¿QUÉ LLEVA A UNA PERSONA A CORROMPER(SE)?
¿POR QUÉ LA CORRUPCIÓN LO ABARCA TODO?
“(…) el bien del hombre es una actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y más perfecta, y además en una vida entera (es decir, adulta; Aristóteles excluye de la felicidad al niño y al adolescente, porque solo el adulto es capaz de poseerla con el ejercicio de las virtudes). Porque una golondrina no hace primavera/verano, ni un solo día; y así tampoco ni un solo día ni un instante bastan para hacer venturoso y feliz”.
Aristóteles, en “Ética a Nicómaco”.
Barrunto, intuyo o sospecho que los motivos concretos por los que alguien, ya sea o se sienta ella, (ya) él o (ya) no binario, decide corromper o corromperse, comprar y vender voluntades con dinero u otros bienes varios, los que sean, prendas que puedan convertir luego en pasta, son diversos. Y la corrupción hodierna, cual pulpo, dada la envergadura de sus tentáculos, lo abarca y abraza todo, porque es un mal endémico, pandémico, que ha arraigado, y esa peste nauseabunda ha devenido en estructural, generalizada.
He oído y leído (incluso yo, que no me escondo, soy plenamente consciente de haber contribuido con mis dichos y escritos a incrementar, agrandando y engordando, las proporciones y el peso de ese desmán o despropósito, me temo) que la corrupción ocurre cuando brotan, nacen o surgen las condiciones pintiparadas para que esta tiente, seduzca y suceda, o sea, cuando no hay bastante control, prevención o supervisión de qué hacen los cargos intermedios o subalternos, o esos son escasos, insuficientes; pero esas, si no marro, son las causas por las que los casos de corrupción no se advierten a tiempo y, por tanto, no son corregidos o enmendados en el momento, cuando debieran, para que el daño patrimonial que se hace al erario o a la empresa por todo lo corrompido fuera una cantidad menor.
Así que, tal vez las dos preguntas que encabezan esta urdidura, este análisis somero de la situación actual (aunque no debemos olvidar que, en el orbe, desde que el mundo es inmundo, en unas épocas más y en otras menos, siempre ha habido corruptores y corruptos, y, por ende, corrupción), sobre la citada plaga hedionda e imperante, no sean las pertinentes o relevantes. Acaso convendría preguntar, por ser más distintiva, esta otra: ¿Qué propicia que las personas que fueron elegidas por los altos cargos del Gobierno o el staff directivo de la factoría para cumplir una serie de encargos, obligaciones, responsabilidades o tareas, traicionen la confianza de quienes les habían seleccionado para llevarlos a cabo y buen puerto con probidad, echando en saco roto el juramento o promesa (en el caso de la Administración Pública) de guardar y hacer guardar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico vigente?
Está claro, cristalino, que la falta de ética y/o estética de los sujetos en cuestión o una moral hética, o sea, flaca, famélica, esquelética, ha favorecido que el responsable público o privado, de irresponsable comportamiento manifiesto, sí, con todas las letras de esas cuatro palabras, se haya beneficiado de su posición de poder (de la efímera potestas, no de la permanente auctoritas), sacando una suculenta (en realidad, “sucurrápida”) tajada, al contravenir la palabra dada, que hace mucho que dejó de ser sagrada, y la ley, y hasta su deber de trabajar en favor del bien común del conjunto social.
Puede que el busilis o intríngulis del asunto, la corrupción omnímoda, esté, estribe o radique en la costumbre. Aristóteles defendía y sostenía la tesis de que la virtud no es una cualidad innata, sino un hábito que se adquiere por repetición: “La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía”. Y lo mismo cabe decir de la empatía, la honestidad, la solidaridad. Y, buscando dar la vuelta a su argumento, cabe argüir otro tanto de los vicios, el cinismo o la desvergüenza, verbigracia.
Insisto; puede que la clave esté en lo que dejó escrito el filósofo peripatético por excelencia, el estagirita. Sigo estando persuadido de que el ser humano, el “bípedo implume” de Aristocles, Platón, es un animal de costumbres, de actos irreflexivos (quiero dar a entender que los coronamos o culminamos sin tener que reflexionar, porque son automáticos, involuntarios, reflejos). Y es que damos, cuando caminamos, un paso tras otro, sin tener que pensar en la acción que realizamos; y lo propio sucede cuando subimos y bajamos escaleras, peldaño a peldaño. Yo escribo mis textos por las tardes, de lunes a viernes (los sábados y los domingos trenzo también por las mañanas, con la inestimable ayuda de mis herramientas imprescindibles, el bolígrafo BIC azul y las medias cuartillas gualdas) y, por las mañanas (de lunes a viernes, que es cuando abre la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela), los paso a ordenador en una computadora, en la calle Herrerías, sede de la citada institución pública. Me doy dos paseos vespertinos tras escribir mis urdiduras o “urdiblandas”; uno, antes de cenar, y otro, después… ¿Quién osará objetar lo irrefutable? A Otramotro sus hábitos delatan.
Ángel Sáez García