer las diez primeras respuestas dadas por su hijo en la citada entrevista de Le Soir, sintió el impulso o pujo de rehacer su legado, pero, tras seguir leyendo lo contestado por su vástago, él también abundó con lo verídico y real, que aseveró François; este no creía que su pasión por la arquitectura tuviera algo que ver con los genes, sino con las ideas que trató de inculcarle su progenitora durante la niñez, adolescencia y juventud, de dedicarse por entero a sus propios gustos. François se decantó por los estudios de arquitectura libremente, más por mera casualidad que por alambicada y laberíntica causalidad.

Auguste se rio a carcajada tendida cuando su hijo recordó la anécdota apócrifa, irreal, o sea, leyenda, que se atribuye a Albert Einstein, cuando le presentaron (encuentro que jamás se produjo) a la actriz rubia Norma Jeane Mortenson, más conocida por su nombre artístico, Marilyn Monroe, cuando esta hizo el comentario de que los hijos de ambos podrían ser inteligentísimos, como él, y bellos, como ella, y el premio Nobel de Física de 1921 retrucó que acaso pudiera ocurrir, exactamente, lo complementario, que sus hijos fueran inteligentes como ella y guapos como él, queriendo dar a entender quien así lo pergeñó, tal vez un machista irredento, que fueran feos y necios, pero ni la razón dada ni esos dos adjetivos propuestos fueron pronunciados jamás por Albert Einstein, que no tuvo que ahorrárselos ni quedaron en el tintero, porque, insisto, la anécdota es falaz, falsa, una patraña bien urdida, pero nada más. Poco más o menos, el meollo que encierra esa expresión que dicen algunos italianos, ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios, “se non è vero, è (molto) ben trovato” Luego se supo que el cociente intelectual de Marilyn era de 165, cinco puntos más que el del genio.

Está claro, cristalino, que recibimos, a lo largo de la vida, numerosas influencias; nos condicionan, esculpen e influyen nuestros padres, nuestros hermanos (mayores y menores), nuestros amigos, nuestros profesores, nuestros condiscípulos, nuestros ídolos o modelos, y el ambiente socio-económico en el que nos movemos.

Como de bien nacidos es ser agradecidos, me gusta referir lo que tomo por apodíctico, es decir, incondicionalmente cierto, necesariamente válido, que soy el que soy también, en buena medida o parte, por la educación que recibí de los religiosos camilos, con los que conviví durante siete felices y provechosos años, pero no menos les debo a los compañeros o émulos con los que coincidí en Navarrete (La Rioja) y Zaragoza. Aprendí mucho de mis formadores, pero no menos, casi siempre para bien, de mis colegas.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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