El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Todo bípedo implume es corruptible

TODO BÍPEDO IMPLUME ES CORRUPTIBLE

Toda persona, ora sea o se sienta ella, él o no binario, por el mero hecho de ser un representante o sujeto del género humano, esto es, un ente falible por naturaleza, es corruptible y corruptivo, o sea, un corrupto en potencia o alguien con capacidad o dotes para corromper.

Aunque hace mucho tiempo que no lo veo, que no estoy con él, que no lo llamo por teléfono (a él tampoco le nace hacerlo —la distancia y la incomunicación son los dos factores más determinantes en las rupturas entre amigos—), que no le escribo ni mando un correo (ni él me lo trenza ni remite a mí), mi amigo Javier Sanz (porque aún lo considero o tengo por tal) u otro, de igual nombre de pila (con la sola gracia bautismal, sin apellido, dejé apuntado en una de mis libretas el aserto con el que abundo o coincido y me dispongo a difundir o verter aquí a continuación) adujo y, como juzgué que contenía enjundia, miga, lo anoté: “Todos los que han sido corruptos antes lo pueden ser, igualmente, después; y todos los que no lo han sido también lo pueden ser. Todo bípedo implume es capaz de sobornar y susceptible de ser venable, vendible, ya sea con dinero contante y sonante, en carne o con otros bienes o prendas, que pueden convertirse luego en pasta. Lo único que cambia de un congénere a otro es la cantidad de ceros que hay que poner detrás de un guarismo del 1 al 9”. Bueno, pues, estuve otrora y sigo estando ahora de acuerdo con el parecer que concluía dicha aseveración de esta guisa: “No haber sido corrupto, aunque parezca mentira, es, precisamente, la condición sine qua non o requisito imprescindible para dejar de serlo, o sea, para empezar a fungir o ejercer de corrupto”.

Que la corrupción es estructural, generalizada, omnímoda, esto es, que no se restringe a un solo ámbito de nuestra sociedad, la política, verbigracia, explica que sus garras o tentáculos hayan llegado, asimismo, al deporte, la empresa, la judicatura, la fiscalía, la religión, la universidad, la o el… Y es que, como afirma Cremes, personaje literario de Terencio, en “Heautontimorumenos”: “homo sum, humani nihil a me alienum puto”, es decir, hombre soy, y reputo que nada de lo humano me es ajeno.

Vaya por delante que no conozco a un solo semejante que esté orgulloso de todo lo que ha dicho, escrito y/o hecho en su vida. Yo, al menos, que no soy tan soberbio o ufano como alguien aún me achaca, pues lo cree a pies juntillas, no puedo jactarme de varios errores de bulto que he cometido, porque he incurrido en ellos, sin ninguna duda, por supuesto. Mi conciencia, más que decirme, me dicta qué debo hacer y qué tengo que dejar de hacer o evitar. Sé que echar una mano, siempre que se pueda, al otro está bien (no solo bien visto); y fastidiar a los demás está mal. Me gusta recordar en mis dichos y escritos ese latinajo de Ulpiano que dice así: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, o sea, estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno solo suyo.

No puedo dejar de señalar que, si hay algo que me disgusta sobremanera de la corrupción, que lo abarca y abraza todo, no solo los casos que, por su entidad o daño que puede infligir a los otros, más enemigos que oponentes (se sigue distinguiendo en la sociedad polarizada en la que vivimos entre ellos y nosotros, los malos y los buenos), los que logran trascender a los mass media, es con qué cinismo y frivolidad se manifiesta y reconoce la elección chapucera que se hizo antaño de los colaboradores, de sus subordinados, porque algunos llegaron, por mera dedocracia (dentro de nuestra perfectible democracia), en algún ministerio (no hagas el denuedo de buscar el misterio, porque te adelanto, lector, que no lo hay), a ser consejeros o responsables de… qué, ah sí, de la corrupción al cuadrado.

Cuando un alto cargo deposita su confianza en personas que no la merecen (¡qué desfachatez!, cuando esta, si no se conoce, se sospecha, con antelación, y, aun así, se decide a sabiendas), porque no habían demostrado su honestidad o integridad previamente, solo lealtad o ser correligionarios, al estar inscritos en el mismo partido o formación política, y se les asignan responsabilidades para las que no están preparados (¿no huele esto tan mal que tiene los visos de ser un clamoroso fraude de ley?), a nadie con dos dedos de frente le extraña que esos sujetos hayan salido ranas y, por tanto, hayan propiciado un desmán tras otro, y que la estela o el rastro que van dejando sus sendas conductas hediondas, tras cesar en los cargos, sea de una indignidad insoportable y acabe el caso como el rosario de la aurora y con los tipos entre rejas, sí, en la cárcel.

No puedo poner el punto final a esta urdidura (o “urdiblanda”; todo dependerá de la opinión del lector, siempre que la defienda, refuerce y/o sostenga con argumentos de peso) sin añadir lo que, amén de notorio, juzgo precipuo o principal, que lo cierto y verdad es que nadie se entrena para entrar en la trena (me costa que ya hay quien ha ido preparando su bolsa para dicho ingreso), pero hay quien, un día sí y otro también, compra el grueso de los boletos de la tómbola para acceder allí cuanto antes y pasar dentro una larga temporada. Ignoro si, durante la estancia, sacará las conclusiones pertinentes; lo que sí me consta es que hay quien sale de prisión (si sale, porque a los pocos días o meses vuelve de nuevo al redil), peor persona de lo que ingresó. ¡Qué pena!, pues, según el artículo 25.2 de nuestra Constitución, las penas privativas de libertad están encaminadas a la reeducación y reinserción social.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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